lunes, 27 de diciembre de 2010

No puedo pedir, y no dar, aunque no sea al mismo nivel

La biblioteca estaba en una penumbra anaranjada, de lámparas de forro desgastado sujetas por brazos de hierro a las paredes de piedra. El exterior casi no existía, en la continua foto en blanco y negro que es el invierno de Escocia. La humedad le traspasaba el jersey de cuadros rojos, y ondulaba las hojas del manual, convirtiéndolo en un prado de nieve tintado por las huellas de algún niño madrugador. Llevaba muchas horas mirándolo, acariciando a cada rato la historia que se deslizaba entre sus dedos. De vez en cuando alguien pasaba, con pasos arrastrados y acolchados, deshaciendo el aire congelado de su alrededor. Las estanterías agolpadas a su alrededor, el tenue color verdoso colándose por los vídrios medievales de las profundas ventanas. Tenía la nariz congelada y se revolvió el pelo, oscuro y revoltoso, cada vez más largo, que esperaba a sus blancos dedos , como sólo ellos sabían ararlo...
Cerró el libro, y sóno como un alud entre ese montón de narradores muertos de papel que lo rodeaban. Sacó el diario de la mochila, completamente llena de botes acartanados vacíos de café. Hacía un año, cuatro meses y tres días que sólo le escribía cartas a ella en el cuadernito rojo. Los tres primeros meses los pasaba a papel con la hermosa pluma que ella le había regalado. Después recorría tres kilómetros en su bicicleta embarrada, entre campos como esmeraldas cubiertas de lluvia. Al final le entregaba al señor McKiinney el sobre, que lo recibía con un"¿otra más little sir?". Tras ese día, aunque sabía que era imposible recibir la carta de contestación al siguiente, volvía a recorrer el camino al salir de la universidad, con una ansiosa pregunta dibujada entre las cejas. Tan sólo una carta fue suficiente para destrozar ese ritual. Maldición.

Al abrir el diario encontró como marcapáginas, la foto en la que ella sonreía al cielo estrellado tumbada en la hierba de verano. Ya estaba desgastada, aunque era un tesoro, y cuantas más arrugas, lágrimas secas y roturas pegadas con celo escondía, más valiosa era. Al final de las páginas estaba la foto de cuando era pequeña, seguida por la de su viaje a Praga con chocolate en la nariz, pegada a ésta la que la atrapó desprevenida llorando con La Sirenita. La cualquiera de un día cualquiera que no recordaba, pero en la que reían y se miraban enamorados, era la última.

Él se encogió de repente, en su minúscula pecera lluviosa. Se metió las fotos en los bolsillos, el diario en el bolsillo del pecho. Cogió la pulsera roja que le colgaba en el monedero y la llave pequeñita que le dio como símbolo de que quería que vivieran juntos cuando él volviera de terminar el doctorado. Arrancó de su cabeza el olor de su pelo recién lavado, las imágenes del cuerpo lleno de dunas sobre el desierto en el que se convertía la cama, nada más ella se iba a leer al salón. Se metió el libro, que ésta le regaló nada más conocerse, en el bolsillo delantero del pantalón. Dejó la mochila, el gorro, y todo aquello que no representaba nada para él sobre la mesa de madera crugiente de la oscura biblioteca.

Gertrude, la ayudante de la esmirriada Miss Rose Marie, lo miró extrañada cuando salía a todo correr por la centenaria puerta, pues la dejó abierta, de manera que entraba el río formado por el chaparrón que desde hacía varios días se derramaba sobre la región.

Sus ojos verdes lo siguieron desde el rincón. Detuvo varios segundos la respiración.

Él corría, sin parar. Se tropezaba, caía en el suelo embarrado, se les raspaban las palmas de las manos y las rodillas del pantalón. La ropa le pesaba más que si tuviera los bolsillos todos llenos de piedras, a causa de la lluvia. Algún coche que pasó le cegó y le pitó, en verdad era un pobre loco corriendo bajo la lluvia.

