Una de las razones por las que más adoro mirar e interpretar cuadros es porque un buen artista sabe pintar espejos que reflejen al espectador, sus hondas entrañas. Cada cuadro tiene una sola razón por la que pintada, un sólo propósito. Puedes ver miles, ninguna cierta. Puedes ver lascivia, los siete pecados capitales juntos, el amor maternal de las tiernas hembras, el valor del guerrero en cualquier color o forma de nube singular... Todo está tan impregnado de historia, de secretos, de instantes, de confesiones... Ahí está lo que me conmueve del arte, y por el que espero entregar mi vida entera en su dedicación. Su superioridad, sobre algunas otras artes en mi corazón, por la dificultad que conlleva atrapar un todo en un lienzo inamovible, inalterable por los siglos de los siglos. Lo que nos intentan regalar. La verdad de alguien a quien no hemos jamás conocido. Son tan hermosos.
Lo que más suelo ver en los cuadros es lascivia. Es sexualidad en forma de mujer ondulante. Pecadora. Natural. Hermoso pájaro de colores encerrado en una jaula de oro, en su cuerpo de plata. Me da lástima Venus saliendo del mar. La virgen María de cabellos rizados y rubios derramándose por su frente compungida de dolor. La presión de las medias, los corsés, los enormes faldones sujetando los cuerpecillos de aquellas bellezas ya podridas envueltas en la oscuridad del lienzo para que su rostro sereno y artificial sobresalga entre las tinieblas de acuarela.
Siento una inquietud visceral, parece que hasta los pulmones desean salir y saltar y olvidarse de que me pertenecen. No quiero que nada me pertenezca, sentir esa responsabilidad. No me gusta pertenecer a nadie. No quiero pasados mañana. Odio atarme, sacrificar mis risas en un engaño, en disfraces de no dañar a nadie. Necesito encontrar el norte, el sur, lo que sea. Es importante para mi bienestar el saber cuál es el equilibrio de las cosas, cómo darlo para que hacer feliz a los demás no me haga infeliz.
Tantas cosas en las que debo crecer.