viernes, 16 de diciembre de 2011

martes, 6 de diciembre de 2011

Fantasías

En el 2013 vivíamos en Oslo, por ejemplo, en una casita a las afueras a la que llegábamos en bicicleta. Lorenzo y yo habíamos decidido que no éramos tan jóvenes como seguir rodeados del humo de Madrid, ni tan mayores como asentarnos en la mecedora de Huesca. Así que, como tocaba cambio, salimos de Lavapiés y nos fuimos a Noruega, a pasar ese frío que nos gustaba tanto sentir y vencer andando durante horas mientras nos contábamos la vida entera. Nos acompañó Algodones, nuestro chucho-oveja blanco, al que tratábamos con tanto amor como cuando varios años después llegó Creta, el bebé.
Ya que cambiábamos de lugar, decidí que estaba harta de explicar a japoneses y alumnos de secundaria las Vanguardias Rusas y me saqué un curso de jardinería durante un año y medio. Al acabarlo, y mientras Lorenzo encontraba trabajo en cualquier parte de Noruega (algo que no le costaba demasiado puesto que la música, a pesar de mal pagada, es universal), me sentí mejor aún que cuando me soltaron tras cuatro años dedicados a amar el arte, pues pensé que de esta manera compensaría a la naturaleza el horror que le debíamos estar inspirando con nuestras cloacas, los humos, las estrellas tapadas y las piernas amputadas. Me extasiaban las flores perfectamente coloridas y con olor a escarcha, los cipreses matemáticamente descuidados de los cementerios, las hiedras que recorrían como una celosía las paredes de impuros ladrillos.
A Lorenzo le invitó una orquesta local que tocaba en actos conmemorativos y que quería sacarse de encima a un trompetista italiano al que le gustaban demasiado las celebraciones tanto que las hacía casi suyas, así que tan sólo cuatro meses después de que se fuera, yo llegué al aeropuerto en pleno enero y con las mejillas sonrosadas de frío y emoción. Algodones era prácticamente nuestro único equipaje. Nos gustaba deshacernos de todo a menudo.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Yo ya no puedo hacer más, este más siempre resta.


Ahora dicen que hay muchos más universos
infinitos como el nuestro.
Dime si no es para volverse loco
¿no te sientes más pequeño?
Dos espejos frente a frente crearán
cien mil caras que observar.
Puede que alguno de ellos sea el real
lo tendré que investigar.

Que empiece el viaje ya

Infinita ingenuidad
ilusión centesimal
Me creía tan capaz con mi cápsula de albal,
mi torpeza fue total
De tan grande es demencial
no detecto una señal
Nunca encontraré el lugar
donde al fin entienda

Me perdí en mi universo
Me perdí en mi universo
no volveré a hacerlo más
no he encontrado respuestas
y si no regreso jamás este ruido no cesa
mundos que van a estallar si mi vida está puesta
y yo ya no puedo hacer más, este más siempre resta
y yo ya no puedo hacer más, este más siempre resta
y yo ya no puedo hacer más.





jueves, 24 de noviembre de 2011

Friedich





El pavor ante la naturaleza.
El caos, lo inabarcable, lo irracional nos aterran y es lo que más placer y admiración nos despierta.
Somos observadores de la belleza. Nos alimentamos del dolor de su perfección.

domingo, 20 de noviembre de 2011


Amado:
¿Qué puedo esperar de ti? Cada vez creo más en el sistema de retroalimentación que los seres humanos nos inventamos para comprender tu realidad.
Hay tanto que deseo hacer contigo y que no sé si me brindarás...
¿Qué soy? ¿Qué puedo ser? Me debato entre un imposible mejunje de destino y libre albedrío. Creo que el primero es una superstición, el segundo un ideal. Hay tanto que desde nuestra engendración nos condiciona... No estoy segura de si creer en el hado, por su religiosidad. Sí que creo en la actuación, dentro de unos límites. ¿Es eso libertad? ¿Cuáles son, pues, mis límites? ¿Dónde nos llevará tu viento?
Quiero respirarte, comerme todas las hojas de los suelos de tus rincones. Quiero acceder a tu primitismo, a tu originalidad corrupta por la mente humana. ¿Cómo hacerlo? No sé cómo atreverme a sumergirme en tus brumas. Tu claridad es tan engañosa... Sólo sé que te amo. Te adoro. Eres la verdad y la belleza, en un sentido único. Déjame besarte.
Sabes que mi existencia se basa en la admiración de tu movimiento. Eres cíclico y longitudinal. El tiempo existe y no existe para ti. Tu desarrollo efímero es eterno. La mayoría de las cosas que observo son artificiosas, hechas por nosotros, los hombres. ¿Cómo acceder a tu esencia?
El arte es lo más natural que encuentro en nuestra raza, aunque sea algo construído. No puedo alejarme de mi condición de ser humano, así que debo aprovechar lo que el arte me brinda para acercarme a ti. Tú y tus condiciones habéis creado a las culturas.
La música, el barro, las representaciones de deidades que simbolizan tu orden natural. La voz, los sonidos, la poesía. Las hojas rojas, el crepúsculo, las lejanas constelaciones. El olor de la noche, las medusas bailando, el grito, el galope, el incienso. Las granadas, las letras, los ojos, la baba de caracol. Los granitos de arena, las cuevas de cristales, las plantas carnívoras, las burbujas, la putrefacción.
Quiero aprender de la inocencia de nuestros antepasados cuando te miraban. Necesito respetar tu equilibrio, quitándome el cuerpo de humano y recobrando la forma animal. ¿Por qué hemos evolucionado alejándonos cada vez más de tu seno?
No dejes que me desoriente como a muchos otros les ha ocurrido.
Quiero abrazar tus desiertos, no dejes que me engullan sus dunas.
Tú eres mi dueña. Permíteme, ¡oh!, permíteme gozar de ti.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Más que disfrutando, no sufriendo.

¡Oh, querida! Por favor, créeme,

Nunca te haré daño

Créeme cuando te digo

Que nunca te haré daño

¡Oh, querida! Si me dejas

Nunca lo conseguiré solo

Créeme cuando te ruego

Que nunca me dejes solo


Cuando me dijiste que ya no me necesitabas

¿sabes? Casi me derrumbo y me echo a llorar

Cuando me dijiste que ya no me necesitabas

¿sabes? Casi me derrumbo y me muero


¡Oh, querida! Por favor, créeme,

Nunca te haré daño

Créeme cuando te digo

Que nunca te haré daño

Cuando me dijiste que ya no me necesitabas

¿sabes? Casi me derrumbo y me echo a llorar

Cuando me dijiste que ya no me necesitabas

¿sabes? Casi me derrumbo y me muero


¡Oh, querida! Por favor, créeme

Nunca te fallaré

¡Oh, créeme, querida!

Créme cuando te digo

Que nunca te haré daño


The beatles: Oh! Darling

sábado, 12 de noviembre de 2011

Los esqueletos

Está todo tan jodidamente vacío.
Hacía mucho tiempo que no sentía esta soledad. Bueno, de hecho nunca.
Suelo sentirme desesperadamente sola, pero no sola, sino con necesidad de una persona en concreta. Varía de persona. A veces es él, la mayoría de las veces. En otras ocasiones me siento sola teniendo a la gente que podría ayudarme a unas puertas de mi cama, pero soy incapaz de reclamar compañía. Odio ser débil.
Y cuando me siento necesitada de él, no es por abandono, sino por impotencia. Porque antes queríamos estar todo el día juntos, amándonos sin tocarnos, uno al lado del otro, hablando sobre mil cosas y diciéndonos que nos teníamos para siempre el uno al otro. Era sencillo. Era hermoso. Era pensar que realmente alguien te ama por existir.
Y hoy es muy distinto. He vuelto a esta ciudad, que era nuestro santuario, nuestra cama enorme e inamovible en el tiempo. Y él no existe. Está en las sombras.
Es algo así como un rastro de cadáveres con su cara por todos lados. En la biblioteca, sección de ciencia ficción/Stephen King, en nuestro largos paseos mirando las mismas tiendas y diciéndole todas las ropas que me compraría y objetos con los que adornaría mi cuerpo. En nuestro bar preferido y el más odiado de todos. En el portal de mi casa con despedidas inconmensurables. En el parque lleno de colores. En el chino que aguarda, como todos los viernes, a que nos cojamos las manos alargándolas desde cada lado para unirlas. En las tazas de chocolate de los domingos, en los cereales en mi casa el sábado. Reflejados en la pantalla del ordenador en mi casa, intentando ver una película que siempre me aburre. En los besos tiernos que ya no existen.
Qué crueldad.
No creo que vuelva a esta ciudad más si no es por obligación. Es asqueroso.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Llantos de la decepción y de la mierda


En busca de un limbo en el que no estar viva ni muerta. Cuando la desilusión es tan grande que seguir respirando es un pesar, pero los pulmones luchan por no apagarse.
Los días sin ti son horribles. No, no son horribles. Son atemporales. Alguien ha estrellado contra el suelo el reloj que compramos juntos antes de ir de viaje. Fue hace bien poco. Has sido tú el culpable. Tú, que todo lo creas y lo destruyes, me has soplado en la cara y te has llevado todo.
Pasé una noche entera revolcándome, agonizando entre sombras. No sé qué sentía. No había emoción, sólo dolor. El dolor que supongo que se siente cuando te acuchillan mientras la sonrisa del asesino se mancha de negra sangre. Sólo podía mirar hacia la pared, y hasta eso me recordaba a ti. Fue sádico cuando sonó el despertador y tuve que girarme ante la realidad. Y en ese momento sentí otra cosa.
Quería vengarme. Quería ver cómo te consumías y te destrozabas y se te desgarraba la garganta. Te veía apaleado, con los ojos morados, y quería ponértelos negros.
Al fin y al cabo, tenía que odiarte un rato antes de entrar en el caos.
El caos son esos instantes en los que tu mente machaca a tu cuerpo mientras lucha por una esperanza que quieres apagar. Los miedos, el asco, la luz tenue, tienen su lugar. Y, como siempre, me convertí en oruga, con lo que más cerca tenía de las manos, y me envolví en la crisálida para dejar de ser un asqueroso gusano y renacer en una especie de monstruosidad entre mosca y mariposa. Rodeada por la manta nórdica, serpenteante en el suelo mientras las ojeras se volvían negras de pintura desbordada por el río de lágrimas. Siempre he sido muy teatral, de una manera inconsciente represento estas escenas esperpénticas, quizás como medio de ridiculizarme a mí misma y encontrar el sentido común perdido. Y así pasó un tiempo, no sé cuánto, en el que aprendí a nacer.
Luego viene esa especie de histeria irreal en la que buscas cualquier cosa que te distraiga y sea el centro de la nueva vida que deseas comenzar. En mi caso, como de costumbre, se centró en el arte. Busqué hojas. Les robé las hojas a los pobres ancianos de la residencia de al lado, las hojas más hermosas del único árbol que he visto de ese tipo. Estrellas rojas, verdes, atardeceres, amarillas y moradas. Arte. Belleza. Yo. Reencuentro con lo que quiso morir. La dualidad de la existencia en forma de otoño.
Y ahora aquí sigo, acumulando hojas, reorganizándolo todo, con espamos lacrimosos de vez en cuando y pensando en todo lo que te he podido dar y has rechazado. Creo que una vida era suficiente regalo, pero una vez devuelta la usaré como yo prefiera, aunque no sepa aún qué hacer con un trapo tan descolorido. Es curioso el cambio de concepción de tu propia vida cuando la regalas a alguien y una vez que te la han devuelto. Ahora es penosa, una matrioska sin réplicas dentro. Está llena de mocos verdes y un perro se ha cagado encima. Pero no importa; la coseré, la sumergiré en tintes y la llenaré de constelaciones que tú y yo dejamos de mirar. Es pútrida esta vida, pero es mía. Y nadie volverá a renegar de ella.


