lunes, 27 de diciembre de 2010

No puedo pedir, y no dar, aunque no sea al mismo nivel

La biblioteca estaba en una penumbra anaranjada, de lámparas de forro desgastado sujetas por brazos de hierro a las paredes de piedra. El exterior casi no existía, en la continua foto en blanco y negro que es el invierno de Escocia. La humedad le traspasaba el jersey de cuadros rojos, y ondulaba las hojas del manual, convirtiéndolo en un prado de nieve tintado por las huellas de algún niño madrugador. Llevaba muchas horas mirándolo, acariciando a cada rato la historia que se deslizaba entre sus dedos. De vez en cuando alguien pasaba, con pasos arrastrados y acolchados, deshaciendo el aire congelado de su alrededor. Las estanterías agolpadas a su alrededor, el tenue color verdoso colándose por los vídrios medievales de las profundas ventanas. Tenía la nariz congelada y se revolvió el pelo, oscuro y revoltoso, cada vez más largo, que esperaba a sus blancos dedos , como sólo ellos sabían ararlo...
Cerró el libro, y sóno como un alud entre ese montón de narradores muertos de papel que lo rodeaban. Sacó el diario de la mochila, completamente llena de botes acartanados vacíos de café. Hacía un año, cuatro meses y tres días que sólo le escribía cartas a ella en el cuadernito rojo. Los tres primeros meses los pasaba a papel con la hermosa pluma que ella le había regalado. Después recorría tres kilómetros en su bicicleta embarrada, entre campos como esmeraldas cubiertas de lluvia. Al final le entregaba al señor McKiinney el sobre, que lo recibía con un"¿otra más little sir?". Tras ese día, aunque sabía que era imposible recibir la carta de contestación al siguiente, volvía a recorrer el camino al salir de la universidad, con una ansiosa pregunta dibujada entre las cejas. Tan sólo una carta fue suficiente para destrozar ese ritual. Maldición.

Al abrir el diario encontró como marcapáginas, la foto en la que ella sonreía al cielo estrellado tumbada en la hierba de verano. Ya estaba desgastada, aunque era un tesoro, y cuantas más arrugas, lágrimas secas y roturas pegadas con celo escondía, más valiosa era. Al final de las páginas estaba la foto de cuando era pequeña, seguida por la de su viaje a Praga con chocolate en la nariz, pegada a ésta la que la atrapó desprevenida llorando con La Sirenita. La cualquiera de un día cualquiera que no recordaba, pero en la que reían y se miraban enamorados, era la última.

Él se encogió de repente, en su minúscula pecera lluviosa. Se metió las fotos en los bolsillos, el diario en el bolsillo del pecho. Cogió la pulsera roja que le colgaba en el monedero y la llave pequeñita que le dio como símbolo de que quería que vivieran juntos cuando él volviera de terminar el doctorado. Arrancó de su cabeza el olor de su pelo recién lavado, las imágenes del cuerpo lleno de dunas sobre el desierto en el que se convertía la cama, nada más ella se iba a leer al salón. Se metió el libro, que ésta le regaló nada más conocerse, en el bolsillo delantero del pantalón. Dejó la mochila, el gorro, y todo aquello que no representaba nada para él sobre la mesa de madera crugiente de la oscura biblioteca.

Gertrude, la ayudante de la esmirriada Miss Rose Marie, lo miró extrañada cuando salía a todo correr por la centenaria puerta, pues la dejó abierta, de manera que entraba el río formado por el chaparrón que desde hacía varios días se derramaba sobre la región.

Sus ojos verdes lo siguieron desde el rincón. Detuvo varios segundos la respiración.

Él corría, sin parar. Se tropezaba, caía en el suelo embarrado, se les raspaban las palmas de las manos y las rodillas del pantalón. La ropa le pesaba más que si tuviera los bolsillos todos llenos de piedras, a causa de la lluvia. Algún coche que pasó le cegó y le pitó, en verdad era un pobre loco corriendo bajo la lluvia.

Al llegar al acantilado tardó unos segundos en asomarse para mirar lo que iba a ser su particular tumba de espuma. Sintió un ligero terror, un dolor anticipado. Pero qué era eso comparado con su oscuridad perpetua, sus cartas mojadas, sus libros pesados aplastando la mesa.

No estaba. No iba a volver. No le esperaba. No habría niños correteando ni perros ladrando en la peluda alfombra de la entrada. Sus asquerosas pestañas no se cerraban bajo él. Lo hacían bajo otro, rodeándolo en su profundidad negra. Zorra. Estúpido. Joder.

- Lorenzo...

Gertrude sujetaba la bicicleta roja bajo la lluvia, y los mechones naranjas escondían su cara. Lo dijo con ese acento tipo Louenzoh tan gracioso. La chica que ayudaba a la ímbécil de la bibliotecaria. Qué demonios hacía allí.

A Gertrude le tiritaban los labios, no de frió. Los ojos se le enrojecían en explosiones de venas, conteniendo como una presa el mar de lágrimas. Dejó caer la bicicleta con suavidad en la moqueta verde que cubre Escocia.

"No puedes dejarme aquí"- sollozó con un grito mudo la joven. "Oh God... No te vayas. I need you"

Se le escurrió un gemido entre los dientes. Los rugidos del mar a las rocas parecieron callar.

Él giró la cabeza. Y la observó, asustada como una virgen doliente andaluza. Con sus manos en garra colgando. Los labios en mueca lastímera y un susurro que luchaba por escapar de la carcel que Gertrude llevaba días fabricando, ahí en los rincones de su particular palacio de papel amarillento.

Y Lorenzo se echó a reir.

Cuánto le apetecía una cerveza caliente, estar desnudo en el sofá de esa chica con los muelles clavándose en su espalda. Escuchar la música celta que a veces rompía la fragilidad del silencio de la biblioteca, desde los discretos cascos de Gertrude. Ven, Gertrude. Podríamos comprar un hermoso gatito de color canela.

Lo más importante es que sus ropas estaría dando contra las rocas de los acantilados, como lastímeras tablas a las que se intentarían agarrar los recuerdos en los bolsillos guardados. No tardarían mucho en ahogarse. Vosotros sois los que os tenéis que desnucar contra los colmillos de los acantilados.


viernes, 24 de diciembre de 2010

Propósitos ajustados a las 365 veces que el sol nos alumbra

Hoy, -cn un dolor de cabeza desternillante, un consolador en el bolso, sabor a emociones encontradas en la boca, los pies quejándose con agonía, muchos besos que nunca me merezco en la piel, y uno de los mejores polvos de cualquier relación (en el que aún hay lágrimas irritadas que chillan en las mejillas) caliente entre las piernas- es el mejor momento para escribir los propósitos del nuevo año. Sí, me gustan esos propósitos, esforzarme por cumplirlos y pedir un deseo con el último lacasito (las uvas me dan repulsión). Desde hace dos años sólo pido uno, muy sencillo y de tres palabras. Poco a poco va funcionando, tal vez es acumulativo año tras año.
Queda un año entero para cumplirlos:
- Tocar el violín en un grupo de música.
- Hacer más pintura y cosas manuales. Carteras, pulseras, llaveros... Podré regarlarselos a las personas que más adelante voy a prometer cuidar más.
- Aprender más inglés y francés.
- Estudiar historia del arte en..
- Pensar dónde estudiar historia del arte.
- Aprender de una puñetera vez a coser.
- Cuidar más a mis amigas. Llamarlas o hablar con ellas todas las semanas. Llamarlas cuando llegue a Huesca. Contarles más mis cosas.
- Dejar que me crezca el pelo mucho.
- Aprender a bailar.
- No gritar nunca a Chor.
- Llamar a Chor todos los días.
- Escribirle algo todos los días, abrazarle y escucharle mucho más. Regalarle muchas cosas.
- Dormir más y comer mejor.
- Dejar de morderme las uñas.
- Ampliar mi cultura musical.
- Viajar mucho.

