viernes, 2 de septiembre de 2011

Farolas borrosas

Son las diez y media de la noche y hoy es la primera lluvia larga. No es una tormenta con rayos y truenos y grititos de niñas u ojos iluminados por el espectáculo. No es un enfado repentino, ni las gotas que se te derraman al chocar la copa con un amigo bajo las luces fosforescentes de una calurosa eternidad. Hoy es la primera lluvia de un verano que se desangra poco a poco para que de los coágulos nazca un derrumbado otoño.
Otoño significa muchas cosas. Encierra un olor a miedosa ilusión. A putrefacción solitaria y letras de consuelo. El otoño, y el invierno, son los amos de las cartas con sobres mojados por el contenido de aquellas, de la música indie a bajo volumen en el metro que te permita escuchar los besos o los enfados de los que se acurrucan a tu alrededor, usurpando instantes que deberían seguir siendo tuyos. Septiembre llega y sé que será doloroso y excitante, que no podré parar de sentir emociones turbadores que me hagan sentir un coletazo de vida en las espinas. Pero también sé que llegará octubre, su lagrimeo incesante desde el morado cielo, y que desconsolada sentiré que en cada carta que te llegue habrá una agónica súplica de que me recuerdes que la primavera grita en el fondo de las grietas de las rocas de la catedral y en la purpurina de las estrellas.
No me olvides.

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