martes, 8 de noviembre de 2011

Lacrimosa - Criatura de luz


Soy el aliento sobre tu piel
soy el terciopelo rodeando tu cuello
soy el beso en tu cuello
y soy el brillo de tus pestañas

Soy la plenitud de tu pelo
la silueta de tus ojos
soy la huella de tus dedos
soy la sangre por tus venas
que fluye día a día atravesando tu corazón

No importa lo rápido que corras
y lo lejos que llegues
me llevas contigo
allí donde vayas
cualquier cosa que hagas
soy una parte de ti

Soy el sueño no vivido
soy el deseo que te persigue
Soy el dolor entre tus piernas
soy el grito en tu cabeza

Soy el silencio, el miedo en tu alma
soy la mentira, la pérdida de dignidad
soy el desmayo, la ira en tu cabeza
soy el vacío en el que algún día te convertirás

No importa lo rápido que corras
y lo lejos que llegues
me llevas contigo
allí donde vayas
cualquier cosa que hagas
soy una parte de ti

Criatura de luz que rodeo con mis sombras.


sábado, 5 de noviembre de 2011

Llantos de una musa que dejó de ser musa

Canto a los cuchillos y a la mente, armas de mi artista, para que levante su cuchillo que es pluma de tinta azul y su mente hacia el papel en blanco. Hace tiempo yo era su musa, y quizás siga siéndolo, a pesar de que no sé si puede ser musa alguien que no consigue que su adulador cree. Su poder sobre el artistas es su cielo e infierno al mismo tiempo, pues consigue elevar su alma junto a la del creador cuando las letras fluyen manchando el blanco impecable, pero también encuentran juntos el infierno cuando el arte no aparece, y ninguno de los dos se conoce a sí mismo ni sabe quién es.
Mi artista, querido, ya no escribe, y yo ya no sirvo. Y el motivo es uno y muchos y ninguno. Tal vez ya no haya un mundo en mis ojos que quiera describir, quizás se ha dado cuenta de que sólo puede en ellos aspirar a ver una pupila danzante. Quizás deba buscar otra musa, pues ésta ha quedado estéril e inútil, que le dé fecundas primaveras. Me apenaría, pero no me importa, porque la musa acaba comprendiendo que ella es un instrumento subordinado a la mente creadora, y sólo debe bogar por ella, como mera esclava hermosa y caprichosa. Sólo quiero que mi artista cree, y que yo, lo lea o no, siga amando el movimiento de sus manos haciendo historias. Es posible que mi artista ya no necesite inventarse otros mundos porque ha encontrado la felicidad. Aparecen dudas perladas en mi frente, y colgantes en las pestañas, que me recuerdan que lo estable está muerto.
Y ¿qué puedo hacer? Vestirme de colores, llorar y gritar y pegarle bofetadas en las mejillas, danzar y cantar con un uquelele, enseñarle mis dedos que empiezan a educarse en el arte de acariciar una guitarra, irme, viajar, engañarle, hacerle saber que si a la musa no la utilizan se muere, y se convierte en fantasma anhelante.
Lo mejor que puedo hacer es suplicarle que me use.
Úsame, no quiero que mi presencia se marchite.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Farolas borrosas

Son las diez y media de la noche y hoy es la primera lluvia larga. No es una tormenta con rayos y truenos y grititos de niñas u ojos iluminados por el espectáculo. No es un enfado repentino, ni las gotas que se te derraman al chocar la copa con un amigo bajo las luces fosforescentes de una calurosa eternidad. Hoy es la primera lluvia de un verano que se desangra poco a poco para que de los coágulos nazca un derrumbado otoño.
Otoño significa muchas cosas. Encierra un olor a miedosa ilusión. A putrefacción solitaria y letras de consuelo. El otoño, y el invierno, son los amos de las cartas con sobres mojados por el contenido de aquellas, de la música indie a bajo volumen en el metro que te permita escuchar los besos o los enfados de los que se acurrucan a tu alrededor, usurpando instantes que deberían seguir siendo tuyos. Septiembre llega y sé que será doloroso y excitante, que no podré parar de sentir emociones turbadores que me hagan sentir un coletazo de vida en las espinas. Pero también sé que llegará octubre, su lagrimeo incesante desde el morado cielo, y que desconsolada sentiré que en cada carta que te llegue habrá una agónica súplica de que me recuerdes que la primavera grita en el fondo de las grietas de las rocas de la catedral y en la purpurina de las estrellas.
No me olvides.

jueves, 11 de agosto de 2011

Televisión

Aún llegaré al cocktail
Puedes ver todo tipo de animales
Hay que impedir el pase, y ganaremos
Séquese los ojos y vaya a atender a sus hijos
Tras ver la exhibición del tenista
Cerca de San Román de Escalante
Por eso estamos dando esta lucha
Y tras 3.3 segundos, lo que significa que eres más rápida que Tara
Ayer, cuando la muerte se demuestra que es por un traumatismo
Amplifica los sonidos hasta 50 decibelios
¿Qué diablos te has puesto en la nariz?
En el trayecto de su casa a San Lorenzo
38, 39º en el Alto Ebro
32 millones con un presupuesto de uno
Las palabras no significan nada
Música
Creo que voy a tener que colgar el mandil...
Esa señora te ha pedido perdón
¿Qué nos ha traído? Un pan natural
Mi papá va a conseguir la autorización
Alguien se ha comido nuestra merienda.

viernes, 5 de agosto de 2011

El síndrome Snape

Esto, y muchas otras cosas que han sido escritas, son frutos de querer decir algo y no saber el qué. En verdad nada te molesta, o te irrita, o te hace feliz. Pero tienes ese calor que se cuela por tu habitación, o el rayo de sol a las 7 de la tarde que te impide ver el camino que tanto te gusta cuando vas en bicicleta. O la mosca que siempre se posará en el único trozo de carne al descubierto de tu piel. Hay muchas cosas que joden, que fastidian, sin más. No es un odio justificado, o abierto. Sólo te toca los cojones.
Ésto es un trozo de mí para que, el desgraciado o aburrido que algún día llegue a este rincón de mierda y lo lea, sepa qué es lo que no me gusta.
No me gusta no tener la paciencia suficiente para dejarme el pelo largo, ni las personas que adelgazan raro, sólo el culo. Ni cuando intento sintonizar en la radio una emisora y no deja de oírse el ruido de burbujas de fondo. El rato antes de salir en que ya estás vestida y estás esperando a que sea el momento. La gente que habla en los museos en voz alta. Odio a las personas que van por el carril bici y saben que hay personas detrás de ellas que van en bici. Los adolescentes que gritan como cazurros intencionadamente, para que no piensen sus amigos que tienen un mínimo de intelectualidad, aunque lo tengan. Que mi madre mire lo que he recogido en bolsas que van a ser tiradas a la basura. Que mi padre se tía como mi tío Juancho, como un psicópata, cuando mi hermana pone los ojos entrecerrados como si fuera boba y cuando mi madre hace muecas estúpidas siempre que está incómoda. Cuando el poleo menta está demasiado caliente como para bebérselo y tú lo quieres hacer ya. Cuando como sin hambre y sé que tengo que comer. Cuando me peso y no hay manera. Los abuelos que miran las piernas. Un día encapotado, el encapotado que mata a los ojos. La carne y las patatas fritas. McDonals. Las chicas con camisetas de I love NY o la NBA. Las personas que se ríen de tu foto de carnet. Los periodistas que gritan y se interrumpen entre ellos. La oscuridad. Cuando intento dormirme y me agobio porque tengo la sensación de que se me van a poner los ojos del revés y me paso minutos y minutos intentando controlar mis órbitas. La gente perfectamente frustrante como las que vocalizan mucho, o dicen cosas sinceras, o las que provocan situaciones incómodas por su mala educación, o las que dicen las cosas muy claras, las que cuentan chistes mientras fuman, las que controlan completamente su tiempo y no puedes improvisar con ellas, las que toman drogas todos los fines de semana o diariamente, los bohemios de palo y los que llevan gafas enormes. El chocolate procesado, el viento, las ovejas. Los franceses, las personas que tocan demasiado o las que dicen continuamente sus sentimientos. El agua que sabe a otra casa, las flores de tela. La distancia, sí que podría considerarse odio, como lo del carril bici por lo menos. Las horas antes de llegar a casa después de un viaje. Los intestinos vagos. Como un millón de alimentos. El celo. Cuando intento dibujar y mi mano parece de orangután con Parkinson. Los niños que lloran. Los dependientes de tiendas que te ignoran. Que me llame por teléfono alguien inesperado. No saber dónde apoyar la cabeza cuando me baño. Las rozaduras que me hacen absolutamente todos los zapatos. Que la ropa me vaya ajustada. Los espejos. Las personas que gritan. No moverme o estar haciendo algo interesante. Escuchar una canción muchas veces y aborrecerla y no poder escucharla nunca más. La televisión. Lost. Las mamás que sólo hablan de cosas de mamás. Que me digan que con todo excepto medicina e ingenierías acabarás muerto de hambre lavando casas. El polvo de las carreteras. Los libros que no cuentan nada más que una historia. Ver a la gente comer o que algo se les quede en los labios cuando lo hacen. Los momentos hasta que decido que debo cambiar mi vida y comienzo a ordenar mi habitación cambiando todos los muebles o tirando miles de cosas a la basura. Que las personas caminen lento. Los carritos de bebé. La gente obesa. Las duchas con poca presión...
Por suerte, hay mil veces más de cosas que me gustan.