Bien, tal vez de momento ya está. Iré agregando algo hasta que acabe el año. Dejaros de no navidad antisistema y proponeros cosas, cojones. Es divertido hacer cosas.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Conjunto

En los genes está todo programado como base para lo que podemos ser. Las bases no se pueden cambiar. Los genotipos, tus fenotipos, la adaptación, la supervivencia de la especie, Darwing, naturaleza, competencia, determinación, nosotros, vosotros, todos.
Lo demás, ambiente.
No me lo creo.
No puedo pensar que alguien es como es y depende de lo que en el encuentre en su mundo será más hacia un lado o hacia otro.
Decidme, de donde ha salido una persona como él, de qué mono sacó sus orejas, que artista le metió en la cabeza el don de las letras, que bacteria participó en que tuviera esa preciosa nariz, esas manos, la piel aterciopelada, morena y dura, los pies más bien pequeños, y las ojeras enormes y moradas. De los genes, de la evolución, probabilidades, azar.
No os escondáis detrás del azar. Reconoced lagunas, reconoced que no lo sabéis, no es tan grave.
No es cuestión de evolución un simple tamborileo con un hueso y una piedra. No es azar que luego se repitiera en un montón de lugares más y que todos lo aprecieran. No que nos embriague de esa manera, que la inventemos, que la entrelacemos, que un pájaro cante dentro de una jaula si sabe que a nadie va a alertar ni a nadie debe fecundar. Que lo imitemos, que lo amemos.
No es superación, de algún lugar salió todo esto. Algo que no podéis alcanzar, lo sentimos. Vuestro Dios genético es una mierda como una catedral y no existe, no está por encima de los otros dioses que surgen del mismo concepto de creador, controlador, principio y fin de todo.

Ayer pensé en lo guai que hubiera sido conocer a Jesús. Para comprobar si no venía del apocalipsis futuro, en una última oportunidad de viajar en el tiempo para cambiar el mundo. Si era un psicópata. Si era la persona más inteligente que jamás ha existido y si era consciente de lo que iba a conseguir con su obra de teatro en vida.
Tengo un gran respeto por aquellas personas que cambiaron de tal manera el mundo. Me pregunto cómo una persona que nace exáctamente igual que los demás, con un óvulo y un espermatozoide, llenos de sangre y líquido que no les deja respirar en la boca. También crecieron, seguramente saltaron por las hierbas, se asustaron con los vampiros, comieron patatas asadas. ¿Qué puede hacerte algo tan semejantemente parecido a un Dios? Cambiarlo todo. Construir una historia a partir de tus puñeteras palabras. Vaya, me pregunto si deben ser conscientes de la clase de criaturas que son.
Que eso ocurra no está en tu mierda de dioses genéticos.

martes, 14 de diciembre de 2010

La ley de hacer lo que te da la gana


Bajo esa ley, si te hallas, confundido te sientes.

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pues tanta información cierta y cierta hay que los cuentos son de mentira, las historias son de mentira, las vidas son de mentira. Todas estas cosas son pura verdad.

¡Eh, que no se os cree! Y sí, y no. Que os den. No quiero convenceros.

¿Qué puedes hacer tú para cambair el mundo? ¡Una mierda! ¡Nada! Nadie te escucha, no eres nadie. No todo el mundo te creerá. De hecho, nunca serás verdad, ya te aplastarán. Tarde o temprano. Con un poco de suerte ya estarás muerto, y te evitarán tener que reconstruir tu mierda de vida, de creencias y todas esas cosas tan humanas. Le pasarás la mierda a los demás.

Sí, tal vez esa sea la solución.

Suelta el aliento justo antes de morir, para que a nadie le de tiempo de llevarte la contraria.

Y el resto que había antes... Vivido queda sin que nada pueda hacer dudar de su veracidad.


Bien, momentos de histeria social.

Tengo fiebre. No, no la tengo, pero los cereales estaban asquerosos. No volveré a comprar nada con pinta de comida para periquitos. Me importa una mierda desnutrirme, y que no tenga cubiertas ni mis proteinas, ni mi fibra, ni mi vitamina c, ni mi calcio, ni el patético potasio, ni ninguna de esas estúpidas cosas que suenan a bacterias verdes. No me importa, cojones.

Elisa, el Mío Cid sí que es un jodido Romance, y bastante majo. Te gustaría porque te molan las princesas y esas cosas, y algo parecido se cuenta ahí.

Mamá. No. No puedo esperar ¡No puedo esperar! Necesito una de tus oportunas voladuras de cara que me iban tan bien de pequeña. No entiendo por qué dejaste de dármelas siempre y cuando fuera necesario.

Cariño, tú. Guapo. Precioso sol rojo. Ríete de este asco de palabras sin sentido. Vámonos ¡Vámonos ya! Cojamos una habitación y alejémonos de aquí, de todo este humo, de personas gritando, de papel llenos de tinta. Sólo nosotros podemos construir verdades verdaderas, con los ojos naranjas, y sin necesidad de intentar convencer a nadie de que estamos en lo cierto. Tú eres la verdad.

La verdad es que estoy un poco loca.

viernes, 10 de diciembre de 2010

jejeje


aigh Courtney, eres un bebé.

¿Naciste a destiempo o en el momento oportuno para llegar a ser lo que eres?

Bonita.

Me haces mucha gracia. Pero una gracia llena de cariño. Tal vez compasión. Un poquito de pena... Pareces tan perdida.

¿Sabes quién eres? ¿Sabes a dónde vas? ¿Sabes por qué te pintas el pelo de colores y te resaltas la sonrisa? Se notan en los mares de tus ojos miles de torbellinos y de oleaje histérico, por mucho que intentes tapar tus oídos al recuerdo. ¡Qué tristes son tus ojitos! Lo mismo te decía él.

¿Pero quién acabó con quien? Su vida acabó con facilidad y te condenó a la muerte a ti. Lenta y ahogada. Cuando te pinchas sobre la cama aún puedes notar sus brazos rodeándote. Y sólo tienes un lastimoso pensamiento al despertarte varias horas después con el maquillaje recorrido por las lágrimas.

Hijo de puta.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Llueve


y me voy a la ducha.

Hay una quietud extraña. Sospechosa. Muerta.

Se oyen pasos al otro lado de la pared, atenuados, como sobre una alfombra de polvo. Ni siquiera en la respiración del bosque se oyen menos sonidos que ahora mismo. Al menos ahí las empapadas hojas de colores suspiran. Los pájaros invisibles te asustan. El viento te mira entre cada rama extrañado, y parpadea entre las agujas de los pinos y abetos.

