Cae el agua. Levanto los brazos y me contorsiono con un pequeño gemido. Intento respirar, aunque se humedecen los pulmones con las minúsculas gotas. Me atrapan en su musical red de piedrecitas golpeadas. Me agacho con una sedienta sonrisa. ¿Estará solo...? Interrupción.
Una mujer entra en el baño cantando. Se oyen risas de fondo. La voz de una dulce chica se cuela por la rendija de la puerta, rompiendo la sinfonía del agua. Hace unos sonidos curiosos, parece un lobo contemplando la luna. Las demás la imitan. Destrozan la quietud con su perversa risa, puedo imaginarlas mirándose en el espejo. Se sienten bien y comienza el ritual.
Con rapidez salgo de la ducha, no quiero perderme el impresionante espectáculo. Y ahí están, en su despliegue de plumas de colores, engalanadas como hermosos pavos reales. A algunas no las reconozco en un principio. No por su belleza normalmente ausente y ahora inesperada que me mira a través del reflejo. Es por su mueca de placer. La sonrisa deformada en rosa y brillantitos. Los ojos, antes órganos sin más, te retan a adentrarte en la selva de las lianas de sus pestañas negras. Me paralizo ante ellas, y me siento ridícula, en la infinita niñez de la mujer recién salida de la ducha. Les sonrío ¡Qué guapas! Sí, alguien debía decírselo. Si nadie les admira, de nada sirve el disfraz. Así es el ritual, una misterioso baile, cuyo fin, como el de cualquier danza, es el de que su serpenteo sea contemplado.
Me hablan, se hablan, me invitan a adentrarme en el particular caos. Están histéricas, están eufóricas, se dan la vuelta, se miran, se torturan, se besan a sí mismas endulzadas por la fresa de su perfume. El pasillo se convierte en un xilófono martilleado por las agujas de los tacones negros. Entran como abejas en cualquier habitación en busca de alabanza, dejando a su paso la miel de su deliciosa coquetería. Hay varios minutos de completo orden en el desorden, como en el Carnaval del Arlequín de Miró, jamás más apropiada la comparación. Se puede oler lo que tienen en mente hacer esa noche. Es mayor el placer de pensarlo que el de hacerlo.
¡Qué bonita la vanidad femenina! Que ni religión, ni normas, ni estúpidas hipótesis feministas la aplasten nunca. Pero sabemos que eso no ocurrirá. Nos encanta.
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