domingo, 31 de julio de 2011

Libélula

Esos días yo estaba enamorado de una chica. En fin, de la chica. Y a veces hasta correspondido. Hacía unos meses que había vuelto de su hogar, así que teníamos una hermosa rutina de metro-trabajo-metro, y si se terciaba, una cena de tostada con jamón a la salida de su gimnasio, a las 9 en punto de la tarde. Ella revuelto de espárragos.
Nuestra relación había comenzado ese mismo año, unas semanas antes de que se fuera a pasar el verano fuera de los libros y demás muertos que la envolvían en su venerado despacho de la universidad. Yo, ilusionado, más de lo que era consciente que me podía emocionar según sus miradas, le llamé con rigurosa devoción cada día, cada noche, a las 9 y media en punto, cuando terminaba de ducharse tras su paseo en bicicleta. Todo iba tranquilamente bien, y yo me alegraba de conservarla, desde lo lejos, como la casa que dejas cuando te vas de vacaciones, vuelves, y todo está siniestramente igual. Ella me contaba sus días, sus helados, sus estrellas fugaces, y sus días en la piscina. Podía imaginármela cruzando el campo amarillo y violáceo con la bicicleta. También la soñaba en bañador, que tapaba el cuerpo que recordaba cada mañana al despertar. La veía somnolienta, estirándose en el cesped mientras miraba el cielo estrellado con un torrente de gotas de tinta blanca derramado, formando lunas, constelaciones, planetas y sueños inventados. A quien no podía imaginármelo era a él, Lorenzo, su mejor amigo, su "compañero vital", como una vez le había llamado ella, en un momento de éxtasis de recuerdos. A él procuraba excluirlo de estas visiones...
Nuestra rutina, sin casi percibirlo, iba goteando por una invisible grieta de la burbuja. Un día, se retrasaba en el metro y me cogía, tras varios intentos, las llamadas, diciéndome que se había levantado con retraso y cogería un taxi. Los libros le absorbían de tal manera que no sólo rechazaba los pequeños descansos en la cafetería conmigo y sus otros compañeros, sino que ni siquiera tocaba el capuccino que con cariño depositaba en su caótica mesa y acababa más frío que el aire que se respiraba esos días de noviembre en el exterior. Sus jornadas en el gimnasio se alargaban hasta las once, luego hasta las doce, luego la tenían que echar para que dejara de machacarse en la cinta corredora. Eso es lo que me dijo Lisa, su compañera de agotamiento energético diario, cuando llevaba varios días sin que me respondiera a ninguna de mis, ya ni pacientes ni tranquilas, preguntas. Lisa me contó con el sudor perlado en la frente y el canalillo, que hacía días que ella no hablaba con Lourdes, porque la forma en la que se machacaba todos las noches le alertó, se lo dijo, y su mirada de soslayo le dio miedo.
Engañé como pude a los recepcionistas y me metí en la sala de entrenamiento independiente. Ahí estaba, al fondo, con el pelo cayéndole como chorreras barrocas por la espalda, y una cascada empapando su ropa negra. Me senté entre todas esas máquinas diabólicas y engranajes sudados a un metro de ella, mirándola con aburrimiento y observándola con horror.
A la media hora de estar ahí, mareado por su movimiento hipnótico, vi que las gotas que le resbalaban por la nariz tenían ese sabor salido de un mar desplomado por los ojos. Me levanté y ella fue dejando de correr, muy poco a poco, moviéndose con torpeza y derrumbe, hasta que se apoyó en la barra de los controles y la máquina calló del todo, para dejar paso a un sollozo triste como enero. Las lágrimas se combinaban con el sudor formando una hiedra que se escurría por su brazos, y la cara estaba encogida y roja de rabia y dolor.
- Lourdes ¿qué ha pasado?
Una grieta partió su rostro en dos como si la hubieran golpeado con un mazo y, en el repentino silencio azulado que la envolvió y, sin saber si lo había dicho de verdad o me lo había imaginado, susurró:
- Lorenzo está muerto.
Antes de que me diera tiempo a abrazarla, o consolarla, o incomodarla, o lo que sea, ella ya estaba saliendo por la puerta, dejando que sus toallas y sus zapatillas quedaran como un cadáver en la sala.

viernes, 1 de julio de 2011

Exprimir

La idea que tengo de vida no es la de sobrevivir, ni la de tener una existencia plena llena de éxito. No quiero que nadie me recuerde al morir, no es ese mi propósito al menos. Tampoco me gustaría dedicar mi vida a hacer una buena acción, a devolver en forma de amor a Dios la vida que supuestamente me ha dado. No sé qué clase será ese regalo que dicen que Dios te da, si luego se la debes devolver en forma de libertad. Por suerte, no me siento atada a nada, a ningún ente divino, moral, a mis orígenes... No me siento atada a nada más que a determinadas personas y al principio bajo el que se rige cualquiera de mis acciones: Caminante no hay camino, se hace el camino al andar... Sé que de esta manera terminaré mi historia tal cual es. Una historia. Historia...¿qué más hermoso y humilde hay que el recorrido de un ser humano, dentro de la especie, de todas las especies, de todo el mundo, de todos los momentos de la historia, del universo?
En unas horas me iré de viaje.
Caminante.

martes, 28 de junio de 2011

Russian red

Hago las maletas. Todo está lleno de ropa esparcida. Las sábanas están sucias de buen sudor y parece que cada uno de los objetos está justamente en el lugar de al lado del correcto. Me voy, y es extraño. Vuelvo, pero es extraño.
Puedo recordar las primeras semanas y meses que estuve aquí. Lo horrible que todo me parecía y cómo echaba de menos mi casa. Sólo pensaba en irme, hacía viajes de muchas horas sólo para estar un di...........
no hay manera

sábado, 18 de junio de 2011

viernes, 17 de junio de 2011

tu luna llena

Tal vez haya escuchado en una hora doce veces la misma canción. Le voy a cobrar a tus labios tu mirada. Así le llamábamos como con complicidad, como si el título nos lo hubiéramos inventado nosotros. Aún no la he escuchado ni una vez entera. Empieza una, otra, otra vez... Triste, pero hermosa. Así debe ser.
No sé por qué siento la imperiosa necesidad de escribir si a los dos segundos de comenzar ya no sé qué decir.
Hasta mañana.

jueves, 16 de junio de 2011

Es demasiado (i)real

No soy capaz de acabar la película, el bollo que me como (chocolate, ya saben, para animar el cuerpo) sabe a bacterias entre los dientes. El exterior se torna el destello del sol reflejado en la concha de una nauseabunda cucaracha.
Qué hacer, a dónde llegar. Infinito autodesprecio, intolerancia y desesperanza.
Ya tengo miedo hasta de imaginar o soñar, pues siempre viene acompañada de una inmediata, tardía, destrucción al fin y al cabo. Destrucción.
Ya mi madre me decía de pequeña: ¡Niña! Te duele la cabeza por los nervios.
Y ahí están todos mis nervios, mis emociones, en el centro de la frente, porque si ya en el estómago esas víboras te impiden pensar con claridad, imaginen en la cabeza.
Poco que decir. Mucho que expresar.

miércoles, 15 de junio de 2011

Un poco de sur... para poder ver el norte... (canciones de un verano que empieza en eclipse lunar)

Una de las razones por las que más adoro mirar e interpretar cuadros es porque un buen artista sabe pintar espejos que reflejen al espectador, sus hondas entrañas. Cada cuadro tiene una sola razón por la que pintada, un sólo propósito. Puedes ver miles, ninguna cierta. Puedes ver lascivia, los siete pecados capitales juntos, el amor maternal de las tiernas hembras, el valor del guerrero en cualquier color o forma de nube singular... Todo está tan impregnado de historia, de secretos, de instantes, de confesiones... Ahí está lo que me conmueve del arte, y por el que espero entregar mi vida entera en su dedicación. Su superioridad, sobre algunas otras artes en mi corazón, por la dificultad que conlleva atrapar un todo en un lienzo inamovible, inalterable por los siglos de los siglos. Lo que nos intentan regalar. La verdad de alguien a quien no hemos jamás conocido. Son tan hermosos.
Lo que más suelo ver en los cuadros es lascivia. Es sexualidad en forma de mujer ondulante. Pecadora. Natural. Hermoso pájaro de colores encerrado en una jaula de oro, en su cuerpo de plata. Me da lástima Venus saliendo del mar. La virgen María de cabellos rizados y rubios derramándose por su frente compungida de dolor. La presión de las medias, los corsés, los enormes faldones sujetando los cuerpecillos de aquellas bellezas ya podridas envueltas en la oscuridad del lienzo para que su rostro sereno y artificial sobresalga entre las tinieblas de acuarela.
Siento una inquietud visceral, parece que hasta los pulmones desean salir y saltar y olvidarse de que me pertenecen. No quiero que nada me pertenezca, sentir esa responsabilidad. No me gusta pertenecer a nadie. No quiero pasados mañana. Odio atarme, sacrificar mis risas en un engaño, en disfraces de no dañar a nadie. Necesito encontrar el norte, el sur, lo que sea. Es importante para mi bienestar el saber cuál es el equilibrio de las cosas, cómo darlo para que hacer feliz a los demás no me haga infeliz.
Tantas cosas en las que debo crecer.

martes, 7 de junio de 2011

Tormentas eléctricas cerebrales y veraniegas. (cuando el verano nunca llega y la primavera ya se ha ido)

motocicletas, vacaciones, otoño.
si fueras una palabra, ¿cuál serías?
Yo no lo sé
yo no sé lo que soy, ni lo que seré.
No puedo esperar nada de este trozo de huesos y vasos sanguíneos.
Soy un ente más. Una gota, una hoja de sauce, cayendo desparramada como una cascada de lágrimas.
No soy más que nada.
Todo, todo a nuestro alrededor es algo que gira y da vueltas. Todo está perfectamente calculado para parecer loco. Para parecer un círculo de lo efímero que rueda hacia la eternidad, hacia la muerte inmediata del instante.
Soy un círculo más, un círculo que se empeña en mutilarse y clavarse punzones en uno de los lados para extenderse en linea recta, aplastado. Con principio y final.
Eso es lo que falla, nuestra innata perversión para pincharnos los ojos, abnegados en lágrimas y sangre. Desgraciados por voluntad.