Pero aquí no hay nada.

Un murmullo imperceptible ronronea en mi cabeza, como una máquina inquieta quemando y almacenando lo que ve, lo que vio, lo que verá. El monstruo de mi cabeza no entiende de tiempo. Hoy no es hoy ni ayer fue otro día.

La cama ruge al tumbarme con suavidad sobre ella. Le duelen los muelles, y hoy se oyen los gemidos más, como se oyen más en mi ojos todas las imágenes vividas, que distingo de lo real por un ligero coloreamiento azulado casi malva. Un color hielo lleno de témpanos, tiriteos y dedos meñiques amoratados.

Los delfines de la lámpara dan vueltas y se dibujan en la pared. Las formas se reflejan en el techo, como un remolino irregular que gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira...

Gira

Voy a ducharme. La lluvia se lo lleva todo. Quedaré limpia de nostalgia.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ahora estoy en el limbo

Un limbo nublado y silencioso.
El cielo me abandonó hace dos horas y unos 40-50 minutos. El infierno tardará en acribillarme unas pocas aún.
No puedo evitar sentirme desdichada. Me parece muy injusto que me hagan esto ahora. Cojones. Yo quería irme. Quería irme lejos, lo suficiente para ser yo, o al menos para encontrar lo que se supone que debería ser. Y lo hice. Me fui lejos de mi cuna, de este útero blandito, templado y mecedor, como el lago durmiente. Necesitaba hacerlo. Aquí se estaba demasiado bien como para poder ser yo misma, de alguna manera... buscaba el real dolor de vivir.
Y parece que lo he conseguido. Ya sé quien me habita. No quiero decir que pueda controlarlo ¡ni mucho menos! un astrólogo se sabe todas las estrellitas, galaxias, mundos amarranados y demás cosillas químicas que hay en todos ellos ¿pero qué puede hacer ante su inmensidad? pero saber que existen es más que suficiente.
Pero tú. Tú siempre eres el pero, eres el y, eres el aunque, eres el también cómo, cuándo y porqué. Tú eres el aromático pasado, eres el alentador futuro, eres el impregnado presente en constante apuro. Pasado, presente y futuro no es una sola suma de partes. Eres tú. Eres un todo. Eres las conexiones entre ellas. Eres el que coge las piezas rotas del jarrón y las coloca en su precioso orden de porcelana.
No puedes hacerte una idea de lo que aprecio la vida gracias a ti, a que un día aparecieras, con tu boquita llena de dientes y rodeada de labios amoratados. Maldición. Creo que es lo más hermoso que puedo decirte. Todo brilla por ti. Incluso lo malo tiene un verdadero significado. No puedo atribuirme ningún mérito en mi existencia desde que apareciste, pues sólo desde entonces soy capaz de sentir con claridad. Ahora puedo mirarme en un espejo y saber que esa es mi imagen, sé que estoy en Madrid para estudiar, para ver cosas, para hacerles fotos y luego enseñártelas, para hablar y comer asquerosidades con pimentón con gente extrañísima a la que ya me importa un bledo escojonarme en su cara pues sé qué clases de personas son relaciones y cuales son mamonadas sociales. Por ti sé lo que quiero hacer en un futuro, me atrevo a atreverme, me atrevo a pensar en él, que ya es suficiente teniendo en cuenta que antes hasta el presente, y más aún el pasado, me atormentaban. ?Cómo cojones no iba a amedrentrarme con la simple idea del mañana? No podía ser mejor que hoy.
Pero hoy siempre es bueno, tú estás a un tiempo de mí, haciendo todas esas cositas en silencio, y volveré a verte, y volveré a suspirar por las noches antes de irme a dormir pensando en tus manos, en el calor de tu pecho como estufa en nuestra casa.
Kurt, ojalá pronto leas esto, pues así podras hacerte una idea de lo mucho que puedes hacer en un universo entero, pues el mío gira en torno a tus órbitas anaranjadas. Hasta pronto.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

En los bosques


Ayer estuvimos recordando con Elisa nuestros juegos de pequeñas, como cualquier par de personas hace cuando empiezan a interesarse la una por la otra. Se contruye desde la base. Y pensé en lo triste de mi base, así cualquier torre sale desmoronada y ondulante.
Mi más favorito pasatiempo era hablar con los animales. Tenía un precioso perro llamado Casimiro, ahora el pobre totalmente reumático y abuelito, y un perro llamado Kuki, al que un jabalí le había arrancado los testículos cuando era pequeñito, no matándolo de milagro, pero se quedó medio estúpido y miedoso, aunque en verdad era muy listo, y recogía todo lo que el aventurero y fogoso Casimiro dejaba por descuido a su paso. Ellos eran mis compañeros fieles, y aunque se iban a veces a perseguir conejos, dejándome sola en mitad del bosque (un temible y oscuro, aunque emocionante, lugar de descubrimientos). Esperaba encogida en el suelo, en ocasiones llorando, hasta que Casimiro volvía, dándome con el hocico en la mano, para que le acariciara. Como estaba enfadada con él, le gritaba, y lloraba, incluso le pegué alguna vez si estaba muy oscuro alrededor y había pasado desmesurado miedo. Pero pronto proseguíamos, agarrados, nuestro camino. Agarrados, porque al intentar sentarme sobre él, queriendo ser como Mowgli en versión pirenaica, se sentaba indignado y se negaba a ser un caballo de carga. Algo totalmente comprensible.
Otros animales a los que hablaba eran a los peces, sobretodo en verano, porque estaba convencida de que uno de ellos, por lo menos, debía ser un bebé sirena, y ningún deseo más grande en el mundo había para mí que el de convertirme en sirena. Ser una sirena, un hada, un lobo o, un poco más mayor, a los 9 años, ser bruja y que se me llevaran de ese asqueroso lugar para enseñarme magia. Me gustaba imaginarme que era una sirena, incluso nadaba como ellas para que surtiera algún efecto en mis piernas y que se convirtieran en una hermosa cola plateada. Para ser un hada iba por los bosques y me colgaba de los árboles, mirando el horizonte y cantando "cantos elfos" para que vinieran a por mí, o para alertar a veces, cuando pensaba que había una guerra de las hadas contra los leones y buitres. Esa era la explicación al por qué no venían ya a buscarme. Ante mis ojos, en una explanada que se llama "La corona" siempre llena de flores y de arbustos cortantes, a los cuales odiaba con todas mis fuerzas, se extendían millones de hadas, con sus reyes hadas en primera fila montados en unicornios y lobos alados, en frente de los asquerosos buitres putrefactos. Lo puedo recordar con claridad, como si de verdad hubiera tenido el honor de presenciar semejante disputa mágica.
El ser bruja ya fue más tarde, pero la azotea de Villobas estaba llena de mis artefactos. Calderos (cubos de los que tenía que tirar el trigo, robados a mi desesperada abuela), una preciosa cuchara-varita mágica que me había fabricado mi padre con un tronco muerto, un montón de telas (una a la que le tenía especial cariño, plateada, con gatitos y búhos, que yaya convirtió en un hermoso traje de gala de bruja digna de Rapel), y unos zapatos, que igual tienen 200 años, de madera y utilizados por mis ancestros para segar, en aquellos tiempos en los que se iba descalzo, que eran mis platos para beber leche transparente de bruja. Tengo cientos de dibujos retratando lo que ansiaba ser, una cría con el pelo blanco lleno de estrellitas, rodeada de los que iban a ser mis amigos del colegio de magos en Francia.
Tras unos años descubrí que nunca tendría el pelo de colorines, ni purpurina en la piel, ni alas llenas de plumas, ni una cola de mono que me sirviera para coger cosas y con pendientes de aros como los piratas. Ni sería nunca la niña que dibujaba dentro de una detallada casa hecha en el interior del tronco de un árbol tropical, cuando todo el mundo muriera y sólo quedaran 2 o 3 niños más con los que sobrevivir libres. Nunca las ovejas me entenderían cuando las imitara con ese sonido tan estúpido que hacían, porque si me miraban o se acercaban, no era porque lo estuviera haciendo bien, sino porque estaban alerta por si ese bicho minúsculo y lleno de lana de colores encima les atacaba. Nunca podría ser nada de eso. Se esfumó, aunque la frustración sigue en mi corazón cada vez que recuerdo las lágrimas que derramé en la rama de un árbol de detrás de la casa, seco desde hace varios años. Quizás el día que más lloré fue aquel cuando rompí, a causa de mi peso, mi rama favorita. Respiré ansiosamente intentando vendarlo, y me di cuenta de que le había roto su "mano". Era un asesina, asesina sin perdón. Y encima una gorda (como Cristian me decía sin comprender yo porque), sino no lo habría roto. En mi cabeza no cabía la palabra crecer, desarrollo que conlleva aumento de masa corporal. Aún no era el momento. Tenían que venir a buscarme, no podía ser, simplemente, así.
Ya han pasado quizás 8 años desde la última vez en la que tuve fé en ser algo. Ahora todo está apestado por el propio olor de la imaginación. Nunca llegaré a nada, pues si no, hubieran venido a por mí, y aquí sigo, mirando el cielo, muy distinto al de entonces, pero, al fin y al cabo, el mismo cielo.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Para ti, por supuesto.