Al llegar al acantilado tardó unos segundos en asomarse para mirar lo que iba a ser su particular tumba de espuma. Sintió un ligero terror, un dolor anticipado. Pero qué era eso comparado con su oscuridad perpetua, sus cartas mojadas, sus libros pesados aplastando la mesa.

No estaba. No iba a volver. No le esperaba. No habría niños correteando ni perros ladrando en la peluda alfombra de la entrada. Sus asquerosas pestañas no se cerraban bajo él. Lo hacían bajo otro, rodeándolo en su profundidad negra. Zorra. Estúpido. Joder.

- Lorenzo...

Gertrude sujetaba la bicicleta roja bajo la lluvia, y los mechones naranjas escondían su cara. Lo dijo con ese acento tipo Louenzoh tan gracioso. La chica que ayudaba a la ímbécil de la bibliotecaria. Qué demonios hacía allí.

A Gertrude le tiritaban los labios, no de frió. Los ojos se le enrojecían en explosiones de venas, conteniendo como una presa el mar de lágrimas. Dejó caer la bicicleta con suavidad en la moqueta verde que cubre Escocia.

"No puedes dejarme aquí"- sollozó con un grito mudo la joven. "Oh God... No te vayas. I need you"

Se le escurrió un gemido entre los dientes. Los rugidos del mar a las rocas parecieron callar.

Él giró la cabeza. Y la observó, asustada como una virgen doliente andaluza. Con sus manos en garra colgando. Los labios en mueca lastímera y un susurro que luchaba por escapar de la carcel que Gertrude llevaba días fabricando, ahí en los rincones de su particular palacio de papel amarillento.

Y Lorenzo se echó a reir.

Cuánto le apetecía una cerveza caliente, estar desnudo en el sofá de esa chica con los muelles clavándose en su espalda. Escuchar la música celta que a veces rompía la fragilidad del silencio de la biblioteca, desde los discretos cascos de Gertrude. Ven, Gertrude. Podríamos comprar un hermoso gatito de color canela.

Lo más importante es que sus ropas estaría dando contra las rocas de los acantilados, como lastímeras tablas a las que se intentarían agarrar los recuerdos en los bolsillos guardados. No tardarían mucho en ahogarse. Vosotros sois los que os tenéis que desnucar contra los colmillos de los acantilados.


viernes, 24 de diciembre de 2010

Propósitos ajustados a las 365 veces que el sol nos alumbra

Hoy, -cn un dolor de cabeza desternillante, un consolador en el bolso, sabor a emociones encontradas en la boca, los pies quejándose con agonía, muchos besos que nunca me merezco en la piel, y uno de los mejores polvos de cualquier relación (en el que aún hay lágrimas irritadas que chillan en las mejillas) caliente entre las piernas- es el mejor momento para escribir los propósitos del nuevo año. Sí, me gustan esos propósitos, esforzarme por cumplirlos y pedir un deseo con el último lacasito (las uvas me dan repulsión). Desde hace dos años sólo pido uno, muy sencillo y de tres palabras. Poco a poco va funcionando, tal vez es acumulativo año tras año.
Queda un año entero para cumplirlos:
- Tocar el violín en un grupo de música.
- Hacer más pintura y cosas manuales. Carteras, pulseras, llaveros... Podré regarlarselos a las personas que más adelante voy a prometer cuidar más.
- Aprender más inglés y francés.
- Estudiar historia del arte en..
- Pensar dónde estudiar historia del arte.
- Aprender de una puñetera vez a coser.
- Cuidar más a mis amigas. Llamarlas o hablar con ellas todas las semanas. Llamarlas cuando llegue a Huesca. Contarles más mis cosas.
- Dejar que me crezca el pelo mucho.
- Aprender a bailar.
- No gritar nunca a Chor.
- Llamar a Chor todos los días.
- Escribirle algo todos los días, abrazarle y escucharle mucho más. Regalarle muchas cosas.
- Dormir más y comer mejor.
- Dejar de morderme las uñas.
- Ampliar mi cultura musical.
- Viajar mucho.