viernes, 27 de mayo de 2011

Truenacos

Eran las cuatro de la tarde de un día de primavera y el cielo negro se había arremolinado entre un montón de truenos sin luces y un aguacero casi veraniego. Era la quinta veces que escuchaba el nuevo disco de extremoduro, y en el segundo 0:14 nota como todos sus miembros se expanden y la frente se convierte en un plano blanco sin final. Le encanta cuando las canciones le provocan ese vacío, ese todo, esa plenitud de sentidos. Al principio pensó que el disco era muy moñas, ahora le hacían imaginarse a un hombre enamorado, cogiendo amapolas de un campo cercano a su casa, para llegar con una sonrisa y sincera devoción a la puerta de su amada, que lee en su sala de estar e interrumpe la actividad para ir a recibirle con un gran abrazo y los pies descalzos. Pensó en lo hermoso que debe ser enamorarse, que una mujer te quiera y tú la adores. Tener planes juntos, fantasías más bien, porque el presente sería mejor vivirlo sin planificarlo. Que tuviera el pelo amarillo y fuera inocente, y sus vestidos fueran rojos. Que fuera artista y tocara el arpa. Que le gustara encender velas por toda la casa, que le escuchara cantar y le mirara un poco abobada.
Sí... ya llegará.
Coge un caramelo de menta y deja el envoltorio junto a las otras siete anteriores crisálidas de plástico. Se mete en una red social, en el perfil de un amigo por puro aburrimiento tras una tarde intelectualmente esteril. Nota un calor entre los pies, con calcetines, y Algodones le reclama atención.
- ¿Dónde está, eh, churrito? ¿Dónde está y por qué tarda tanto?
Ya con 24 años se sentía extraño. El contacto con las mujeres era insatisfactorio, ni siquiera había tenido una relación sexual, a pesar de la curiosidad que le despertaba ese supuesto placer, ese "calor" que su mejores amigos le decían sentir. Ese olor, ese sabor. No lo podía concebir, en ese aspecto se había quedado en los seis años. Tampoco ninguna chica le había despertado la intención de encontrar ese ardor. La mayoría de las que había conocido era superficiales, estaban llenas de maquillaje anaranjado y llevaban rosas de mentira a un lado de la cabeza. Le ponían nervioso, querían parecer diosas. Al menos las ninfas hablaban poesías. Le ponían de los nervios, con sus vestidos floridos, sus sandalias romanas, sus risas escandalosas. Las otras que había conocido no eran mucho mejores. Las conversaciones eran interesantes, y si eran hermosas o no, le suscitaban nulo deseo, pues sólo podía concebirlas como cajas de....

Y vaya mierda de historia, llevaba meses hablando sólo de chicos frustrados y estúpidos, y su jodida sexualidad, y mujeres idealizadas que aparecen en el último minuto. Se fue a cagar y a darse una ducha de agua fría. Purificación. Mañana inventará una poesía sobre una pincel reflejado en un espejo. Hasta nunca, señores, que sois unos cansinos.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Si te vas


Se le nota en la voz, por dentro es de colores,
y le sobra el valor que le falta a mis noches.
Y se juega la vida
siempre en causas perdidas.

Ojala que me la encuentre ya entre tantas flores.
Ojala que se llame amapola,
que me coja la mano y me diga ¡qué sola!

No comprende la vida, no.
Y que me pida más más más más, dame más.
Y que me pida.

Es capaz de nadar en el mar más profundo.
Igual que un superhéroe, de salvar al mundo.
Donde rompen las olas
salva una caracola.

Ojala que me despierte y no busque razones.
Ojala que empezara de cero,
y poderle decir que he pasado la vida

sin saber que la espero, no.
Y sin que me pida más más más más, dame más.
Sin que me pida.

Si te vas
me quedo en esta calle sin salida, sin salida.
Que este bar
está cansado ya de despedidas, de despedidas.

Como un extraterrestre se posa en el suelo
y me ofrece regalos que trae de otros cielos.
Le regalo una piedra
recuerdo de la Tierra.

Me pregunta por qué el hombre inventó la guerra.
Y en silencio pregunta aún de cosas más serias.
Yo me pongo palote
sólo con que me toque.

"¿Dónde vamos tan deprisa?",
me pregunta su sonrisa.
Si tu quieres, tengo el plan:

Caminar, salga que salga el sol,
por donde salga el sol,
que no me da.

Y llegar hasta tu corazón,
salvo que salga el sol,
por donde salga el sol.

Si he tardado y no he venido,
es que ha habido un impedimento.
Me llevaron detenido
para hacer un declaramiento.

He robado, he mentido,
y he matado también el tiempo.
Y he buscado en lo prohibido
por tener buenos alimentos.

Y es que la realidad
que necesito
se ha ido detrás
de ese culito.

Que delante de mi
se paró por fin
un día con una noche oscura,
esperando por ver si saliera la luna.

Déjate querer,
dímelo otra vez,
un día con una noche oscura,
esperando por ver si saliera la luna.

Ay luna, ay luna.

Quédate muy cerca de mi,
así los dos, dulce madrugada.
Mírame y vuelve a sonreir,
que sino, yo no comprendo nada.

lunes, 23 de mayo de 2011

Un perro se perdió por el bosque

Hoy, uno de los perros pastores de papá se ha perdido en el bosque y ha aparecido vivo al atardecer, pero con un ojo, medio rabo y un cojón menos. Pensaban en matarlo, pues no sobreviviría. Al ver que seguía andando, ladrando y saltando con mis hermanitos como siempre, tras muchos ruegos de mis hermanas, mi padre ha consentido dejarlo vivir. Lleva varios meses extraños, desde que mamá se puso tan enferma. Ahora, aunque se ha recuperado, sigue extraño. Creo que se replanteó qué haría con todas nosotras, si se diera la ocasión de que mi madre muriese. Yo la mayor con a penas 17 años, mis tres hermanas y mis dos hermanos pequeños. Y el bebé. Creo que debería tomar el papel de mamá. Dios me encuentre un marido pronto o que venga una señorita profesora en edad de merecer y sin compromisos por las ciudades.
Este día he acabado muy cansada. He ido con mis hermanas y con Rosa y Gloria al río, para aprovechar a lavarnos el pelo después de todo el invierno de recogimiento. ¡Vaya inviernos más largos tenemos estos últimos años! Fríos, llenos de nieve y tristes como Guara un día de enero. Hemos lavado nuestros cabellos (el mío está muy largo y ondulado, todo el mundo dice que tengo el pelo como la estatua de Nuestra Señora que duerme en la Iglesia) porque la semana que viene, último domingo de junio es la romería. Mi madre me ha dicho que me estuviera bien atenta, sonriente y sobretodo pudorosa. Y que podría ponerme el vestido de la tía Isabel, que en paz descanse. La recuerdo mucho. Lo de mi tía Isabel y la enfermedad de mi madre fue tan seguida que no tuve tiempo de recordarla como merecía. En la romería le pondré una velica amarilla.
Y para el final, como siempre, me dejo lo mejor. Por la mañana, ya terminadas de hacer las camas, el almuerzo y habiendo ayudado al Señor Alberto a recuperar una cabrita que se le había extraviado, he ido a coger albaricoques. Y ya con las faldas cargadas hasta arriba ha aparecido José andando. Se le había torcido bien un tobillo y no había podido ir a faenar, así, que andaba un poco cojo. Maldita y bendita la piedra que le hizo el mal. Con la ilusión y la sorpresa se me ha puesto la cara como un sol de rojo y, por vergüenza, me he bajado de golpe las faldas para que no se me vieran las piernas, sin recordar que tenía todas las frutas encima. Como una tonta y con la comida por el suelo he quedado. Pero él se ha reído, y me ha ayudado a recorgerlos, me ha contado lo que le había pasado y me ha preguntado por el perro que se nos había perdido. Al poco he reaccionado y se me han abierto los labios y le he contado muchas cosas, las primeras que se me pasaban por la cabeza en lugar de todas las que me había preparado. Él ha reído mucho, estaba muy animado y también me ha contado sus noticias y sus preocupaciones. Al rato de estar hablando, sentados en el suelo como estábamos, ha llegado el Señor Manuel, su padre, y menudos gritos le ha pegado, diciéndole que muy malo para salir con el ganado pero bien que estaba ahí golfeando. Al final, con un movimiento rápido, me ha arrancado una amapola de entre las hierbas y me ha dicho:
- Seguro que este domingo estarás aún más hermosa que esta flor.
Y se ha ido. Mi corazón se ha quedado bajo el árbol, rodeado de la miel que estos días llevan las abejas entre sus deditos.