Oh zorra puta asquerosa perra maldita cerda.

Por fin has venido

Quédate.

Quédate para siempre conmigo, niña caprichosa.


No sé muy bien por qué los colores y las sombras salen distintos a la realidad, así que espero que te guste más el original. Kurt, sabes que te quiero ¿verdad? Sí, lo sabes. Pero me encanta recordartelo y que te haga dudar para que vuelvas a mis brazos ansiosamente. Hasta dentro de nada, cariño.


¡VÁMONOS DE ESTA HABITACIÓN AL ESPACIO EXTERIOR!

martes, 23 de noviembre de 2010

Ahora mismo sentado, y quizás triste, Kurt:

Hola.
He empezado esta carta escrita con una pluma rosa de bolitos de forma mental(pues ahora es de mentira entre mis dedos) pensando en contarte algo con sentido, pero puede que no lo consiga, de hecho, espero que le encuentres algún sentido innato tú, quitando la escoria de palabras que suelen sobrar y adornar cualquier carta que habla de cosas humanas, como trocitos de piedra de colores embellecen una roca gris.
Sabes que recientemente he decidido darme un paseo por las mañana para ir y volver de la universidad. Para ello, me pongo muchas capas de ropa, porque, aunque haga más calor que en nuestro hogar, aquí el frío es lúgubre e intenso. Aunque ésto es sólo al principio. Conforme pasan los minutos me nace un calor en el estómago y en los labios, directamente proporcional a los besos recordados que me diste en esos sitios alguna vez. Entonces, llego a clase con una sensación rara, como la de un camaleón que no se puede transformar del todo, porque las manos, la nariz, las piernas y el corazón están temblando con carámbanos colgando como lianas. Al final, todo acaba volviéndose a congelar, llegando un punto álgido hacia las 9 de la noche. A partir de entonces, tus ojos caídos y tus sonidos mudos de letras virtuales penetran en mi piel, y a veces parece que me borbotean las entrañas. No sé si te explico bien.
También me gusta ese camino por otras cosas. Siempre está vacío, aún en estos tres inmensos meses no me he encontrado a nadie que me acompañara cantando a toda voz las siempre mismas 10 canciones que me grita el móvil, no tan mágico como el tuyo, pero lleno de ti. Es un camino susurrante, muy bueno para comenzar el día. Se escuchan los coches a unos metros, gruñendo al amanecer, como todas esas cosas negras y ruidosas hacen con las cosas dignas de ser admiradas, como ese trocito de cielo de la foto adjunta. Te la enseño con el único afán de mostrarte que, a veces, Madrid puede ser benevolente, si la ignoras, porque es una dama consentida y caprichosa. Así funcionan esas señoritas. En este lugar, al que quizás nunca pueda relacionar con el ambiguo concepto " mi casa", también hay nubes imitando olas de mar, soles tímidos y resfriados, árboles pasados por otoño... No sueles mirar con demasiado detenimiento esos vestidos de la naturaleza, pero te entiendo del todo, sabes que los tienes ahí, no tienes que apresarlos para cuando los necesites y no estén. Aunque también sé que te encantan, y que los disfrutas en tu silencio de criatura noble. Cuando tus ojos se vuelven naranjas prefieres mirarme a mí. Qué bonitos son esos ojos.
Creo que acabo de descubrir cuál es tu animal. ¡Vaya, eras la persona que más tiempo en toda mi vida me ha costado asignar un animal! Ya pensaba que eras uno de esos horribles cuatro elementos intocables. Eres un hermoso caballo de color marrón oscuro, y negro el cabello ondulante y las patas. Sí.
¿Qué podrías contarme tú de lo que ves?
Espero que algún día pueda dejarte las cartas metidas en nuestro buzón y las acabes de leer justo cuando yo entre por la puerta y grite:
-¡¡¡¡Ya estoy aquí!!!!- Me quito un abrigo rojo que por aquellos entonces tendré, mientras riendome te digo- No sabes lo que me ha pasado. ¡Ja ja ja! -(o je je je, creo que me río así). Te guardas la carta en el bolsillo de los pantalones de estar por casa y, como siempre, abres las piernas y los brazos para que me siente en medio. Lo hago, ya está automatizado el movimiento, y paso los brazos por tu cuello- Resulta que estaba viniendo en bicicleta y de repente...
Así más o menos lo espero.
Bueno, cariño, hasta que pueda dejar de usar estos métodos de escritura rudimentarios, te mando mi sonrisa y mis manos para que puedas usarlos como quieras hasta que esta noche hablemos y puedas darles sus real forma. Para su textura, sabor, olor, sonido y temperatura tendrás que esperar unos muy pocos días.
No sabes cuánto te quiero, tampoco lo sé yo. Sólo sé que puedo escribirte estas gilipoyeces sin avergonzarme, que me sentiré bien haciéndolo, y que tú te sentirás más querido con lo poco que puedo conseguir aquí, comparado con lo que me brinda el entorno ahí.
Un beso, Kurt, te echo mucho de menos. Todas las mañanas, todos los al mediodías, todas las horas de comer, todas las tardes, todos los (no)atardeceres de aquí, todos los minutos de espera cuando nos golpea internet, y todas las noches inmediatamente después de que me mandas un beso sordo. Te quiero, corazón, vida, cielo, preciosidad, primavera, mil cosas hermosas.
Tuyas, Courtney y su lámpara de delfines bailarines mareados.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Tarde.

