La gente anda, mira, sube, sonríe, habla, salta, grita, frunce el ceño, se estira, bosteza, vuelve a bostezar, observa de reojo, se cae, come gusanitos, se enfada hablando en chino, canta con un uquelele, entra, sale, baja, sujeta el bolso, curiosea las cámaras de televisión...
Subo las escaleras.
El día, es más bien azul, hay alguna nube, y las luces empiezan a sacar la cabeza, aunque en este lugar no se apagan aunque no se necesiten, como tantas otras cosas. Hace un poco de frío, lo normal en otoño, aunque aquí en otoño puedes asfixiarte de calor,y en verano acabar con los huesos mojados si no has tenido demasiada suerte en la vida, y aquí eso es una de las pocas cosas normales en su totalidad.
Bailan mis ojos de un punto a otro, histéricos y ansiosos.
La calle es enorme, una gigantesca ballena con miles de peces serpenteando sobre su espalda y su vientre viscoso. Las burbujas explotan, todos los animalitos en su movimiento cantan una melodía extraña, como muchos pitidos a la vez que por casualidad conforman una melodía chirriante. La ballena te engulle, aunque tampoco te da demasiado miedo, ya que muchos otros seres han sido engullidos y en la panza hay un mundo latiendo a parte del resto del oceano ¿Y a nosotros qué nos importa el mar lleno de algas?
Vuelvo a la realidad.
Cada poco rato ante mis ojos aparece un nuevo personaje entre el resto de miles de personajes. Hace no mucho, Fabián estaba viviendo en... Logroño, pero todos, bueno, no todos, saben lo que es perder a alguien cuya única y no menospreciable herencia fueron una preciosa niña de cuatro años y una despensa considerable de alcohol. El paro, las bebidas incoloras (no por ello agua), la vergüenza y un camionero mas o menos solidario lo trajeron a la ballena. Ahí, acurrucado, acaricia el juguetón gatito gris del que María se apiadó. Sus piececitos, ahora envueltos en unos lanosos y deshilachados calcetines rojos, tampoco entienden por qué están ahí, pero su papá sonríe a veces cuando le tararea las canciones del cuarteto de cuerda que destroza delante de El Corte Inglés.
Hoy tocan el maldito canon de Pachelbel, ese estruendo cursi y repetitivo.
Una historia sucede a otra, y a otra, y a otra, y así constantemente pasan mis horas en Gran Vía, intercaladas por los labios inquietos de alguien lejano, a quien puedo ver dormitando y desafiando a los números con sus bostezos inexistentes. Normalmente me acompaña un zumo de naranja, bastante caro, pero naranja al fin y al cabo, y aquí los colores de la naturaleza tienen ese valor.
Cuatro grandes sorbos y lo tiro a la basura.
Me gusta la Gran Vía, por sus fotos en blanco y negro de hace cien años, por sus dos rockeros que no ganan nada pero que todas las tardes están ahi, charlando con su uniforme y aceptando fotos por limosnas de aire. Me gusta toda la gente que sale corriendo del metro y se para en el café más cercano, para pararse de golpe y luego volver al mundo real, el del tiempo, las tiendas asesinas de teatros y de la señora del metro entonando muy adecuada y metálicamente; Atención.............. estación... en curva.................. Al salir......... tengacuidadodenometerel pie.......................... Entre co...che y...... an..dén.
También son curiosas las chicas con corales encerrados en sus barras de labios, que les dibujan una mueca de apuesta de sol. Son molestos y gritones los ecuatorianos de Compro Oro. Son malas putas las putas de la calle Montera, pues sólo son vulgares, tontas, sin el encanto ni la seducción arrebatadora de las sí buenas y míticas putas, en mi opinión muy respetables. Pero éstas están desesperadas, desgastadas y su pelo no brilla. Son las putas de las estadísticas, no las ocultas, ya que las buenas no necesitan exibición.
Y es hermosa la señora del violín, con su pelo gris perla y su sonrisa de aristócrata rumana. Es misterioso el hombre de la gaita con su bufanda de rallas, que no de cuadros como debería ser, y el chino del instrumento chino serio y solemne. Lo es el punk con su perro famélico, y sus amigos con flautas de escolar no demasiado entusiasmado con la música.
Cosas cosas cosas cosas bombardeandome la cabeza y los ojos ya bastante hinchados.
Voy en el autobús, y le he dado al botón de "parada solicitada" porque a los autobuseros, los desagradables y frustrados hombres que te cobran por meterte en un atasco, les gusta olvidarse de dejarte en cualquier parada con el propósito de llegar antes a algún lugar inexistente de su trayecto circular.
Bajo. He tenido la necesaria (totalmente necesaria) dosis diaria de huída de este lugar aplastante que es Madrid, del que sólo se puede salir en aparatos humeantes o internándote en lo más profundo y caótico del alboroto de su estómago.
Espero verme pronto en ese agobiante lugar. Te quiero.
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