sábado, 21 de mayo de 2011

Lanas

Azucena me llevó consigo cuando era casi un bebé. Recuerdo poco de mi anterior vida. Sé que mi madre era una perra sobrealimentada por un mendigo raquítico que vivía frente al convento de las Hermanas Descalzas de Madrid. Tuve cuatro hermanos y nos metieron en una caja. Don Guillem, que así se llamaba mi dueño, puso un cartel y se pasó el día gritando que regalaba cachorritos de mezcla de fox terrier y pastor belga. En verdad mi madre y mi padre eran unos chuchos cualquiera que acompañan a los desahuciados que duermen en la calle, solos, y hartos de que la gente los abandone, entregan todo su amor al más fiel animal que existe, al más pobre y abandonado.
A Azucena le encantaba dar paseos de horas y horas por el centro, para dar todo el dinero que se llevaba en monedas a los músicos rumanos con instrumentos raros y a la pobre gente que se sentaba en las calles, siempre y cuando ni gritaran, ni pidieran, ni llevaran cartel o tuvieran una deformidad. Era una mujer solidaria, pero bastante exclusiva. Le gustaba pensar que con ese dinero contribuía a ayudar a alguien que de verdad podía mejorar. Pasó por primera vez por el lugar en el que yo gritaba junto a mis hermanos el mismo día en el que me recogió, siguiendo a una mujer de pelo naranja y medias azul eléctrico que le había hecho gracia. Don Guillem le llamó preciosa, y le dijo que merecía un perro tan bonito como este para pasearlo por Madrid. Ella sonrió y siguió andando. Luego paró, se acercó, se quedó mirando al perrito que tenía el mendigo entre sus manos sonriendo y le pidió que si le podía darle al que se reía. Extrañado, Guillem le dijo que lo cogiera ella misma y que ese cachorrito era, en efecto, el más optimista, el más esperanzador, el más carismático. Me asió del pellejo de mi cuello, me puso entre sus brazos, apoyado en el pecho, y agachándose, le dijo a mi madre y al mendigo que me haría un ser muy feliz.
En efecto, desde ese día lo fui. Al dar la vuelta a la esquina, Azucena me observó con ojos vidriosos y se echó a correr. Vivía cerca, en un piso de Lavapies sin ascensor y en el que se oía al bebé de la hija de la señora Amelia gritar desesperadamente. Recuerdo que lloré un poco porque tenía hambre y porque Azucena subía con ansiedad, saltando con brusquedad. Al llegar a la puerta, de madera oscura y con mirilla de metal en forma de espiral, me susurró que a Julio le iba a encantar. Sacó las llaves de la mochila, entró en la blanca casa y fue directamente a la sala de estar, donde Julio estaba leyendo y escuchaba el sonido de los timbales hippies de los vecinos de arriba. Me presentó como Lanas. Julio sonrió y la abrazó, y Azucena se puso a llorar. A partir de entonces todo fue más o menos bien. Empecé a conocer a mis padres. Paseaba con Julio hasta el Retiro, donde él se sentaba a leer por las tardes, cuando no trabajaba. Nos sentábamos juntos, jugábamos y a él le daba por tirar un palo, ir a buscarlo y cogerlo con la boca. Luego me empujaba hasta que lo metía en mi boca. Repetía el proceso varias veces, hasta que se hartaba, me llamaba perro tonto y continuaba leyendo. Con Azucena iba a correr por los jardines de Sabatini, por las calles de Lavapies, de Fuencarral, por la Almudena, Cibeles, por cualquier calle no oscura. A veces íbamos juntos a un bosque de las afueras de Madrid y nos tirábamos en un cesped con amapolas, y ella me agarraba del morro mientras gruñía y me azuzaba de un lado para otro. En casa escuchábamos música, y les agarraba de los pantalones del pijama cuando se ponían a bailar y a gritar canciones. Comíamos los tres, yo después de ellos, porque Azucena estaba empeñada en que los piensos para perros eran malos y que lo mejor era la comida natural, "la que le daba su abuela a sus perros desde siempre y bien majos que crecían". Así que me daban sus deliciosas y blanditas sobras. Julio me daba de vez en cuando parte de su chuletón porque decía que con la mierda de verduras que ella me preparaba me iba a convertir en caracol. No le gustaba que me sentara con ellos en el sillón, o que fuera con ellos a dormir, y solía enfadarse por lo del dichoso palo, pero me trataba bien y cuando Azucena no estaba, me acariciaba y me daba palmaditas en el lomo.
Todo era hermoso. Las lámparas de colores, las primaveras histéricas, los viajes en tren cada vez más dispersos y sus abraz0s más suaves, seguros y tiernos. Hasta que el día que Azucena vino llorando del trabajo y se encerró todo el día en la habitación. Julian dijo al salir ella de la habitación, palmeándome, que todo iría bien y que pronto volvería a encontrar trabajo porque nosotros dos le ayudaríamos. Pasaron los meses y, a pesar de que Julian aceptó tres pacientes más por mes, los ingresos eran iguales a los gastos, sin cenas los sábados, sin desayunos los domingos a las 10, sin baños aromáticos los viernes y sin chuletón tres veces a la semana. Al año, surgió lo del bebé. Al principio ella tan sólo decía esa palabra cuando hablaba con su amiga María, que venía a vernos por las mañanas los martes. Después, se lo decía a su madre por teléfono y le temblaba la voz. Luego se lo dijo entre lágrimas a Julián. Meses después a gritos. Un año después encogida en la cama muriéndose de pena. Azucena quería un bebé y por su culpa, "por ser estúpida, no encontrar trabajo y no valer para nada", no podían tenerlo. Fue muy triste esa época, además de preocupante, porque Azucena no quería comer, se pegaba horas y horas corriendo sin parar, y se enfadaba con Julian todas las noches. Menos mal que él era paciente. Menos mal que ella se deshizo de su orgullo y tuvo el valor de pedirle a sus amigos, a sus padres y a sus familiares un dinero para poder comprar el anticuario de tres manzanas más allá. Unos cuantos viajes, unas cuantas lágrimas, unos cuantos meses con muebles destrozados en casa que ella se encargaba de restaurar, y unos cuantos años de lento florecimiento, y África inundó nuestra casa.

miércoles, 11 de mayo de 2011

La chispa adecuada (Bendecida 3)


...
Las palabras fueron avispas
y las calles como dunas
cuando te espero llegar.
En un ataúd guardo tu tacto
y una corona con tu pelo enmarañado
queriendo encontrar un arco iris infinito.

Mis manos que aún son de hueso
y tu vientre sabe a pan
la catedral es tu cuerpo
Ya es verano y mil tormentas
y el león que sonríe a las paredes
que he vuelto a pintar del mismo color.

No sé distinguir entre besos y raíces
no sé distinguir lo complicado de lo simple
y ahora estás en mi lista de promesas a olvidar
todo arde si le aplicas la chispa adecuada.

El fuego que era a veces propio
la ceniza siempre ajena
blanca esperma resbalando por la espina dorsal
ya somos más viejos y sinceros
¿y qué más da?
si miramos la laguna cómo llama
a la eternidad de la ausencia

viernes, 29 de abril de 2011

Invéntate más cosas


Me gusta cuando Chor me cuenta cómo seremos, sacándose de la cabeza de repente nuestras figuras, un poco distintas a cómo son ahora, quizás con los ojos más reposados, y juega con ellas para hacerme soñar. No me cuesta imaginar lo que él va improvisando, pues todo se ve muy nítido, como si de verdad estuviéramos ya viviendo la vida que en sus historias me promete, o al menos la que nos prometemos vivir algún día, a cambio de los momentos que nos estamos perdiendo por estar separados el uno del otro. Nos conocemos desde hace apenas un año, ni siquiera eso, pero él ha provocado en mí un cambio descomunal. Soy capaz de amar a alguien, de pensar en cómo puede estar y en cómo ayudarle si lo necesita. Puedo comprometerme por amor, y no por compromiso o ataduras estúpidas y agobiantes creadas por el miedo y esta sociedad opresora, lo más complicado de comprometerse, en mi opinión. Chor me enseña tantas cosas. Si alguien leyera ésto a parte de él diría, ay, ojalá lo conocierais, pues comprenderías por qué alguien puede enamorarse de él de esta manera tan serena y viva al mismo tiempo.
Deberíais verlo cantar, con sus camisetas negras y su sonrisa de estar disfrutando de verdad, ésa que tan sólo se le dibuja con Extremoduro, Bunbury o Héroes del Silencio. Le encantan. También le encanta imaginar cosas, es muy soñador, aunque de una forma distinta a mí, siempre tiñéndolo todo de su característica manera de esperar tan estoica, propia de él. Le gusta mucho leerse los libros de golpe, al contrario de como te enseñan tus padres, para disfrutarlo todo de una vez para impregnarse de él. Le gustan los libros que le recomiendo y las series de mafias o de familias tipo Los Corleone. Le gustan los códigos de honor, las familias, el respeto, la justicia y las normas no explícitas.
Chor es muy agua. Es a la persona a la que más me ha costado encontrar un animal, y en verdad no me convence el que le asigné. Es agua. Si hay una bajada, se precipita hacia abajo, si hace frío se congela o se evapora con el calor. Si debe llover, cae desde lo alto por pura física y si se convierte en cascada erosiona la piedra con sus millones de gotas. Chor es río, es manantial, es un iceberg. Es lo que debe ser en cada momento, sin forzar nada, sin buscar nada en contra de lo que las circunstancias propician. Admiro su manera sosegada y fluida de vivir.
Hoy hablo de él porque lo echo de menos. Pronto volveremos a estar físicamente juntos. Mientras tanto, te quiero tanto como siempre. Hasta pronto.

sábado, 23 de abril de 2011

Ars ars ars y cremosidades bohemias

Cuando él era él y yo prácticamente no existía, y a ella le gustaba mandarle poemas de putrefacción y espirales simbólicas.
Solía verlos de la mano bajo mi terraza y mi padre, que suele salir cuando llevo un buen rato mirando a los negritos de la plaza de abajo, decía, vaya chica más sucia, menudas pintas de guarra y de drogadicta. Yo le daba la razón y me inventaba que me habían dicho que las rastas se le formaron solas de no lavarse ni peinarse el pelo desde hace años.
Y mi padre añadía, por costumbre y quizás para que el veredicto le quedara completo, que él no parecía mucho mejor y que vaya deshecho social. Y yo, le decía, creyéndolo de tantas veces que lo había imaginado entre los mismos geranios, que él era un chico muy inteligente y muy limpio, pero que le gustaba esa estética sucia por desprecio a nuestra sociedad de consumo.
Mi padre se quedaba unos segundos mirándolo, tal vez reflexionando el por qué ir como un cerdo significa que no te gusta el mundo y volvía a entrar en casa con un nunca te eches una novia así eh, hijo, o no vuelves a entrar en casa. No, papá.
El día que lo conocí, estaba dibujando el perfume de una mujer sonrosada y ondulada como el mar que besaba a un pobre demonio, al que seguramente abandonaría de manera despiadada, dejando las maletas sin hacer por toda la casa, cuatro años después. Al ver que caminaba hacia donde yo estaba, me pareció un tremendo error el que ese pasillo entre árboles y rasgado por un riachuelo fuera mi lugar de la soledad. Con las alondras, el trascurrir del agua y el susurrar de las hojas como la música ambiente de un ascensor alemán, me gustaba pasar las horas sin hacer nada más que descansar de hacer cosas inservibles.
El cuello me dolía un poco y pensé que quizás un escarabajo egipcio estaba penetrando hacia mi cerebro, llevándome, irrevocablemente a una exótica muerte.
Se sentó a unos metros de mi zapatilla izquierda y contempló el río sin entusiasmo, más centrado en lo que le atornillaba la frente, a saber qué.
Seguí a lo mío con una extraña pose que destrozaba mi tobillo y la tercera vértebra torácica. Pensé que me favorecía desde su perspectiva. Vaya subnormalidad.
- Está todo tan tranquilo ¿verdad?- dijo sin mirarme- a veces no apreciamos las cosas sencillas.
Estuve tentado de decirle que aquello no era sencillo, que había que tener un complejo sentido de la orientación para llegar a donde había llegado, que mucho más para volver luego a casa, que la temperatura que en ese momento hacía era consecuencia de un choque de vientos saharianos en pleno marzo, que el sistema digestivo de las aves... pero asentí, boca patéticamente abierta y todo.
- ¿No te ha pasado alguna vez que ves que nada tiene sentido?- Se giró, y negó con la cabeza, abriendo mucho los ojos- No quiero rallarte tío, eh, pero necesito a alguien con quien hablar.
Se giró de nuevo, y abrió las manos hacia arriba, en ademán de confusión. Los churros de su cabeza se agitaron.
- Parece que a ti te gusta estar solo. A mí me duele sentirme abandonado.
Le sonreí y palmeé el cuaderno de dibujo.
- Son estos días, los que me ponen así digo. Éstos amagos de primavera me dejan loco. Si es invierno es invierno, y si es otoño, no puede ser verano. Me gusta el colacao con leche y un poco de café, no sé qué tiene de malo, pero al menos sé que me gusta el colacao con leche y un poco de café. Sin embargo la gente se empeña en decir que todo es relativo, que si los átomos se mueven y hay mil universos. Me cago en esas cosas ¿entiendes? Me comen todos los lameculos esos la polla. Las cosas son claras y si nos las ves así es porque no te sale de los cojones, o eres estúpido.
Calló unos segundos, con la cabeza mirando hacia el suelo húmedo pisoteado por abuelas y perros desde la eternidad de los siglos. Suspiró.
- En fin tío, nos vemos.
Pude ver una sonrisa y sus manos metidas en los bolsillos mientras volvía a su casa para pasar bajo mi ventana.