Tranquilamente, seguía respirando. No dormía, no estaba despierto. No moría ¿Vivía? Tal vez a respirar gracias a una máquina se le puede llamar vida. Tal vez sólo si alguien espera a que abras los ojos un día.
Ella miraba por la ventana. Qué día tan precioso. Llovía a cántaros. El cielo lloraba. No, no lloraba, menudo berrinche llevaba encima. La habitación del hospital, cada vez más regularmente, se asustaba con los gritos de los truenos y los flashes de los relámpagos. La ventana daba a un pequeño bosquecillo al que las familias iban a pasar los domingos, ajenos a las vidas que se escapaban por las grietas del edificio blanco que se levantaba unos metros más allá. Hoy tampoco había estrellas. De todos modos, hacía ya no mucho que no las miraba.
Se volvió hacia él y lo observó, sin más. Su cabeza se hundía un poco en la almohada, con el pelo y la barba un poco más largos de lo normal. Los brazos extendidos sobre las sábanas. La mandíbula más marcada. Los tubitos deslizándose como alargadas sanguijuelas a lo largo de su cuerpo. Sus labios oscuros medio abiertos. Los párpados en un eterno parpadeo.
La chica carraspeó y cogió el libro que había sobre la mesita, junto a unas flores amarillas de la abuela de él, una Virgen de la madre y un paquete de Marboro de su mejor amigo. (Por si levanta-decía Fran- o por si el olor a tabaco le hace despertar).
Lo abrió y comenzó a leer, en voz alta, uno de los cuentos de Las mil y una noches. No sabía si a él le gustaba o no, pero no le había dado tiempo de ir hace unos días a la biblioteca a por un libro de policías y esas cosas, y Las mil y una noches era lo único por casa que no le hubiera leído ya. Si a él le gustaba no podía dejarlo a mitad. Y si no le gustaba... pues que abriera la puta boca y lo dijera.
Pasaron varias horas, varias enfermeras, y varios avisos de fin de visita. Era lo rutinario. Llevaba meses ahí viendo el amanecer, incluso se había llevado su butaca de leer a la habitación, para leer y dormir más comodamente. Por los días estaban la familia, algún amigo, estos cada vez menos habitualmente. Pero por las noches era suyo. Por las noches podía acariciarlo, lo besaba, le lloraba encima y le suplicaba que despertase. A veces le gritaba, incluso tiraba todos los libros y los horribles ramos prefabricados que ya comenzaban a pudrirse a los lados de la cama.
- ¡Despierta, joder! ¡Ya no tiene gracia! - Abría los ojos histérica y la voz retumbaba en el pasillo- ¡Me estoy cansando de este juego!
Entonces, normalmente, se derrumbaba sobre las piernas inmóviles del chico, hundiendo el rostro húmedo y en tono de súplica le mumuraba:
- Mi amor, mi amor... Lo siento... Por favor, soy una tonta, no te enfades conmigo... Soy una niña estúpida...
Eso, si las enfermeras no la oían, sino, un par de calmantes bastaban para hacerla dormir un rato y poder seguir con la lectura unas horas antes del amanecer.
Pero hoy leyó muchas, muchas horas. Con el intermitente piiiiii piiiiiii de la máquina como única contestación, como invitándole a continuar con la historia con entusiasmo de niño atento.
Ya despuntaba el sol, un sol pesado, un sol acuoso. Uno de esos soles que les enfriaban la nariz el invierno pasado, cuando reían, o se gritaban, o no se hablaban, pero que siempre acababan viéndoles reir.
Ella, serenamente, cerró el libro con suavidad. Cogió aire, sin prisas. Lo volvió a echar, con menos prisas aún. Dejó el libro sobre la mesilla y se levantó de la butaca, que protestó ligeramente por la ausencia del calor nocturno. La joven miró al chico y se quedó unos instantes ahí, plantada como una impenetrable escultura griega de Atenea. Poco a poco, se inclinó hacia él, y a unos centímetros de su cara le pareció ver que él le descubría sus cálidos ojos de otoño. Como tantas otras veces. Ella cerró los ojos y reposó la frente sobre la de él, sintiendo su calor, su preciosa cabeza ronroneante ahora yaciendo en el limbo. Con liviandad volvió a incorporarse, y sus manos sacaron un sobre del bolsillo de su vestido marrón. Lo dejó sobre el vientre, para que, si algún día se incorporara, fuera el primer sonido que percibiera, el del papel arrugado. Lo apretó suavemente con los dedos y, sin más demora, abandonó la habitación. Ya habían vivido una vez esa escena, solo que ella estaba en la cama, muda de lágrimas, y él se fue, con la millones veces escrita palabra "adios" en sus labios.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Débil.

Demonios, hoy no sale nada de aquí.
Sé que esta noche sí.
Apretaré al maldito botón de "editar", su mancha se habrá ya extendido por los territorios yermos de mi cerebro. ¿Cerebro? ¿Sale algo que de verdad merezca la pena del cerebro?Necesitamos su agua. Su jodida y puñetera boca.

martes, 2 de noviembre de 2010

Muchos siglos atrás.

Hace dos días pude observar las olas acariciadas por el traquilo mar nocturno, iluminadas por el resplandor de la luna, que se cuela, sin discriminación alguna, tanto en las cuevas erosionadas llenas de caracolas y esmeraldas perdidas, como entre las persianas corroídas de un hotel de carretera.

Me pregunto cuántas cosas preciosas habré tenido el placer de saborear a lo largo de mi vida. Se me viene a la cabeza la montaña de Guara al atardecer, vigilando como una orgullosa madre a su hijo verde extendiéndose por el valle. Puedo ver a una niña paralizada, más bien minúscula y ojerosa, admirando los brillantes regalos de arcoiris que misteriosos hombres habían olvidado bajo el árbol de plástico. Tal vez entre mis recuerdos está un enorme ruido, al golpear un montón de cosas muchas chicas aturdidas a la vez, y sonó, de repente, música primitiva.

Pero nunca nada había sido tan precioso como observar su cuerpo palpitante entre las sábanas.

¿Cuántas personas han descrito a su ser amado durmiendo? ¿Cuántas lo han hecho y se han sentido irremediablemente volcados a ser un mero observador de la belleza del cuadro más hermoso en el mundo? Nadie jamás podrá plasmar la rítmica quietud de la criatura durmiente, al igual que resultaría inutil encerrar en una melodía el sonido de las hojas cosquilleadas por el viento. Como no se puede describir la inmensidad del universo ante tus ojos, con las estrellas titilantes en el cielo de verano o la sensación que tiene entre las plumas un águila navegando bajo las nubes.

Y así, temblando para controlar mi respiración, estaré condenada al desbordamiento de lágrimas y sonrisas reprimidas para la eternidad. Pues el mundo se redujo a él... Y ahora, no sé si este realidad es la verdadera, pues la otra era demasiado bella como para tornarse en una lenta y lejana estrella fugaz. Tú. Eres ese pedazo de luz en el que me desintegro. Aquí está todo tintado. Te apresaré siempre en mis recuerdos inmensamente dormido y presa de ti eterna seré por ello.

martes, 26 de octubre de 2010

Hasta en las fosilizadas.