Bien, tal vez de momento ya está. Iré agregando algo hasta que acabe el año. Dejaros de no navidad antisistema y proponeros cosas, cojones. Es divertido hacer cosas.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Conjunto

En los genes está todo programado como base para lo que podemos ser. Las bases no se pueden cambiar. Los genotipos, tus fenotipos, la adaptación, la supervivencia de la especie, Darwing, naturaleza, competencia, determinación, nosotros, vosotros, todos.
Lo demás, ambiente.
No me lo creo.
No puedo pensar que alguien es como es y depende de lo que en el encuentre en su mundo será más hacia un lado o hacia otro.
Decidme, de donde ha salido una persona como él, de qué mono sacó sus orejas, que artista le metió en la cabeza el don de las letras, que bacteria participó en que tuviera esa preciosa nariz, esas manos, la piel aterciopelada, morena y dura, los pies más bien pequeños, y las ojeras enormes y moradas. De los genes, de la evolución, probabilidades, azar.
No os escondáis detrás del azar. Reconoced lagunas, reconoced que no lo sabéis, no es tan grave.
No es cuestión de evolución un simple tamborileo con un hueso y una piedra. No es azar que luego se repitiera en un montón de lugares más y que todos lo aprecieran. No que nos embriague de esa manera, que la inventemos, que la entrelacemos, que un pájaro cante dentro de una jaula si sabe que a nadie va a alertar ni a nadie debe fecundar. Que lo imitemos, que lo amemos.
No es superación, de algún lugar salió todo esto. Algo que no podéis alcanzar, lo sentimos. Vuestro Dios genético es una mierda como una catedral y no existe, no está por encima de los otros dioses que surgen del mismo concepto de creador, controlador, principio y fin de todo.

Ayer pensé en lo guai que hubiera sido conocer a Jesús. Para comprobar si no venía del apocalipsis futuro, en una última oportunidad de viajar en el tiempo para cambiar el mundo. Si era un psicópata. Si era la persona más inteligente que jamás ha existido y si era consciente de lo que iba a conseguir con su obra de teatro en vida.
Tengo un gran respeto por aquellas personas que cambiaron de tal manera el mundo. Me pregunto cómo una persona que nace exáctamente igual que los demás, con un óvulo y un espermatozoide, llenos de sangre y líquido que no les deja respirar en la boca. También crecieron, seguramente saltaron por las hierbas, se asustaron con los vampiros, comieron patatas asadas. ¿Qué puede hacerte algo tan semejantemente parecido a un Dios? Cambiarlo todo. Construir una historia a partir de tus puñeteras palabras. Vaya, me pregunto si deben ser conscientes de la clase de criaturas que son.
Que eso ocurra no está en tu mierda de dioses genéticos.

martes, 14 de diciembre de 2010

La ley de hacer lo que te da la gana


Bajo esa ley, si te hallas, confundido te sientes.

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pues tanta información cierta y cierta hay que los cuentos son de mentira, las historias son de mentira, las vidas son de mentira. Todas estas cosas son pura verdad.

¡Eh, que no se os cree! Y sí, y no. Que os den. No quiero convenceros.

¿Qué puedes hacer tú para cambair el mundo? ¡Una mierda! ¡Nada! Nadie te escucha, no eres nadie. No todo el mundo te creerá. De hecho, nunca serás verdad, ya te aplastarán. Tarde o temprano. Con un poco de suerte ya estarás muerto, y te evitarán tener que reconstruir tu mierda de vida, de creencias y todas esas cosas tan humanas. Le pasarás la mierda a los demás.

Sí, tal vez esa sea la solución.

Suelta el aliento justo antes de morir, para que a nadie le de tiempo de llevarte la contraria.

Y el resto que había antes... Vivido queda sin que nada pueda hacer dudar de su veracidad.


Bien, momentos de histeria social.

