
Ayer, ya casi en el inicio de mi colleción de pesadillas nocturnas, lo último que hice fue mirar la foto de un bonito niño desnudo por la playa.
Suele darme esperanza del libre albedrío, que aún podemos salir corriendo del mar, gritando o cantando o cogiendo aire (algunas de esas cosas hace el niño), y revolcarnos en la arena, así, porque nos da la gana. Sí, me da la gana. No, no me sale de los cojones. Lo que quieras. En torno a ésto vagan mis pensamientos normalmente, bueno, en un 50 %, seamos sinceros. Posiblemente ayer tenía el sucio filtro puesto del asco social, pero es algo que está ahí, aunque otro día puede ser sustituido por otro algo diferente.
Por la tarde, con ojos un tanto vidriosos, decidí ir a por unas entradas a Madrid capital, que está a unos diez minutos de la cueva (así llaman los de la residencia a mi habitación), madriguera fría a unos metros de la superficie. Usé el pintalabios rojo, que cogí de un bolso con pinturas en el baño (la fémina propietaria debería ser consciente de lo que supone abandonar tus cosas de mujer en el lavabo, por lo que la considero la única y verdadera culpable) y me puse zapatos de tacón.
Estuve esperando al autobús con tres o cuatro personas grises. Dos de ellas hablaban solas, murmullos incomprensibles, las otras dos entre ellas. Eran compañeras de trabajo y hablaban de eso, de su trabajo, o mejor dicho de su no trabajo. El paro, Zapatero, el dinero, los recortes, los zuecos desgastados que no les quieren renovar. ¿Cuánto llevarían trabajando juntas? Posiblemente lo suficiente para poder decir: ¡Ai, Dios mío, llévame! Martita no se quiere comer las judías y a Roberto le ha entrado la varicela!
Pero esos temas ya no son costumbre en los adultos. Aún no he oído a ninguno abrir su historia a la persona que le acompaña (más por casualidad en los medios de transporte y por cordialidad que por gusto). Tal vez su historia es esa historia, tan mediatizada que todo el mundo da por hecho que es la verdadera y más importante de la que se pueda hablar.
En los gusanos subterráneos más de lo mismo. Cabezas que no se sostienen, párpados moribundos, máquinas de pensar. En la calle... Gran Vía es un lugar precioso, siempre lo diré, pero comprendí lo deslumbrante que había sido un día, y, como no, llegué tarde para verlo antes de caer y morir. Queda un esqueleto lleno de bichos infectos. Un esqueleto blanco de marfil, y agujereado de tiendas, de bolsas de cartón y de vertederos de comida hecha de cadáveres. Alguna foto he visto de cuando la hiedra y las malvas cubrían ese lugar, lleno de teatros, cafés, cines enormes. No dejaba de ser moda, pero al menos tenía algo de sentido. Muñecos pensantes, y no marionetas como las que recorren la enorme avenida hoy.
Tardé mucho rato en llegar a la tienda, un rincón bonito, lleno de discos descatalogados, fotos de personajes famosos que nos regalaron su inmortalidad (como un sueño que nunca se te acaba de borrar), y bajo la mirada azul de un chico jóven, con unas manos poderosas y una preciosa mueca en la cara, entre sonrisa y grito histérico. Miré discos y discos y discos, y me sorprendí de mi total incultura musical. Por conocer mucho a los macacos no eres el rey de los monos, me dije.
Luego comencé a marearme, al llegar a Callao. No estoy acostumbrada a tantas personas, ni a tantas luces, ni a las sirenas que retumban, ni a que me desequilibren mujeres llenas de bolsas, ni a que me hagan una foto de improviso en papel de niña desesperada y que encima el cazador desaparezca entre las hojas de la inmensa selva. Y sentada aún me mareé más, y pensé que estaba totalmente ida y que me encaminaba a la más estricta locura.
Por fortuna, un amado ser reluciente, me enseñó un útil y fácil truco más próspero que darle a un botón y que la televisión te enseñe su mundo precocinado. Me interné en la garganta gigante de los libros del FNAC. Volví, con un vistazo, a darme cuenta de todo lo que me faltaba por conocer, pues una estantería posiblemente serán los libros que lograré digerir a lo largo de mi vida, pero pronto pude zambullirme en los cuadros nublados de Turner. Calaveras, retratos graciosos, más calaveras, flores y mujeres hermosas... Solté alguna carcajada, pues los artistas suelen estar muy locos y se hacen fotos a ellos mismos muy elocuentemente.
Entonces, rebuscando, vi un libro. Era un manual enorme, no podía sostenerlo así que un chino tuvo que mirarme mal por haber acaparado toda la repisa con los libros que a él le interesaban.
Se llama Heaven to hell, y si la portada ya es una oleada de excitación, el interior me hizo explotar gustosamente. El artista es David Chapelle, vivo aún, y me hizo sentir que no estaba sola, y que si la humanidad estaba evocada a la putrefacción, más de uno se da cuenta. Sus fotos retratan y critican, desde un mundo imaginario que se ha encargado de crear y fotografiar (parece ésa la nueva modalidad de cuadro, y es precisa y genial), pero no te dice que cambies, ni hace que se te desvíen los ojos enfrentándote con la impotencia. A la derecha dejo lo que me condujo a descubrirlo. Sólo puedo decirte que sí, estás loco, pero te das cuenta y eso ya es un logro.
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