domingo, 17 de abril de 2011

Huesca

Es una sensación extraña la que siento cuando vuelvo a mi casa. Cada vez más. Siempre pensé que era una persona nómada, pero me he dado cuenta de que me aferro a los lugares con desesperación. Aunque viviera en una cueva mugrienta, echaría de menos los cantos rocosos clavándose en mi espalda. por pura costumbre. Por pura necesidad de tener algo algo a lo que llamar casa y en la que refugiarme cada día. Soy como los niños pequeños, cuando van a investigar a los alrededores de su madre pero vuelven a sus faldas cada vez que notan algo amenazante. Soy un bebé al que cada cambio le sume en un insidioso remolino de cosas nuevas por conocer, por descubrir y observar. Cada detalle, cada pasillo, cada una de las curvas del techo me aterrorizan si no han sido ya exploradas. Eso sí, necesito la constante y turbante sensación de la confusión antes lo desconocido, pues vivo en el irónico transcurso de la vida de las personas que odian los cambios y huyen sin cesar de la rutina. Caprichosa, vulnerable en ocasiones.
Cuando vengo en tren me dedico a imaginar lo que va a ocurrir aquí, aunque tengo la regla de no pensar en lo que quiero que ocurra, pues sólo hace falta que fantasees con algo para que esa situación jamás se cumpla. Intento imaginar cosas que no me dolería que no ocurrieran.
Una vez que estoy aquí me invade una extraña sensación de saber todo lo que puedo esperar aquí, y al mismo tiempo unos días de adaptación a lo ya sabido. . La primera noche mi madre me da mimos y mi padre ve la televisión en la otra sala y de vez en cuando me pregunta qué tal por Madrid. La primera noche también huyo siempre de mi hermana, porque no sé lo horrible que estará y lo horrible que le pareceré yo, y no quiero enfrentarme a algo que seguro no me gusta cuando tenga que saludarla. Ceno la comida de mamá, la saboreo como pocas veces y veo la televisión, esa gran y aburrida desconocida que por lo visto mueve las masas mundiales. Paseo mil veces por el mismo lugar la primera mañana, porque Huesca en una hora es tuya. Me siento muchas veces en los bordillos del centro a mirar las personas que pasan. Las señoras tienen el pelo corto, inmaculadamente ondulado, anillos y pendientes dorados y un confortable sobrepeso. Las adolescentes miran continuamente a su alrededor, los chicos van con ropa de entrenamiento deportivo y los señores se sientan en la Plaza Zaragoza con sus pantalones altos y verdosos a mirar a las chicas que pasan y a criticar a cualquiera que sea el político que los últimos años ha tocado aguantar.
Por suerte, aquí esta Chor, el que rompe ese asqueroso "lo de siempre". Él siempre está dispuesto a romper con lo que sea, ni con ganas ni sin ellas, con esa sonrisa conforme que amo en sus labios. Me gusta se energía y su fluir sin sobresaltos, un río calmado al atardecer del que me arroyuelo de saltos, rápidos y cataratas mucho debería aprender.
Cuando llego aquí sólo me gusta estar con él y con mi madre. Odio estar con la familia de mi padre, pues está impregnada de muerte y de histeria colectiva. Tampoco me gusta estar con mis amigas, ya que ya no son mis amigas. Ellas y yo tomamos destinos muy distintos, y siento la necesidad de desprenderme de todos los hilos que me conectan de ellas, para librarme de rencor y falsedad. Y ésto me suele doler, porque fueron importantes para mí, pero no tengo la necesidad de saber cómo están ni parece que ellas les importe.
Chor, ven, esto sin ti es un tanto macabro, y no me has ayudado a ser consciente de que no puedo coger un metro para ir al centro y olvidarme de lo que me molesta.

lunes, 11 de abril de 2011

Darling

Cuando lo conocí, en lo primero en lo que me fijé, a pesar de los mil motivos por los que cualquier persona podría fijarse en él, fue en sus enormes ojeras moradas. Le cubrían más de la mitad de su cara, eran espantosamente púrpuras y limpias, y sus párpados de insomnio eran absorbidos como un valle por los dos ojos que coronaban su cara. Jamás he visto unos ojos tan grandes, negros y asustados, de quien ve lo que no cualquiera ve y, por lo visto, es espantoso. Pero aún más llamativas eran sus ojeras.
En ese momento lo conocí haciendo nada, sólo bebía algo negruzco, permanecía silencioso y escuchaba con atención lo que sus amigos parecían comentar entusiasmados. Sus manos me dieron un poco de asco, eran huesudas, y desmesuradamente alargadas, parecía Jack Skellington cubierto por una fina capa de carne morena. Me pareció extraño ver un musulmán a esas horas de la noche, en ese bodrio de lugar lleno de mierda y gente drogada. Me pareció curioso estar contemplándolo tanto rato y que Daron no cambiara de postura más que para poner un poco de ángel blanco en su uña del meñique izquierdo, que sobresalía por encima de las demás uñas con claras intenciones nada puras o recomendables.

domingo, 3 de abril de 2011

Golpe en una ventana del autobús y una paloma muerta


Sabes, Lúa, que nunca te he dicho hola con palabras, sino con un tierno roce de miradas que sueles acoger con una sonrisa y una mano en el estómago cuando crees que no te veo.
Estoy volviendo de mi tierra y un golpe seco en el cristal y varias plumas pegadas con sangre en él me han hecho pensar en escribirte una carta. Tal vez no sea ni la mitad de hermosa que las que tú escribes a tu novio y que te gusta enseñarme con cruel inocencia, pero te conformarás con este intento de caricia de papel, pues jamás te he regalado nada y para ti cuatro palabras bien dichas son el mayor don del ser humano. Qué fácil eres de complacer día a día. Si me esforzara en recoger una mísera flor del parque, en llevarte un ibuprofeno cuando me dices que te duele la garganta, en decirte lo preciosa que estás con ese vestido verde, serías descaradamente mía.
Sin embargo, prefiero hacerte sufrir, porque me divierten tus intentos de ignorarme cuando sabes que te estoy mirando. Me encanta ir a verte justo en el momento en el que tú estás desesperada de aguantar tu orgullo y en un momento de debilidad me mandas al móvil un patéticamente maleducado "vas a venir o que". Me estremezco de placer cuando me gritas, me dices que jamás volverás a llamarme, pones la mano en mi pecho en forma de garra cuando voy a besarte. No hay nada como la sensación de irte a dormir sabiendo que estás enfadada y saber que del odio no podrás dormir, y ver que al día siguiente dos purpúreas ojeras envuelven tus dos ojos negros. Sé que tienes muchas razones por las que ignorarme, torturarme y destrozarme, pero tu carne se convence con facilidad y mis ojos embobados clavados en tus curvas son suficientes para que te olvides del nuevo motivo por el que esa noche me debías odiar.
Ahora mismo, a saber dónde estarás. Es una de las pocas cosas que de ti me desesperan, además de tu manía de sentarte de cualquier manera menos de la correcta, que bebas infusiones y que te pongas minifalda y todo el mundo imagine tu vagina abierta antes su cara. A saber dónde estarás, qué te habrá dado hoy por hacer, qué nueva estratagema para corregir tu vida te habrá llevado a donde en estos momentos estás. Al mismo tiempo te agradezco que nunca me lo digas hasta que ya es imposible retroceder en el tiempo e ir contigo, porque cualquier día de estos me hechizarás y me convertirás en un cordero que salta con felicidad hacia el matadero. O peor aún, pensarás que vaya montón de tiempo he perdido, ai, que tonta soy, en el momento en el que me conozcas más.
Así que, Lua, la evitación y desdén que te demuestro es directamente proporcional al miedo que cada vez más siento hacia tus torpes manos y tus muslos despiadados.
Nos vemos en unas horas, si es que me digno.
Gabriel.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Nucas japonesas


