La biblioteca estaba en una penumbra anaranjada, de lámparas de forro desgastado sujetas por brazos de hierro a las paredes de piedra. El exterior casi no existía, en la continua foto en blanco y negro que es el invierno de Escocia. La humedad le traspasaba el jersey de cuadros rojos, y ondulaba las hojas del manual, convirtiéndolo en un prado de nieve tintado por las huellas de algún niño madrugador. Llevaba muchas horas mirándolo, acariciando a cada rato la historia que se deslizaba entre sus dedos. De vez en cuando alguien pasaba, con pasos arrastrados y acolchados, deshaciendo el aire congelado de su alrededor. Las estanterías agolpadas a su alrededor, el tenue color verdoso colándose por los vídrios medievales de las profundas ventanas. Tenía la nariz congelada y se revolvió el pelo, oscuro y revoltoso, cada vez más largo, que esperaba a sus blancos dedos , como sólo ellos sabían ararlo...Cerró el libro, y sóno como un alud entre ese montón de narradores muertos de papel que lo rodeaban. Sacó el diario de la mochila, completamente llena de botes acartanados vacíos de café. Hacía un año, cuatro meses y tres días que sólo le escribía cartas a ella en el cuadernito rojo. Los tres primeros meses los pasaba a papel con la hermosa pluma que ella le había regalado. Después recorría tres kilómetros en su bicicleta embarrada, entre campos como esmeraldas cubiertas de lluvia. Al final le entregaba al señor McKiinney el sobre, que lo recibía con un"¿otra más little sir?". Tras ese día, aunque sabía que era imposible recibir la carta de contestación al siguiente, volvía a recorrer el camino al salir de la universidad, con una ansiosa pregunta dibujada entre las cejas. Tan sólo una carta fue suficiente para destrozar ese ritual. Maldición.
Al abrir el diario encontró como marcapáginas, la foto en la que ella sonreía al cielo estrellado tumbada en la hierba de verano. Ya estaba desgastada, aunque era un tesoro, y cuantas más arrugas, lágrimas secas y roturas pegadas con celo escondía, más valiosa era. Al final de las páginas estaba la foto de cuando era pequeña, seguida por la de su viaje a Praga con chocolate en la nariz, pegada a ésta la que la atrapó desprevenida llorando con La Sirenita. La cualquiera de un día cualquiera que no recordaba, pero en la que reían y se miraban enamorados, era la última.
Él se encogió de repente, en su minúscula pecera lluviosa. Se metió las fotos en los bolsillos, el diario en el bolsillo del pecho. Cogió la pulsera roja que le colgaba en el monedero y la llave pequeñita que le dio como símbolo de que quería que vivieran juntos cuando él volviera de terminar el doctorado. Arrancó de su cabeza el olor de su pelo recién lavado, las imágenes del cuerpo lleno de dunas sobre el desierto en el que se convertía la cama, nada más ella se iba a leer al salón. Se metió el libro, que ésta le regaló nada más conocerse, en el bolsillo delantero del pantalón. Dejó la mochila, el gorro, y todo aquello que no representaba nada para él sobre la mesa de madera crugiente de la oscura biblioteca.
Gertrude, la ayudante de la esmirriada Miss Rose Marie, lo miró extrañada cuando salía a todo correr por la centenaria puerta, pues la dejó abierta, de manera que entraba el río formado por el chaparrón que desde hacía varios días se derramaba sobre la región.
Sus ojos verdes lo siguieron desde el rincón. Detuvo varios segundos la respiración.
Él corría, sin parar. Se tropezaba, caía en el suelo embarrado, se les raspaban las palmas de las manos y las rodillas del pantalón. La ropa le pesaba más que si tuviera los bolsillos todos llenos de piedras, a causa de la lluvia. Algún coche que pasó le cegó y le pitó, en verdad era un pobre loco corriendo bajo la lluvia.
Al llegar al acantilado tardó unos segundos en asomarse para mirar lo que iba a ser su particular tumba de espuma. Sintió un ligero terror, un dolor anticipado. Pero qué era eso comparado con su oscuridad perpetua, sus cartas mojadas, sus libros pesados aplastando la mesa.
No estaba. No iba a volver. No le esperaba. No habría niños correteando ni perros ladrando en la peluda alfombra de la entrada. Sus asquerosas pestañas no se cerraban bajo él. Lo hacían bajo otro, rodeándolo en su profundidad negra. Zorra. Estúpido. Joder.
- Lorenzo...
Gertrude sujetaba la bicicleta roja bajo la lluvia, y los mechones naranjas escondían su cara. Lo dijo con ese acento tipo Louenzoh tan gracioso. La chica que ayudaba a la ímbécil de la bibliotecaria. Qué demonios hacía allí.
A Gertrude le tiritaban los labios, no de frió. Los ojos se le enrojecían en explosiones de venas, conteniendo como una presa el mar de lágrimas. Dejó caer la bicicleta con suavidad en la moqueta verde que cubre Escocia.
"No puedes dejarme aquí"- sollozó con un grito mudo la joven. "Oh God... No te vayas. I need you"
Se le escurrió un gemido entre los dientes. Los rugidos del mar a las rocas parecieron callar.
Él giró la cabeza. Y la observó, asustada como una virgen doliente andaluza. Con sus manos en garra colgando. Los labios en mueca lastímera y un susurro que luchaba por escapar de la carcel que Gertrude llevaba días fabricando, ahí en los rincones de su particular palacio de papel amarillento.
Y Lorenzo se echó a reir.
Cuánto le apetecía una cerveza caliente, estar desnudo en el sofá de esa chica con los muelles clavándose en su espalda. Escuchar la música celta que a veces rompía la fragilidad del silencio de la biblioteca, desde los discretos cascos de Gertrude. Ven, Gertrude. Podríamos comprar un hermoso gatito de color canela.
Lo más importante es que sus ropas estaría dando contra las rocas de los acantilados, como lastímeras tablas a las que se intentarían agarrar los recuerdos en los bolsillos guardados. No tardarían mucho en ahogarse. Vosotros sois los que os tenéis que desnucar contra los colmillos de los acantilados.