Tengo fiebre. No, no la tengo, pero los cereales estaban asquerosos. No volveré a comprar nada con pinta de comida para periquitos. Me importa una mierda desnutrirme, y que no tenga cubiertas ni mis proteinas, ni mi fibra, ni mi vitamina c, ni mi calcio, ni el patético potasio, ni ninguna de esas estúpidas cosas que suenan a bacterias verdes. No me importa, cojones.

Elisa, el Mío Cid sí que es un jodido Romance, y bastante majo. Te gustaría porque te molan las princesas y esas cosas, y algo parecido se cuenta ahí.

Mamá. No. No puedo esperar ¡No puedo esperar! Necesito una de tus oportunas voladuras de cara que me iban tan bien de pequeña. No entiendo por qué dejaste de dármelas siempre y cuando fuera necesario.

Cariño, tú. Guapo. Precioso sol rojo. Ríete de este asco de palabras sin sentido. Vámonos ¡Vámonos ya! Cojamos una habitación y alejémonos de aquí, de todo este humo, de personas gritando, de papel llenos de tinta. Sólo nosotros podemos construir verdades verdaderas, con los ojos naranjas, y sin necesidad de intentar convencer a nadie de que estamos en lo cierto. Tú eres la verdad.

La verdad es que estoy un poco loca.

viernes, 10 de diciembre de 2010

jejeje


aigh Courtney, eres un bebé.

¿Naciste a destiempo o en el momento oportuno para llegar a ser lo que eres?

Bonita.

Me haces mucha gracia. Pero una gracia llena de cariño. Tal vez compasión. Un poquito de pena... Pareces tan perdida.

¿Sabes quién eres? ¿Sabes a dónde vas? ¿Sabes por qué te pintas el pelo de colores y te resaltas la sonrisa? Se notan en los mares de tus ojos miles de torbellinos y de oleaje histérico, por mucho que intentes tapar tus oídos al recuerdo. ¡Qué tristes son tus ojitos! Lo mismo te decía él.

¿Pero quién acabó con quien? Su vida acabó con facilidad y te condenó a la muerte a ti. Lenta y ahogada. Cuando te pinchas sobre la cama aún puedes notar sus brazos rodeándote. Y sólo tienes un lastimoso pensamiento al despertarte varias horas después con el maquillaje recorrido por las lágrimas.

Hijo de puta.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Llueve


y me voy a la ducha.

Hay una quietud extraña. Sospechosa. Muerta.

Se oyen pasos al otro lado de la pared, atenuados, como sobre una alfombra de polvo. Ni siquiera en la respiración del bosque se oyen menos sonidos que ahora mismo. Al menos ahí las empapadas hojas de colores suspiran. Los pájaros invisibles te asustan. El viento te mira entre cada rama extrañado, y parpadea entre las agujas de los pinos y abetos.

Pero aquí no hay nada.

Un murmullo imperceptible ronronea en mi cabeza, como una máquina inquieta quemando y almacenando lo que ve, lo que vio, lo que verá. El monstruo de mi cabeza no entiende de tiempo. Hoy no es hoy ni ayer fue otro día.

La cama ruge al tumbarme con suavidad sobre ella. Le duelen los muelles, y hoy se oyen los gemidos más, como se oyen más en mi ojos todas las imágenes vividas, que distingo de lo real por un ligero coloreamiento azulado casi malva. Un color hielo lleno de témpanos, tiriteos y dedos meñiques amoratados.

Los delfines de la lámpara dan vueltas y se dibujan en la pared. Las formas se reflejan en el techo, como un remolino irregular que gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira...