El eco del mar
en una caracola
es la eternidad.

viernes, 22 de octubre de 2010

El orgullo de las mariposas.

Cae el agua. Levanto los brazos y me contorsiono con un pequeño gemido. Intento respirar, aunque se humedecen los pulmones con las minúsculas gotas. Me atrapan en su musical red de piedrecitas golpeadas. Me agacho con una sedienta sonrisa. ¿Estará solo...? Interrupción.
Una mujer entra en el baño cantando. Se oyen risas de fondo. La voz de una dulce chica se cuela por la rendija de la puerta, rompiendo la sinfonía del agua. Hace unos sonidos curiosos, parece un lobo contemplando la luna. Las demás la imitan. Destrozan la quietud con su perversa risa, puedo imaginarlas mirándose en el espejo. Se sienten bien y comienza el ritual.
Con rapidez salgo de la ducha, no quiero perderme el impresionante espectáculo. Y ahí están, en su despliegue de plumas de colores, engalanadas como hermosos pavos reales. A algunas no las reconozco en un principio. No por su belleza normalmente ausente y ahora inesperada que me mira a través del reflejo. Es por su mueca de placer. La sonrisa deformada en rosa y brillantitos. Los ojos, antes órganos sin más, te retan a adentrarte en la selva de las lianas de sus pestañas negras. Me paralizo ante ellas, y me siento ridícula, en la infinita niñez de la mujer recién salida de la ducha. Les sonrío ¡Qué guapas! Sí, alguien debía decírselo. Si nadie les admira, de nada sirve el disfraz. Así es el ritual, una misterioso baile, cuyo fin, como el de cualquier danza, es el de que su serpenteo sea contemplado.
Me hablan, se hablan, me invitan a adentrarme en el particular caos. Están histéricas, están eufóricas, se dan la vuelta, se miran, se torturan, se besan a sí mismas endulzadas por la fresa de su perfume. El pasillo se convierte en un xilófono martilleado por las agujas de los tacones negros. Entran como abejas en cualquier habitación en busca de alabanza, dejando a su paso la miel de su deliciosa coquetería. Hay varios minutos de completo orden en el desorden, como en el Carnaval del Arlequín de Miró, jamás más apropiada la comparación. Se puede oler lo que tienen en mente hacer esa noche. Es mayor el placer de pensarlo que el de hacerlo.
¡Qué bonita la vanidad femenina! Que ni religión, ni normas, ni estúpidas hipótesis feministas la aplasten nunca. Pero sabemos que eso no ocurrirá. Nos encanta.

martes, 19 de octubre de 2010

Con el alma en los labios, llévatela a donde quieras.

Todo el día ha sido una interminable tarde de nostalgia. Lenta, mareante... Un mar inmenso y vacío. Suelen ser veintiuna o veintidos horas de tarde en este mundo, hasta que por fin el asqueroso sol, que tan sólo arroja luz a éste montón de cosas no dignas de ser vistas, muere, y aparecen las estrellas titilantes. No se ven, pero aparecen.
Mi querido Kurt aparece con ellas, y se va moviendo conforme a la luna hasta que las montañas, las nubes o el sol lo ocultan. Él es un ser precioso, misterioso y aterrador. Él se merece ser contemplado y que le suspiren, ansiando rozar el mar de arena gris que es su cuerpo. Por eso me declaro observadora en constante deleite de sus dunas lejanas y mecidas por el viento. Así de delicioso e inalcanzable es Él, y así me siento yo, engatusada por sus pestañas profundas, y de vez en cuando, horrorizada al notar su mano que me apresa con dulzura.

Aquí una de las maravillas que el ser humano suele crear, y por algunas de ellas deben tener el honor de ser una especie respetable:

Te quiero yo tanto,
que nunca he podido
llegar a explicarme
cuál es la razón.
Parezco el lamento
de un pájaro herido
que busca la sombra
de tu corazón.
Si tú me quisieras
como yo te adoro
el séptimo cielo
sería de los dos.
Por eso a tus plantas
tu cariño imploro,
igual que un milagro
se implora de Dios.
Y al sentir que me quema esta ansiedad febril,
con el alma en los labios te vuelvo a decir;
Si tu me quisieras como yo te quiero,
por toda la vida no habría de quedar amor
para nadie en el mundo entero,
ni sobre la tierra ni abajo del mar.

domingo, 17 de octubre de 2010

Heaven to hell


Ayer, ya casi en el inicio de mi colleción de pesadillas nocturnas, lo último que hice fue mirar la foto de un bonito niño desnudo por la playa.

Suele darme esperanza del libre albedrío, que aún podemos salir corriendo del mar, gritando o cantando o cogiendo aire (algunas de esas cosas hace el niño), y revolcarnos en la arena, así, porque nos da la gana. Sí, me da la gana. No, no me sale de los cojones. Lo que quieras. En torno a ésto vagan mis pensamientos normalmente, bueno, en un 50 %, seamos sinceros. Posiblemente ayer tenía el sucio filtro puesto del asco social, pero es algo que está ahí, aunque otro día puede ser sustituido por otro algo diferente.

Por la tarde, con ojos un tanto vidriosos, decidí ir a por unas entradas a Madrid capital, que está a unos diez minutos de la cueva (así llaman los de la residencia a mi habitación), madriguera fría a unos metros de la superficie. Usé el pintalabios rojo, que cogí de un bolso con pinturas en el baño (la fémina propietaria debería ser consciente de lo que supone abandonar tus cosas de mujer en el lavabo, por lo que la considero la única y verdadera culpable) y me puse zapatos de tacón.

Estuve esperando al autobús con tres o cuatro personas grises. Dos de ellas hablaban solas, murmullos incomprensibles, las otras dos entre ellas. Eran compañeras de trabajo y hablaban de eso, de su trabajo, o mejor dicho de su no trabajo. El paro, Zapatero, el dinero, los recortes, los zuecos desgastados que no les quieren renovar. ¿Cuánto llevarían trabajando juntas? Posiblemente lo suficiente para poder decir: ¡Ai, Dios mío, llévame! Martita no se quiere comer las judías y a Roberto le ha entrado la varicela!

Pero esos temas ya no son costumbre en los adultos. Aún no he oído a ninguno abrir su historia a la persona que le acompaña (más por casualidad en los medios de transporte y por cordialidad que por gusto). Tal vez su historia es esa historia, tan mediatizada que todo el mundo da por hecho que es la verdadera y más importante de la que se pueda hablar.

En los gusanos subterráneos más de lo mismo. Cabezas que no se sostienen, párpados moribundos, máquinas de pensar. En la calle... Gran Vía es un lugar precioso, siempre lo diré, pero comprendí lo deslumbrante que había sido un día, y, como no, llegué tarde para verlo antes de caer y morir. Queda un esqueleto lleno de bichos infectos. Un esqueleto blanco de marfil, y agujereado de tiendas, de bolsas de cartón y de vertederos de comida hecha de cadáveres. Alguna foto he visto de cuando la hiedra y las malvas cubrían ese lugar, lleno de teatros, cafés, cines enormes. No dejaba de ser moda, pero al menos tenía algo de sentido. Muñecos pensantes, y no marionetas como las que recorren la enorme avenida hoy.