El sol se erguía sobre las chapas metálicas de los coches, que zumbaban como asquerosos abejorros impregnados de humo por la colmena infecta en la que mi rabia e indefensión han convertido a esta ciudad. Hay hojas crujiendo entre las patitas de los gusanos, las palomas cagan sobre las nobles cabezas de nuestros antepasados inmortalizados en mármol, que miran a la eternidad, con cierto pasmo en los ojos.
Pero a mí todo eso me da igual. Las plantas que tejen una cortina en la ventana de mi habitación están cubiertas por una fina capa de rocío sanguinolento que el primer sol ha pintado con sus dedos rosados. Alguien haría una metáfora con ésto, encontraría una manera poética y lúgubre de decir que las primeras aguas ya indicaban un fatídico día de pasión convertida en sangre coagulada sobre cualquier superficie menos la deseada. A mí, eso me da igual. No busco indicativos, ni imágenes, ni nada. Sé que mi destino está ahí, inamovible y con una espeluznante carcajada que me escupe encima cada día.
No me hacen falta fotos en las que esté riendo como una niña, o lápices que haya tocado con sus manos blancas y torpes. Aunque jamás hubiera posado los ojos en mis sábanas o me hubiera entregado una flor que había robado al parque para ponérselo en el cabello oscuro, yo seguiría otorgando a cada partícula de mi alrededor esa total omnipotencia, omnipresencia, omne-omnis, ella.
Cuando decidí ser escritor, fotógrafo, pintor, músico y demás profesiones tristes y engañosas de hombre enamorado, pensé que lo que más me convenía era ser de esa parte de seres que aúllan a la musa desde lo más putrefacto del vaso del más asqueroso bar. De esos a los que la primavera les dan arcadas, para los que las mujeres son simples sombras nauseabundas de una deidad femenina inalcanzable porque les apetece, por cobardes, estúpidos y gustosos de revolcarse en la mierda y desprender la peste de una muerte lenta y pasiva.
Por eso nunca hablo de ella en lo que escribo, ni he dibujado su brazo decorado con brazaletes de plata o sus párpados empolvados en púrpura. Nosotros, los auto desterrados de la felicidad, no necesitamos una pléyade de sacrificios y reses muertas que indiquen el amor a Nuestra Mujer. Ella, implícita en nuestro ser, recorre cada una de nuestras obras, recubriéndolas con su vientre acolchado y negro, sin estrellas, y os mira con desdén; sabéis que, irremediablemente, a vosotros os envolverá con vómitos y dolor. Sabíais desde un principio que las rosas se pudren, por mucho que os empeñéis en cantarles odas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Tu vientre sabe a pan


Por aquellos entonces Eliseo, Donna y yo no dejábamos de discutir y de esnifar velas afrutadas olor mora varias horas después de comentar lo asquerosa que estaba la cena. Yo me tumbaba en la cama, intentando leer para seguir alimentando el monstruo de mi autoestima, medido en la escala de las letras. Solía estar muy incómoda, en parte porque no podía escuchar lo que decían y nutrirme lingüísticamente al mismo tiempo, en parte porque mi cama siempre estaba llena de dunas de ropa bajo las sábanas apestosas que me descalabraban las vertebras. Eliseo solía estar ligeramente tumbado en la pared de enfrente, con cara de no querer estar ahí como un perro tirado en el suelo, pero con una buena perspectiva que le permitía ver en nuestras caras, fallos que no se mostraban en las palabras enmascaradas que sacábamos a relucir en nuestras continuas discusiones (discusiones de cualquier tipo, lo importante era morir de sueño al día siguiente y acostarte con la sensación de que lo podrías haber hecho mejor). No solíamos pasarlo bien, pero las raíces de la compañía nocturna llevaban varios años enredándose en los barrotes negros de las escaleras que conectában nuestros neftalínicos pisos de estudiantes, de los que decíamos que eran tipo "años 50" (mueca tipo bohemia incluída, según el status del receptor), para no reconocer que era un simple y llano cuarto cobrizo que nos alquilaba una viuda estoica. Donna se hacía trenzas frente al espejo junto a Eliseo, susurraba como una hojita de abedul, y nos machacaba con su continua presencia del paso del tiempo, el cual medíamos según lo que se le notaban los huesos de la cadera bajo su piel azulada (redondeados en verano y amenzadoramente estridentes en el invierno), y según el cambio a una nueva etapa, reflejado en la longitud de su pelo blanquecino. Los tres rondábamos los 30 años, y desde los 20 veíamos videoclips curiosos, y nos contábamos lo que habíamos aprendido durante el día. Jamás salimos juntos por el día, nuestra identidad giraba en torno a lo que habíamos hecho ese día, para contarlo por la noche a los otros dos. El haber hecho algo en común, nos hubiera hecho confundir nuestra propia identidad, pues éramos lo que nos decíamos a la llegada de la hora de los muertos. Una noche, Dona y yo andábamos muy discutidas, vigiladas por las socarronas cejas rubias de Eliseo encuadrando esas horribles gafas que le dio por usar, sin ningún motivo, a simple vista, que el espantar al género femenino universitario. El conflicto venía porque Donna se había enamorado del vecino espectral del primero, a mí me habían entrado las ganas también de sentir escalofríos al ver su maletín desapareciendo en el rellano del edificio, y ahora negociábamos cual de las dos tenía las facultades más adecuadas para quedárselo, imaginariamente, lo más seguro, y basándonos en la descripción que Eliseo había hecho sobre el chico en particular.
- Eres tan estirada y lunática que jamás conseguirías que te pasara la sal ni con pinzas. Sois muy distintos.
- Calla, rata- susurró Donna, cerrándo los ojos, los cuales le temblaban siempre como dos mariposillas- Ahí está tú problema. Yo no estoy tan enamorada de mi ombligo como para buscar una extensión de mí misma para sentirme bien con otra persona. En verdad, eres triste, porque, por suerte o por desagracia, nunca encontrarás a nadie como tú.
Las hojas del libro entre mis dedos se quebraron, las vertebras volvieron a su lugar natural con un golpe de frío que asoló la cama, y Eliseo se retorció de placer con la explosión de lenguaje gestual que se estampó contra la ventana de la habitación.

viernes, 18 de febrero de 2011

El amor de Beatriz y Uriel


El amor de Beatriz y Uriel resuena a gritos martilleando las paredes de cristal de la residencia, las que te permiten ver, con tus propios oídos, el mecanismo intrahistórico de la juventud. Desde mi cama, rodeada de los delfines gitarios encerrados en mi lámpara, suelo oír el mundo, normalmente con el ceño fruncido, algunas otras pocas veces con verdadera curiosidad y diversión, o incluso cariño.
Se oye a Bea, una niñita de ojos oscuros y redondos como canicas que siempre me ha recordado a una gitanilla de un libro de poesías de Gloria Fuertes que me leían de pequeña, escupiéndole insultos a Uriel a lo largo y ancho del pasillo. Uriel la persigue, en sus tremendos dos metros coronados por una ceja partida, y envueltos en el tranquilo semblante de un lago encerrado en una cueva oscura y descomunal. La maleta y su traqueteo, conducidas por Bea, encandenan y fustigan a Uriel como a un perro, contra el que arremete un arsenal de insultos que salen del minúsculo cuerpo de la chica. El mismo cuerpo que lo apalea imparable, sin importarle el dónde, cuándo y por qué. El mismo del que se escucha a cada instante por los rincones del edificio:
- ¿Dónde está todo el mundo? ... Ah, ya veo... Y... ¿dónde está Uriel?
Ella parece enfadada, ya se va a la estación, pero antes se dirige a su cuarto, recriminando algo que no consigo escuchar. Uriel y sus pisadas de rinoceronte se paran tras mi puerta, y ésta se estremece con el gruñido histérico que jamás hubiera esperado de ese pacífico animal. Bea desaparece del plano auditivo del pasillo. Silencio. El pesado rastro de Uriel desaparece por la fina línea de la puerta que Bea, a pesar de todo, no ha cerrado.
Silencio. Golpe opaco en una pared, quizás una puerta.
El amor de Beatriz y Uriel, en su silencio, ronroneando unos quince minutos largos.
El amor de Beatriz y Uriel gritando en el coraazón que parte hacia la estación.

jueves, 17 de febrero de 2011

¿Qué puedo hacer para cambiar el mundo?


Eso es lo único que he pensado tras varias horas leyendo periódicos caóticos en español, inglés y francés, viendo monstruosas fotos de la actualidad, escuchando noticias nefastas. Millones de informarciones de todos los puntos del mundo, como las miles de millones de gotitas que conforman la nube central de la tormenta. Todas en una misma dirección, hacia abajo. Nos derrumbamos. Empleo por primera vez en muchos años el pronombre "nos" incluyéndome en la humanidad, en ese conjunto del que había desistido, desesperada, por su inevitable y trágico delirio final. En todo ese rato, no he podido sonreír, mi ceño se fruncía cada vez más y más, y el corazón se me envolvía en pesadumbre, desangrado con las imágenes y palabras que el mundo hoy ha puesto ante mis ojos. No sé por qué he tenido la necesidad de incluírme en ese universo que está siempre alrededor, al cual ignoro, con una contínua y furiosa sensación de indefensión. Me he dicho, ¿de verdad quieres saber todo esto? ¿de qué te va a servir, si ahora tan sólo te encuentras mil veces peor que antes y no ha cambiado nada? Todo es tan irremediablemente triste y apestoso. Las personas se están matando, se inmolan y se llevan por delante a otras muchas, muchas veces pensando que hacen un favor. Las sociedades explotan y tan sólo son escuchadas con destrucción y muerte. Es eso, o seguir aplastados por el poder inmisericorde de la no libertad que critica la democracia. La democracia, el virus del siglo dieciocho-diecinueve, inundó nuestros hogares, con su poder del libre albedrío, con la plenitud, con el inmenso paraíso de nadie vale más que tú ni tú más que nadie. Pero ese valor equitativo, fue trastocado, deformado, es un monstruo monetario. La libertad de no pintar nada en el mundo, la equidad en obligaciones, la plenitud personal convertida en planitud moral, creativa, religiosa e intelectual del ser humano. Tú vales lo mismo que el otro, si tenéis el mismo dinero, claro.
El desengaño del siglo. La corrupción, violencia, machismo, contaminación, egoísmo y deshumanización pura fueron el caldo de cultivo de nuestra generación, los niños desamparados, los niños que esperan a que algo ocurra. La generación del nada es cierto, o quizás sí, tal vez no, todo puede ser, pero es IMPOSIBLE descubrirlo. Las jóvenes mentes están muertas, y con razón. Aprendimos de sus padres y madres, que no consiguieron nada que los gobiernos no les permitieran conseguir, pero así se creen que tienen poder, y están más contentos. Aprendimos de nuestros abuelos y abuelas a tener el valioso don de la conformidad: Mejor malo conocido que bueno por conocer. Mejor pájaro en mano que ciento volando. No llames la atención. No pidas más de lo que tienes, ya llegará si debe llegar. Cada uno tiene lo que le corresponde. Aigh, los caminos de Señor son inexcrutables.
Podría seguir horas y horas criticando cosas, pero no voy a hacerlo más. He pensado que todo es mucho más simple. Si algo no te gusta, lo cambias, sino, será información cobarde e inservible en tu huesuda cabezota. Bien, por donde empezar... Demasiadas cosas horribles.
Internet:
Mejorar cada uno. Si cambia el individuo, cambia la pareja. Si cambia la pareja, mejora la familia. Si cambia la familia, cambia la sociedad. Si cambia la sociedad ya esta, mejoramos el mundo. Puedes comenzar tu. Yo te sigo.
No te conozco de nada, ni sé quién cojones eres. No sé si te estabas escojonando de aquel que se hizo exáctamente la misma pregunta que yo, o si en verdad llevas ese principio al límite cada segundo de tu existencia. Pero confío en ti.

viernes, 4 de febrero de 2011

Cuarzos pequeñitos entre los dedos de los pies.

