miércoles, 1 de diciembre de 2010

En los bosques


Ayer estuvimos recordando con Elisa nuestros juegos de pequeñas, como cualquier par de personas hace cuando empiezan a interesarse la una por la otra. Se contruye desde la base. Y pensé en lo triste de mi base, así cualquier torre sale desmoronada y ondulante.
Mi más favorito pasatiempo era hablar con los animales. Tenía un precioso perro llamado Casimiro, ahora el pobre totalmente reumático y abuelito, y un perro llamado Kuki, al que un jabalí le había arrancado los testículos cuando era pequeñito, no matándolo de milagro, pero se quedó medio estúpido y miedoso, aunque en verdad era muy listo, y recogía todo lo que el aventurero y fogoso Casimiro dejaba por descuido a su paso. Ellos eran mis compañeros fieles, y aunque se iban a veces a perseguir conejos, dejándome sola en mitad del bosque (un temible y oscuro, aunque emocionante, lugar de descubrimientos). Esperaba encogida en el suelo, en ocasiones llorando, hasta que Casimiro volvía, dándome con el hocico en la mano, para que le acariciara. Como estaba enfadada con él, le gritaba, y lloraba, incluso le pegué alguna vez si estaba muy oscuro alrededor y había pasado desmesurado miedo. Pero pronto proseguíamos, agarrados, nuestro camino. Agarrados, porque al intentar sentarme sobre él, queriendo ser como Mowgli en versión pirenaica, se sentaba indignado y se negaba a ser un caballo de carga. Algo totalmente comprensible.
Otros animales a los que hablaba eran a los peces, sobretodo en verano, porque estaba convencida de que uno de ellos, por lo menos, debía ser un bebé sirena, y ningún deseo más grande en el mundo había para mí que el de convertirme en sirena. Ser una sirena, un hada, un lobo o, un poco más mayor, a los 9 años, ser bruja y que se me llevaran de ese asqueroso lugar para enseñarme magia. Me gustaba imaginarme que era una sirena, incluso nadaba como ellas para que surtiera algún efecto en mis piernas y que se convirtieran en una hermosa cola plateada. Para ser un hada iba por los bosques y me colgaba de los árboles, mirando el horizonte y cantando "cantos elfos" para que vinieran a por mí, o para alertar a veces, cuando pensaba que había una guerra de las hadas contra los leones y buitres. Esa era la explicación al por qué no venían ya a buscarme. Ante mis ojos, en una explanada que se llama "La corona" siempre llena de flores y de arbustos cortantes, a los cuales odiaba con todas mis fuerzas, se extendían millones de hadas, con sus reyes hadas en primera fila montados en unicornios y lobos alados, en frente de los asquerosos buitres putrefactos. Lo puedo recordar con claridad, como si de verdad hubiera tenido el honor de presenciar semejante disputa mágica.
El ser bruja ya fue más tarde, pero la azotea de Villobas estaba llena de mis artefactos. Calderos (cubos de los que tenía que tirar el trigo, robados a mi desesperada abuela), una preciosa cuchara-varita mágica que me había fabricado mi padre con un tronco muerto, un montón de telas (una a la que le tenía especial cariño, plateada, con gatitos y búhos, que yaya convirtió en un hermoso traje de gala de bruja digna de Rapel), y unos zapatos, que igual tienen 200 años, de madera y utilizados por mis ancestros para segar, en aquellos tiempos en los que se iba descalzo, que eran mis platos para beber leche transparente de bruja. Tengo cientos de dibujos retratando lo que ansiaba ser, una cría con el pelo blanco lleno de estrellitas, rodeada de los que iban a ser mis amigos del colegio de magos en Francia.
Tras unos años descubrí que nunca tendría el pelo de colorines, ni purpurina en la piel, ni alas llenas de plumas, ni una cola de mono que me sirviera para coger cosas y con pendientes de aros como los piratas. Ni sería nunca la niña que dibujaba dentro de una detallada casa hecha en el interior del tronco de un árbol tropical, cuando todo el mundo muriera y sólo quedaran 2 o 3 niños más con los que sobrevivir libres. Nunca las ovejas me entenderían cuando las imitara con ese sonido tan estúpido que hacían, porque si me miraban o se acercaban, no era porque lo estuviera haciendo bien, sino porque estaban alerta por si ese bicho minúsculo y lleno de lana de colores encima les atacaba. Nunca podría ser nada de eso. Se esfumó, aunque la frustración sigue en mi corazón cada vez que recuerdo las lágrimas que derramé en la rama de un árbol de detrás de la casa, seco desde hace varios años. Quizás el día que más lloré fue aquel cuando rompí, a causa de mi peso, mi rama favorita. Respiré ansiosamente intentando vendarlo, y me di cuenta de que le había roto su "mano". Era un asesina, asesina sin perdón. Y encima una gorda (como Cristian me decía sin comprender yo porque), sino no lo habría roto. En mi cabeza no cabía la palabra crecer, desarrollo que conlleva aumento de masa corporal. Aún no era el momento. Tenían que venir a buscarme, no podía ser, simplemente, así.
Ya han pasado quizás 8 años desde la última vez en la que tuve fé en ser algo. Ahora todo está apestado por el propio olor de la imaginación. Nunca llegaré a nada, pues si no, hubieran venido a por mí, y aquí sigo, mirando el cielo, muy distinto al de entonces, pero, al fin y al cabo, el mismo cielo.

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