Tardé mucho rato en llegar a la tienda, un rincón bonito, lleno de discos descatalogados, fotos de personajes famosos que nos regalaron su inmortalidad (como un sueño que nunca se te acaba de borrar), y bajo la mirada azul de un chico jóven, con unas manos poderosas y una preciosa mueca en la cara, entre sonrisa y grito histérico. Miré discos y discos y discos, y me sorprendí de mi total incultura musical. Por conocer mucho a los macacos no eres el rey de los monos, me dije.

Luego comencé a marearme, al llegar a Callao. No estoy acostumbrada a tantas personas, ni a tantas luces, ni a las sirenas que retumban, ni a que me desequilibren mujeres llenas de bolsas, ni a que me hagan una foto de improviso en papel de niña desesperada y que encima el cazador desaparezca entre las hojas de la inmensa selva. Y sentada aún me mareé más, y pensé que estaba totalmente ida y que me encaminaba a la más estricta locura.

Por fortuna, un amado ser reluciente, me enseñó un útil y fácil truco más próspero que darle a un botón y que la televisión te enseñe su mundo precocinado. Me interné en la garganta gigante de los libros del FNAC. Volví, con un vistazo, a darme cuenta de todo lo que me faltaba por conocer, pues una estantería posiblemente serán los libros que lograré digerir a lo largo de mi vida, pero pronto pude zambullirme en los cuadros nublados de Turner. Calaveras, retratos graciosos, más calaveras, flores y mujeres hermosas... Solté alguna carcajada, pues los artistas suelen estar muy locos y se hacen fotos a ellos mismos muy elocuentemente.

Entonces, rebuscando, vi un libro. Era un manual enorme, no podía sostenerlo así que un chino tuvo que mirarme mal por haber acaparado toda la repisa con los libros que a él le interesaban.

Se llama Heaven to hell, y si la portada ya es una oleada de excitación, el interior me hizo explotar gustosamente. El artista es David Chapelle, vivo aún, y me hizo sentir que no estaba sola, y que si la humanidad estaba evocada a la putrefacción, más de uno se da cuenta. Sus fotos retratan y critican, desde un mundo imaginario que se ha encargado de crear y fotografiar (parece ésa la nueva modalidad de cuadro, y es precisa y genial), pero no te dice que cambies, ni hace que se te desvíen los ojos enfrentándote con la impotencia. A la derecha dejo lo que me condujo a descubrirlo. Sólo puedo decirte que sí, estás loco, pero te das cuenta y eso ya es un logro.


martes, 12 de octubre de 2010

Realidad o no.

La gente anda, mira, sube, sonríe, habla, salta, grita, frunce el ceño, se estira, bosteza, vuelve a bostezar, observa de reojo, se cae, come gusanitos, se enfada hablando en chino, canta con un uquelele, entra, sale, baja, sujeta el bolso, curiosea las cámaras de televisión...
Subo las escaleras.
El día, es más bien azul, hay alguna nube, y las luces empiezan a sacar la cabeza, aunque en este lugar no se apagan aunque no se necesiten, como tantas otras cosas. Hace un poco de frío, lo normal en otoño, aunque aquí en otoño puedes asfixiarte de calor,y en verano acabar con los huesos mojados si no has tenido demasiada suerte en la vida, y aquí eso es una de las pocas cosas normales en su totalidad.
Bailan mis ojos de un punto a otro, histéricos y ansiosos.
La calle es enorme, una gigantesca ballena con miles de peces serpenteando sobre su espalda y su vientre viscoso. Las burbujas explotan, todos los animalitos en su movimiento cantan una melodía extraña, como muchos pitidos a la vez que por casualidad conforman una melodía chirriante. La ballena te engulle, aunque tampoco te da demasiado miedo, ya que muchos otros seres han sido engullidos y en la panza hay un mundo latiendo a parte del resto del oceano ¿Y a nosotros qué nos importa el mar lleno de algas?
Vuelvo a la realidad.
Cada poco rato ante mis ojos aparece un nuevo personaje entre el resto de miles de personajes. Hace no mucho, Fabián estaba viviendo en... Logroño, pero todos, bueno, no todos, saben lo que es perder a alguien cuya única y no menospreciable herencia fueron una preciosa niña de cuatro años y una despensa considerable de alcohol. El paro, las bebidas incoloras (no por ello agua), la vergüenza y un camionero mas o menos solidario lo trajeron a la ballena. Ahí, acurrucado, acaricia el juguetón gatito gris del que María se apiadó. Sus piececitos, ahora envueltos en unos lanosos y deshilachados calcetines rojos, tampoco entienden por qué están ahí, pero su papá sonríe a veces cuando le tararea las canciones del cuarteto de cuerda que destroza delante de El Corte Inglés.
Hoy tocan el maldito canon de Pachelbel, ese estruendo cursi y repetitivo.
Una historia sucede a otra, y a otra, y a otra, y así constantemente pasan mis horas en Gran Vía, intercaladas por los labios inquietos de alguien lejano, a quien puedo ver dormitando y desafiando a los números con sus bostezos inexistentes. Normalmente me acompaña un zumo de naranja, bastante caro, pero naranja al fin y al cabo, y aquí los colores de la naturaleza tienen ese valor.
Cuatro grandes sorbos y lo tiro a la basura.
Me gusta la Gran Vía, por sus fotos en blanco y negro de hace cien años, por sus dos rockeros que no ganan nada pero que todas las tardes están ahi, charlando con su uniforme y aceptando fotos por limosnas de aire. Me gusta toda la gente que sale corriendo del metro y se para en el café más cercano, para pararse de golpe y luego volver al mundo real, el del tiempo, las tiendas asesinas de teatros y de la señora del metro entonando muy adecuada y metálicamente; Atención.............. estación... en curva.................. Al salir......... tengacuidadodenometerel pie.......................... Entre co...che y...... an..dén.
También son curiosas las chicas con corales encerrados en sus barras de labios, que les dibujan una mueca de apuesta de sol. Son molestos y gritones los ecuatorianos de Compro Oro. Son malas putas las putas de la calle Montera, pues sólo son vulgares, tontas, sin el encanto ni la seducción arrebatadora de las sí buenas y míticas putas, en mi opinión muy respetables. Pero éstas están desesperadas, desgastadas y su pelo no brilla. Son las putas de las estadísticas, no las ocultas, ya que las buenas no necesitan exibición.
Y es hermosa la señora del violín, con su pelo gris perla y su sonrisa de aristócrata rumana. Es misterioso el hombre de la gaita con su bufanda de rallas, que no de cuadros como debería ser, y el chino del instrumento chino serio y solemne. Lo es el punk con su perro famélico, y sus amigos con flautas de escolar no demasiado entusiasmado con la música.
Cosas cosas cosas cosas bombardeandome la cabeza y los ojos ya bastante hinchados.
Voy en el autobús, y le he dado al botón de "parada solicitada" porque a los autobuseros, los desagradables y frustrados hombres que te cobran por meterte en un atasco, les gusta olvidarse de dejarte en cualquier parada con el propósito de llegar antes a algún lugar inexistente de su trayecto circular.
Bajo. He tenido la necesaria (totalmente necesaria) dosis diaria de huída de este lugar aplastante que es Madrid, del que sólo se puede salir en aparatos humeantes o internándote en lo más profundo y caótico del alboroto de su estómago.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Por aquí, y de repente, este trocito de muerte.