Tumbada en la cama, oigo el mar. Tengo la cara aplastada contra la sábana y sabe a ti. Algo palpita en mi cabeza, permanezco inmóvil. Quizás sea la luz de la alta madrugada retumbando en las paredes de la habitación, pero no sé qué ahora es ahora. Hace un rato, nos dábamos el primer beso, siempre torpe y desesperado, sobre la cama de tu habitación. Hace un rato, tú aún no existías en mi vida, ni había nada más que los ojos miel de mi mamá advirtiéndome de consecuencias desastrosas. Tan sólo hace un poco, llenaba de polvo las zapatillas recién arrebatadas a mi hermana, atravesándo un campo de flores seducido por la enloquecedora Primavera. Enredada entre mis sábanas, sentía que estaba allí y en cualquier otro lugar a la vez. Pensé que quizás era eso lo que sentían las personas cuando iban a morir, eso de "te pasa la vida entera ante los ojos. Cogí la cerveza de la mesilla y la vacié de un trago. También me deshice de las dos siguientes sin consideración alguna, con la mente en blanco y el cuerpo sin ningún patético intento de palpitar, asqueado de la muerte a la que le has relegado.
Me siento cobarde por no llamarte, y por no decirte que odio que me dejes sumergida en noches como esta, en las que los témpanos me apuntan desde el techo.
Y volveré a quedarme inmóvil días y días, hasta que vuelvas de llorar de tus playas de arenas volcánicas, aún reflejadas en tus ojos grises.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Cows cows cows

La fiebre me hace delirar. La ventanas están cerradas, las persianas son barrotes sin agujeros entre los que colar una taza y hacer ruidos. La puerta cerrada con cerrojo, ni siquiera hay una fina franja de luz anaranjada curioseando desde el pasillo. El techo inquebrantable sobre mi cabeza, me separa de la libertad del firmamento nocturno. Me lo imagino, ahí fuera, tal vez inexistente, tal vez destrozado por las luciérnagas de neón de las calles de esta gran ciudad. Mi cuerpo entero suda, abierto cada poro de la piel para encontrar una sóla partícula de aire liberado de esa opresiva emoción que me invade por completo. El pecho me va a estallar, un sentimiento atormentado acuchilla sus paredes. La sábana me aplasta como una cárcel, huele ligeramente a alcohol. Mi cara blanquecina se gira hacia la izquierda y la veo desnuda, durmiendo en paz, los labios amoratados semiabiertos, absorviendo cada uno de mis pensamientos. La abrazo sin comprender nada.
Condenado.

sábado, 29 de enero de 2011

La galaxia de nuestra habitación

La luz entreba por la ventana en forma de color de lluvia. Las lágrimas del cielo resvalaban por el cristal, formando una catarata que seperaba la habitación del resto del mundo. Si había un mundo, si el resto del universo seguía existiendo. A él le daba completamente lo mismo, lo único que importaba dormía con una mano extendida sobre su vientre. Dentro de la habitación había una bruma púrpura. Pequeñas lucecitas de colores jugaban en las paredes, formando estrellas, planetas, agujeros negros, lunas, soles. Eran de la vela que ella se había empeñado en comprar el domingo pasado en el mercado. Dentro la suave llama tiritaba y los cristales de colores de la cerámica en la que estaba encerrada eran los que conformaban ese universo particular en las paredes. Al principio no le vio la utilidad. Luego se maravilló ante la capacidad que ella tenía de sacar lo más hermoso de cosas insignificantes. Así se sintió el cuando sus labios de mariposa lo besaron diez años atrás. Sintió un rodillo aplastándole las piernas. Una espalda le aprisionaba con crueldad. Sonrió. Acaparadora. Ella dormía en bragas, porque los vecinos no querían bajar la calefacción central. A él le tocaba ir siempre a protestar al estúpido matrimonio Gandral para que dejaran su tortura de desierto al medio día. Cuando ella ya había pasado dos semanas gritando, dando con la escoba en el techo, tirando canicas por el suelo, y poniendo su música infernal los domingos por la mañana, sin haber conseguido resultados significativos, él subía a la puerta de los señores y se sentaba en la escalera. Le encantaba que se paseara por toda la casa así, la reina en ropa interior. Suspiró y miró su cuerpo. Que ya no era el mismo, pero al que siempre adoraría. Admiró su pelo extiendiéndose por el colchón, como los rayos del sol alrededor del cual giraba toda la habitación. Se tiró sobre ella, cortandole la respiración con todo su peso (uhm, cada vez más creciente, malditos años). Se despertó deshorientada, y se tornó en un encantador demonio de tasmania. - ¡Imbécil! Lo empotró de un golpe contra la ventana y se dio la vuelta. Suspiro. Aigh.

jueves, 20 de enero de 2011

Chico que lee, chico triste entre las hojas:


Te escribo esta carta por ordenador porque te prometí mandarte una en el momento de acabar los exámenes. Aún no he acabado los exámenes, ni he escrito una carta que merezca la pena de las 4 que están sobre mi mesa. Tampoco tengo sobres, ni sellos, así que este fin de semana tendré que comprarlos para poder cumplir mi promesa cuanto antes.
Chico azul, estoy tan triste. Desde hace unos días lloro de repente. Las sonrisas se evaporan y ascienden al cielo, y entre las nubes se quedan para no volver a bajar. De vez en cuando siento la adrenalina de ir a un exámen que me importa más bien poco. O me pasa algo especial, como que Elisa no pare de contarme guarradas que hizo en su adolescencia, coincidiendo con el momento en el que más ganas tendría de estar contigo haciendo el amor, en cualquier lugar, pero contigo. También vi a un gótico hermoso tocando el arpa, con su maquillaje resbalando desde sus párpados como si pasara cada una de las noches de su vida llorando. Con sus dedos lúgubres de hombre atormentado, acariciaba las cuerdas de su instrumento. Parecía como si tocara a la mujer débil y de vestido blanco que lo abandonó un día de hace siglos, en mitad del bosque. El lugar donde siempre quedaban a la media noche, para ver las estrellas y amarse sin pausa, con las hiedras como dóciles expectadoras, protegiéndolos entre sus esqueléticos brazos verdes de los que querían separarlos. Deberías haberlo visto. Era como si cantara un cisne negro a la luna. Me deshice.
He visto otras cosas, aunque no tan mágicas. Vi una casa en mitad de Callau, hecha completamente de basura encontrada en el mar. La verdad es que era más bonita que muchos de los trozos de cemento y hormigón que hoy en día conformas las calles de nuestras fúnebres ciudades, en las que todo el mundo se cree alguien especial, pero son tan fáciles de olvidar como el copo de nieve que cae en diciembre sobre los bosques de nuestras húmedas y montañosas tierras invernales. Echo mucho de menos perderme entre los árboles un día nublado, oír algo a mis espaldas y pensar que quizás sea un hada riéndose entre las hojas, como un libro me hizo creer de pequeña. Me apetece vivir por la noche, disfrutarla, sobretodo del ocaso. Vivir la quietud del sol adormilándose, esparciendo sus sábanas naranjas, fuxias y celestes a lo largo del la bóveda del mundo. Y tu fugaz figura en primer plano, oscura, sonriendo, recorriendo sobre una bicicleta, los caminos polvorosos de las afueras de nuestra preciosa ciudad. La noche era antes una fiel compañera, pálida y acogedora. Antes nos envolvía en su manto de estrellas y nos hacía sentir que todo lo que hasta ahora el sol nos había enseñado, eran colores esparcidos sin orden por el lienzo de la realidad. Cuando tú, Kurt, y yo, nos unimos, supimos que le dábamos significado a todo sin necesidad de explicarlas con palabras. Nuestros ojos eran agua que nos permitía ver el universo entero reflejado en sus olas. ¿Y ahora, que queda? Nos queda acudir cada noche a los brazos de las palabras del otro, que, desde los lejos, se prometen el retorno a esa selva recién descubierta, y no salir de ella jamás. Pero nos quedan las lianas retorcidas alrededor de nuestro cuerpo, como muestra de la realidad de esa jungla. Y, aunque no paciente, por ir en contra de mi atormentada naturaleza, espero a que un día volvamos a estar juntos, para no parar de besarnos, de leer, de abrazarnos, de suspirar, de observar las estrellas y decirnos que la luna nos tiene envidia por estar contemplando a dos seres tan enamorados, y ella estar tan sola.
El año que viene, es casi seguro que el desertar del campo de batalla de mi propio interior, finalice. Estoy casi segura de que llegaré con unas enormes maletas a la estación y no tendré que rehacerlas tres meses después. Permito a mi mente arremeter contra mi orgullo y decirle que es un jodido fanfarrón, y que si sigue así, estará sólo y perdido, y ya será demasiado tarde como para ir rogando que le perdonen por su estupidez. Quiero pensar que al final acabaré escogiendo bien, pase lo que pase. Y resuenan en mi cabeza las palabras que ayer me digiste:
- Creo que ya sabes lo que quieres, pero no sabes que lo sabes.
Es cierto.
Bueno, hojita triste de otoño, espero que esta carta te anime a querer besarme dentro de siete días, a venir a verme dentro de 21, y a esperarme tres meses y un poco más para continuar todo aquello que no nos dió tiempo de vivir cuando el sol ardía y la luna, viéndonos, también.
Un besito, mi vida, y siento mucho estar así, tan triste y perdida, tan centrada en mí misma. De verdad, que ojalá pronto pueda volver a sonreir y que tú te creas que verdaderamente es de felicidad de verte. Espero que sigas pensando que te quiero, que haré cada uno de mis gestos para provocarte una de tus preciosas miradas naranjas. Te quiero, Kurt. No lo olvides, por favor.
Desde la ciudad lacrimosa:
Courtney.