Gira

Voy a ducharme. La lluvia se lo lleva todo. Quedaré limpia de nostalgia.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ahora estoy en el limbo

Un limbo nublado y silencioso.
El cielo me abandonó hace dos horas y unos 40-50 minutos. El infierno tardará en acribillarme unas pocas aún.
No puedo evitar sentirme desdichada. Me parece muy injusto que me hagan esto ahora. Cojones. Yo quería irme. Quería irme lejos, lo suficiente para ser yo, o al menos para encontrar lo que se supone que debería ser. Y lo hice. Me fui lejos de mi cuna, de este útero blandito, templado y mecedor, como el lago durmiente. Necesitaba hacerlo. Aquí se estaba demasiado bien como para poder ser yo misma, de alguna manera... buscaba el real dolor de vivir.
Y parece que lo he conseguido. Ya sé quien me habita. No quiero decir que pueda controlarlo ¡ni mucho menos! un astrólogo se sabe todas las estrellitas, galaxias, mundos amarranados y demás cosillas químicas que hay en todos ellos ¿pero qué puede hacer ante su inmensidad? pero saber que existen es más que suficiente.
Pero tú. Tú siempre eres el pero, eres el y, eres el aunque, eres el también cómo, cuándo y porqué. Tú eres el aromático pasado, eres el alentador futuro, eres el impregnado presente en constante apuro. Pasado, presente y futuro no es una sola suma de partes. Eres tú. Eres un todo. Eres las conexiones entre ellas. Eres el que coge las piezas rotas del jarrón y las coloca en su precioso orden de porcelana.
No puedes hacerte una idea de lo que aprecio la vida gracias a ti, a que un día aparecieras, con tu boquita llena de dientes y rodeada de labios amoratados. Maldición. Creo que es lo más hermoso que puedo decirte. Todo brilla por ti. Incluso lo malo tiene un verdadero significado. No puedo atribuirme ningún mérito en mi existencia desde que apareciste, pues sólo desde entonces soy capaz de sentir con claridad. Ahora puedo mirarme en un espejo y saber que esa es mi imagen, sé que estoy en Madrid para estudiar, para ver cosas, para hacerles fotos y luego enseñártelas, para hablar y comer asquerosidades con pimentón con gente extrañísima a la que ya me importa un bledo escojonarme en su cara pues sé qué clases de personas son relaciones y cuales son mamonadas sociales. Por ti sé lo que quiero hacer en un futuro, me atrevo a atreverme, me atrevo a pensar en él, que ya es suficiente teniendo en cuenta que antes hasta el presente, y más aún el pasado, me atormentaban. ?Cómo cojones no iba a amedrentrarme con la simple idea del mañana? No podía ser mejor que hoy.
Pero hoy siempre es bueno, tú estás a un tiempo de mí, haciendo todas esas cositas en silencio, y volveré a verte, y volveré a suspirar por las noches antes de irme a dormir pensando en tus manos, en el calor de tu pecho como estufa en nuestra casa.
Kurt, ojalá pronto leas esto, pues así podras hacerte una idea de lo mucho que puedes hacer en un universo entero, pues el mío gira en torno a tus órbitas anaranjadas. Hasta pronto.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