Recuerdo la vez que peor lo he pasado nunca.
Supongo que no volveré jamás a sufrir así. Espero no llegar otra vez al límite que hay entre la locura y la más absoluta destrucción. La próxima vez, caeré en la laguna del caos, las algas se me enredarán en los tobillos, y mi cadáver se pudrirá en la arena húmeda y rodeado de agua viciada y embarrada.
Puedo más o menos recordar lo que pasaba por aquel entonces, pero por alguna razón no recuerdo un motivo especial (tal vez sea mejor así, autoprotección inconsciente, o no). Puedo visualizarme a mí, en mi habitación, raquítica y de repente, silenciosa. No puedo sentir ningún latido, no puedo moverme.
Sé que por esos días todo era asqueroso, repugnante y marzo. Puedo ver cómo me levanto, miro los trozos de papel destrozados en el escritorio y después contemplo mi cuerpo en el espejo y sólo veo un cuadro de Bacon. Me viene un olor extraño a la nariz, que no he vuelto a oler ni sé lo que es.
No acude a mi mente ninguna causa específica. Sólo me acuerdo de que estaba sola, inmensamente sola. Que estaba muerta. Que no me importaba estarlo.
Después, me oigo desde los oídos de mi hermana. Alguien llora y grita en el baño. No quiero entrar. Estoy asustada.
-¿Paula?
La veo dentro de la bañera, desnuda, encogida y hecha una insignificante bolita, totalmente empapada, histérica y de color azul. Rota.
No puedo recordar mucho más, se me están empapando los ojos, quizás debería parar, pero siempre me quedo en este punto sin saber seguir. O sin querer.

...

Algo pasó entonces, no sé el qué. Hay mucha agua por todas partes. Estoy congelada. Algo se está avalanzando sobre mi espalda y me aplasta. Grito.

...

Mi madre. Mamá. Ella mira, ella quieta, ella y una toalla.

...

Aparezco en la habitación, metida en el pijama de terciopelo verde de Andrea. Entra luz anaranjada por una rendija de la ventana, ya deben haber encendido las farolas. Estoy caliente, como las manos cuando abrazas una taza de café. Mis pies están congelados, y mi pelo un poco húmedo. Me pregunto si estoy ya muerta. Cierro los ojos y me vuelvo a dormir.

sábado, 2 de octubre de 2010

SIN PARAR

Me cuelgo de tu pelo,
me engancho de tu piel
Me encuentro con mi hada
que está loca también.


Fóllame.
Y a firmar por todas las paredes con mi piel.
Bébeme.
Y a empezar, Deltoya.
Zorra.
Recuerdo su olor.
Mi amor. Mi amor.
Cómeme. Deshazme en pedazos. Rómpeme.
He vuelto a las andadas
he vuelto a enloquecer.
Lo vi escrito en la luna.

Ah.
Luna creciente.
Te quiero.
Desplomados. Histeria. Descolocados. Derrotados.



Soy tuya.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Me la he pasado entera

Tal vez el arte es la mejor forma de machacarte. La mejor forma de aceptar que estás jodido. No hay artistas felices. No hay artistas sin nostalgia. No hay otoño sin naranja. No hay primavera sin ti.
Podría intentar escribir una historia, pero sé que no gira en torno a eso mi capacidad. Sé de personas que se balancean en recuerdos, y los camuflan, entre toda esa maleza de palabras a la que llaman historia.
Hay personas que respiran a través de un instrumento, y lloran, y crugen y gritan cuando no lo tienen entre los dedos, o los labios, o entre las hebras de fantasías tortuosas.
Desgraciadamente lo que yo puedo llamar sufrimiento fácil se compone de una imágen, de sus colores, de su movimiento paralizado. De la gran deformación que me causa en lo que antes era territorio virgen. De lo que era mucha nieve y ahora son huellas rojas, sucias, machas tentadoras a ser seguidas. El río de mi tristeza es doloroso, pues es demasiado irreal para contarlo, para que alguien lo escuche con los ojos cerrados. Es sonido dentro de una caracola. Muchas veces no se puede plasmar.
¿Cómo destrozo el pincel contra el blanco queriendo deshacerme del deseo que me ofrece tu cuello desplomado? ¿Qué colores son los de un ojo achinado por una apuesta de sol? Suelen ser burdas imitaciones que tan sólo recuerdan el ambivalente papel de la capacidad de imaginar.
Voy a dibujar.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Palidez

Me encanta congelarme. Me encanta calentarme en esta manta azul, color bebé. Los días fríos y lluviosos me siento débil, apaleada, recogida en este bosque oculto y susurrante, en este océano mecedor. Pocas cosas más me gustan que estar enferma. Medio muerta, convaleciente, derrotada, y con mil grados de fiebre. Yo y mis sábanas. Yo y mi sudor. Yo y la oscuridad, murmurándome al oído, cantándome para que me duerma. Así me despierto, me revivo, me pesan los párpador como después de un duro invierno de aletargamiento. Con los huesos de piedra, el pelo enredado y la piel pura.
Me gusta estar muy enferma, y poco a poco notal el olor de la primavera impregnando la marchita habitación. El cuerpo en ruinas, al que, de repente, alguien visita con su tierna caricia.
Disfruto el malestar porque se me antoja placer, y me hace sonreir que alguien tenga ese inmenso honor de verse necesario, de sentirse util y dejarse amar al indefenso. Porque todo el mundo necesita apaciguar el amor que le trota por dentro queriendo romper las verjas. Y ésta es una buena excusa, no se da explicación alguna, simplemente es necesario.
Hoy no estoy enferma, pero estoy sintiendo el abatimiento. La cabeza hacia un lado, los ojos lacrimosos, la tez púrpura. Algunas caricias parecen domarme. Pero sólo son tus manos de brisa. Cuídame. Cuídame algún día y siente que no debo morir.

viernes, 10 de septiembre de 2010

El silencio que precede a la tormenta

y lo precioso que es sentir el agua en tu cabeza, limpiando las dudas y desechandolas por las cloacas.
Me siento fuerte, he observado lo suficiente como para atreverme a saltar sin miedo a estrellarme contra las piedras, y no contra las rocas afiladas y crueles.
¡Allá vamos!

sábado, 30 de enero de 2010

Uluru

Hace mucho tiempo, cuando no existía el tiempo, la tierra estaba cubierta de agua salada. El agua se retiró lentamente hacia el norte y desde entonces el mar sigue allí. La tierra era árida y plana: el sol, la luna y las estrellas aún no se habían alzado en el cielo. Poco a poco, los Ancestros Eternos despertaron de su sueño bajo la tierra y empezaron a deambular por la superficie. Acamparon y cazaron, vivieron y cantanron canciones, y soñaron. Gradualmente, la tierra se formó en su despertar; Cada acontecimiento dejaba un punto de referencia: un valle, un charco, una montaña o una forma de forma extraña. Cda punto de referencia tiene su histoia. Las historias del tiempo del Sueño