martes, 19 de octubre de 2010

Con el alma en los labios, llévatela a donde quieras.

Todo el día ha sido una interminable tarde de nostalgia. Lenta, mareante... Un mar inmenso y vacío. Suelen ser veintiuna o veintidos horas de tarde en este mundo, hasta que por fin el asqueroso sol, que tan sólo arroja luz a éste montón de cosas no dignas de ser vistas, muere, y aparecen las estrellas titilantes. No se ven, pero aparecen.
Mi querido Kurt aparece con ellas, y se va moviendo conforme a la luna hasta que las montañas, las nubes o el sol lo ocultan. Él es un ser precioso, misterioso y aterrador. Él se merece ser contemplado y que le suspiren, ansiando rozar el mar de arena gris que es su cuerpo. Por eso me declaro observadora en constante deleite de sus dunas lejanas y mecidas por el viento. Así de delicioso e inalcanzable es Él, y así me siento yo, engatusada por sus pestañas profundas, y de vez en cuando, horrorizada al notar su mano que me apresa con dulzura.

Aquí una de las maravillas que el ser humano suele crear, y por algunas de ellas deben tener el honor de ser una especie respetable:

Te quiero yo tanto,
que nunca he podido
llegar a explicarme
cuál es la razón.
Parezco el lamento
de un pájaro herido
que busca la sombra
de tu corazón.
Si tú me quisieras
como yo te adoro
el séptimo cielo
sería de los dos.
Por eso a tus plantas
tu cariño imploro,
igual que un milagro
se implora de Dios.
Y al sentir que me quema esta ansiedad febril,
con el alma en los labios te vuelvo a decir;
Si tu me quisieras como yo te quiero,
por toda la vida no habría de quedar amor
para nadie en el mundo entero,
ni sobre la tierra ni abajo del mar.

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