En los bosques


Ayer estuvimos recordando con Elisa nuestros juegos de pequeñas, como cualquier par de personas hace cuando empiezan a interesarse la una por la otra. Se contruye desde la base. Y pensé en lo triste de mi base, así cualquier torre sale desmoronada y ondulante.
Mi más favorito pasatiempo era hablar con los animales. Tenía un precioso perro llamado Casimiro, ahora el pobre totalmente reumático y abuelito, y un perro llamado Kuki, al que un jabalí le había arrancado los testículos cuando era pequeñito, no matándolo de milagro, pero se quedó medio estúpido y miedoso, aunque en verdad era muy listo, y recogía todo lo que el aventurero y fogoso Casimiro dejaba por descuido a su paso. Ellos eran mis compañeros fieles, y aunque se iban a veces a perseguir conejos, dejándome sola en mitad del bosque (un temible y oscuro, aunque emocionante, lugar de descubrimientos). Esperaba encogida en el suelo, en ocasiones llorando, hasta que Casimiro volvía, dándome con el hocico en la mano, para que le acariciara. Como estaba enfadada con él, le gritaba, y lloraba, incluso le pegué alguna vez si estaba muy oscuro alrededor y había pasado desmesurado miedo. Pero pronto proseguíamos, agarrados, nuestro camino. Agarrados, porque al intentar sentarme sobre él, queriendo ser como Mowgli en versión pirenaica, se sentaba indignado y se negaba a ser un caballo de carga. Algo totalmente comprensible.
Otros animales a los que hablaba eran a los peces, sobretodo en verano, porque estaba convencida de que uno de ellos, por lo menos, debía ser un bebé sirena, y ningún deseo más grande en el mundo había para mí que el de convertirme en sirena. Ser una sirena, un hada, un lobo o, un poco más mayor, a los 9 años, ser bruja y que se me llevaran de ese asqueroso lugar para enseñarme magia. Me gustaba imaginarme que era una sirena, incluso nadaba como ellas para que surtiera algún efecto en mis piernas y que se convirtieran en una hermosa cola plateada. Para ser un hada iba por los bosques y me colgaba de los árboles, mirando el horizonte y cantando "cantos elfos" para que vinieran a por mí, o para alertar a veces, cuando pensaba que había una guerra de las hadas contra los leones y buitres. Esa era la explicación al por qué no venían ya a buscarme. Ante mis ojos, en una explanada que se llama "La corona" siempre llena de flores y de arbustos cortantes, a los cuales odiaba con todas mis fuerzas, se extendían millones de hadas, con sus reyes hadas en primera fila montados en unicornios y lobos alados, en frente de los asquerosos buitres putrefactos. Lo puedo recordar con claridad, como si de verdad hubiera tenido el honor de presenciar semejante disputa mágica.
El ser bruja ya fue más tarde, pero la azotea de Villobas estaba llena de mis artefactos. Calderos (cubos de los que tenía que tirar el trigo, robados a mi desesperada abuela), una preciosa cuchara-varita mágica que me había fabricado mi padre con un tronco muerto, un montón de telas (una a la que le tenía especial cariño, plateada, con gatitos y búhos, que yaya convirtió en un hermoso traje de gala de bruja digna de Rapel), y unos zapatos, que igual tienen 200 años, de madera y utilizados por mis ancestros para segar, en aquellos tiempos en los que se iba descalzo, que eran mis platos para beber leche transparente de bruja. Tengo cientos de dibujos retratando lo que ansiaba ser, una cría con el pelo blanco lleno de estrellitas, rodeada de los que iban a ser mis amigos del colegio de magos en Francia.
Tras unos años descubrí que nunca tendría el pelo de colorines, ni purpurina en la piel, ni alas llenas de plumas, ni una cola de mono que me sirviera para coger cosas y con pendientes de aros como los piratas. Ni sería nunca la niña que dibujaba dentro de una detallada casa hecha en el interior del tronco de un árbol tropical, cuando todo el mundo muriera y sólo quedaran 2 o 3 niños más con los que sobrevivir libres. Nunca las ovejas me entenderían cuando las imitara con ese sonido tan estúpido que hacían, porque si me miraban o se acercaban, no era porque lo estuviera haciendo bien, sino porque estaban alerta por si ese bicho minúsculo y lleno de lana de colores encima les atacaba. Nunca podría ser nada de eso. Se esfumó, aunque la frustración sigue en mi corazón cada vez que recuerdo las lágrimas que derramé en la rama de un árbol de detrás de la casa, seco desde hace varios años. Quizás el día que más lloré fue aquel cuando rompí, a causa de mi peso, mi rama favorita. Respiré ansiosamente intentando vendarlo, y me di cuenta de que le había roto su "mano". Era un asesina, asesina sin perdón. Y encima una gorda (como Cristian me decía sin comprender yo porque), sino no lo habría roto. En mi cabeza no cabía la palabra crecer, desarrollo que conlleva aumento de masa corporal. Aún no era el momento. Tenían que venir a buscarme, no podía ser, simplemente, así.
Ya han pasado quizás 8 años desde la última vez en la que tuve fé en ser algo. Ahora todo está apestado por el propio olor de la imaginación. Nunca llegaré a nada, pues si no, hubieran venido a por mí, y aquí sigo, mirando el cielo, muy distinto al de entonces, pero, al fin y al cabo, el mismo cielo.