Nuestra relación había comenzado ese mismo año, unas semanas antes de que se fuera a pasar el verano fuera de los libros y demás muertos que la envolvían en su venerado despacho de la universidad. Yo, ilusionado, más de lo que era consciente que me podía emocionar según sus miradas, le llamé con rigurosa devoción cada día, cada noche, a las 9 y media en punto, cuando terminaba de ducharse tras su paseo en bicicleta. Todo iba tranquilamente bien, y yo me alegraba de conservarla, desde lo lejos, como la casa que dejas cuando te vas de vacaciones, vuelves, y todo está siniestramente igual. Ella me contaba sus días, sus helados, sus estrellas fugaces, y sus días en la piscina. Podía imaginármela cruzando el campo amarillo y violáceo con la bicicleta. También la soñaba en bañador, que tapaba el cuerpo que recordaba cada mañana al despertar. La veía somnolienta, estirándose en el cesped mientras miraba el cielo estrellado con un torrente de gotas de tinta blanca derramado, formando lunas, constelaciones, planetas y sueños inventados. A quien no podía imaginármelo era a él, Lorenzo, su mejor amigo, su "compañero vital", como una vez le había llamado ella, en un momento de éxtasis de recuerdos. A él procuraba excluirlo de estas visiones...
Nuestra rutina, sin casi percibirlo, iba goteando por una invisible grieta de la burbuja. Un día, se retrasaba en el metro y me cogía, tras varios intentos, las llamadas, diciéndome que se había levantado con retraso y cogería un taxi. Los libros le absorbían de tal manera que no sólo rechazaba los pequeños descansos en la cafetería conmigo y sus otros compañeros, sino que ni siquiera tocaba el capuccino que con cariño depositaba en su caótica mesa y acababa más frío que el aire que se respiraba esos días de noviembre en el exterior. Sus jornadas en el gimnasio se alargaban hasta las once, luego hasta las doce, luego la tenían que echar para que dejara de machacarse en la cinta corredora. Eso es lo que me dijo Lisa, su compañera de agotamiento energético diario, cuando llevaba varios días sin que me respondiera a ninguna de mis, ya ni pacientes ni tranquilas, preguntas. Lisa me contó con el sudor perlado en la frente y el canalillo, que hacía días que ella no hablaba con Lourdes, porque la forma en la que se machacaba todos las noches le alertó, se lo dijo, y su mirada de soslayo le dio miedo.
Engañé como pude a los recepcionistas y me metí en la sala de entrenamiento independiente. Ahí estaba, al fondo, con el pelo cayéndole como chorreras barrocas por la espalda, y una cascada empapando su ropa negra. Me senté entre todas esas máquinas diabólicas y engranajes sudados a un metro de ella, mirándola con aburrimiento y observándola con horror.
A la media hora de estar ahí, mareado por su movimiento hipnótico, vi que las gotas que le resbalaban por la nariz tenían ese sabor salido de un mar desplomado por los ojos. Me levanté y ella fue dejando de correr, muy poco a poco, moviéndose con torpeza y derrumbe, hasta que se apoyó en la barra de los controles y la máquina calló del todo, para dejar paso a un sollozo triste como enero. Las lágrimas se combinaban con el sudor formando una hiedra que se escurría por su brazos, y la cara estaba encogida y roja de rabia y dolor.
- Lourdes ¿qué ha pasado?
Una grieta partió su rostro en dos como si la hubieran golpeado con un mazo y, en el repentino silencio azulado que la envolvió y, sin saber si lo había dicho de verdad o me lo había imaginado, susurró:
- Lorenzo está muerto.
Antes de que me diera tiempo a abrazarla, o consolarla, o incomodarla, o lo que sea, ella ya estaba saliendo por la puerta, dejando que sus toallas y sus zapatillas quedaran como un cadáver en la sala.