martes, 26 de octubre de 2010

Hasta en las fosilizadas.

El eco del mar
en una caracola
es la eternidad.

viernes, 22 de octubre de 2010

El orgullo de las mariposas.

Cae el agua. Levanto los brazos y me contorsiono con un pequeño gemido. Intento respirar, aunque se humedecen los pulmones con las minúsculas gotas. Me atrapan en su musical red de piedrecitas golpeadas. Me agacho con una sedienta sonrisa. ¿Estará solo...? Interrupción.
Una mujer entra en el baño cantando. Se oyen risas de fondo. La voz de una dulce chica se cuela por la rendija de la puerta, rompiendo la sinfonía del agua. Hace unos sonidos curiosos, parece un lobo contemplando la luna. Las demás la imitan. Destrozan la quietud con su perversa risa, puedo imaginarlas mirándose en el espejo. Se sienten bien y comienza el ritual.
Con rapidez salgo de la ducha, no quiero perderme el impresionante espectáculo. Y ahí están, en su despliegue de plumas de colores, engalanadas como hermosos pavos reales. A algunas no las reconozco en un principio. No por su belleza normalmente ausente y ahora inesperada que me mira a través del reflejo. Es por su mueca de placer. La sonrisa deformada en rosa y brillantitos. Los ojos, antes órganos sin más, te retan a adentrarte en la selva de las lianas de sus pestañas negras. Me paralizo ante ellas, y me siento ridícula, en la infinita niñez de la mujer recién salida de la ducha. Les sonrío ¡Qué guapas! Sí, alguien debía decírselo. Si nadie les admira, de nada sirve el disfraz. Así es el ritual, una misterioso baile, cuyo fin, como el de cualquier danza, es el de que su serpenteo sea contemplado.
Me hablan, se hablan, me invitan a adentrarme en el particular caos. Están histéricas, están eufóricas, se dan la vuelta, se miran, se torturan, se besan a sí mismas endulzadas por la fresa de su perfume. El pasillo se convierte en un xilófono martilleado por las agujas de los tacones negros. Entran como abejas en cualquier habitación en busca de alabanza, dejando a su paso la miel de su deliciosa coquetería. Hay varios minutos de completo orden en el desorden, como en el Carnaval del Arlequín de Miró, jamás más apropiada la comparación. Se puede oler lo que tienen en mente hacer esa noche. Es mayor el placer de pensarlo que el de hacerlo.
¡Qué bonita la vanidad femenina! Que ni religión, ni normas, ni estúpidas hipótesis feministas la aplasten nunca. Pero sabemos que eso no ocurrirá. Nos encanta.

martes, 19 de octubre de 2010

Con el alma en los labios, llévatela a donde quieras.

Todo el día ha sido una interminable tarde de nostalgia. Lenta, mareante... Un mar inmenso y vacío. Suelen ser veintiuna o veintidos horas de tarde en este mundo, hasta que por fin el asqueroso sol, que tan sólo arroja luz a éste montón de cosas no dignas de ser vistas, muere, y aparecen las estrellas titilantes. No se ven, pero aparecen.
Mi querido Kurt aparece con ellas, y se va moviendo conforme a la luna hasta que las montañas, las nubes o el sol lo ocultan. Él es un ser precioso, misterioso y aterrador. Él se merece ser contemplado y que le suspiren, ansiando rozar el mar de arena gris que es su cuerpo. Por eso me declaro observadora en constante deleite de sus dunas lejanas y mecidas por el viento. Así de delicioso e inalcanzable es Él, y así me siento yo, engatusada por sus pestañas profundas, y de vez en cuando, horrorizada al notar su mano que me apresa con dulzura.

Aquí una de las maravillas que el ser humano suele crear, y por algunas de ellas deben tener el honor de ser una especie respetable:

Te quiero yo tanto,
que nunca he podido
llegar a explicarme
cuál es la razón.
Parezco el lamento
de un pájaro herido
que busca la sombra
de tu corazón.
Si tú me quisieras
como yo te adoro
el séptimo cielo
sería de los dos.
Por eso a tus plantas
tu cariño imploro,
igual que un milagro
se implora de Dios.
Y al sentir que me quema esta ansiedad febril,
con el alma en los labios te vuelvo a decir;
Si tu me quisieras como yo te quiero,
por toda la vida no habría de quedar amor
para nadie en el mundo entero,
ni sobre la tierra ni abajo del mar.

domingo, 17 de octubre de 2010

Heaven to hell


Ayer, ya casi en el inicio de mi colleción de pesadillas nocturnas, lo último que hice fue mirar la foto de un bonito niño desnudo por la playa.

Suele darme esperanza del libre albedrío, que aún podemos salir corriendo del mar, gritando o cantando o cogiendo aire (algunas de esas cosas hace el niño), y revolcarnos en la arena, así, porque nos da la gana. Sí, me da la gana. No, no me sale de los cojones. Lo que quieras. En torno a ésto vagan mis pensamientos normalmente, bueno, en un 50 %, seamos sinceros. Posiblemente ayer tenía el sucio filtro puesto del asco social, pero es algo que está ahí, aunque otro día puede ser sustituido por otro algo diferente.

Por la tarde, con ojos un tanto vidriosos, decidí ir a por unas entradas a Madrid capital, que está a unos diez minutos de la cueva (así llaman los de la residencia a mi habitación), madriguera fría a unos metros de la superficie. Usé el pintalabios rojo, que cogí de un bolso con pinturas en el baño (la fémina propietaria debería ser consciente de lo que supone abandonar tus cosas de mujer en el lavabo, por lo que la considero la única y verdadera culpable) y me puse zapatos de tacón.

Estuve esperando al autobús con tres o cuatro personas grises. Dos de ellas hablaban solas, murmullos incomprensibles, las otras dos entre ellas. Eran compañeras de trabajo y hablaban de eso, de su trabajo, o mejor dicho de su no trabajo. El paro, Zapatero, el dinero, los recortes, los zuecos desgastados que no les quieren renovar. ¿Cuánto llevarían trabajando juntas? Posiblemente lo suficiente para poder decir: ¡Ai, Dios mío, llévame! Martita no se quiere comer las judías y a Roberto le ha entrado la varicela!

Pero esos temas ya no son costumbre en los adultos. Aún no he oído a ninguno abrir su historia a la persona que le acompaña (más por casualidad en los medios de transporte y por cordialidad que por gusto). Tal vez su historia es esa historia, tan mediatizada que todo el mundo da por hecho que es la verdadera y más importante de la que se pueda hablar.

En los gusanos subterráneos más de lo mismo. Cabezas que no se sostienen, párpados moribundos, máquinas de pensar. En la calle... Gran Vía es un lugar precioso, siempre lo diré, pero comprendí lo deslumbrante que había sido un día, y, como no, llegué tarde para verlo antes de caer y morir. Queda un esqueleto lleno de bichos infectos. Un esqueleto blanco de marfil, y agujereado de tiendas, de bolsas de cartón y de vertederos de comida hecha de cadáveres. Alguna foto he visto de cuando la hiedra y las malvas cubrían ese lugar, lleno de teatros, cafés, cines enormes. No dejaba de ser moda, pero al menos tenía algo de sentido. Muñecos pensantes, y no marionetas como las que recorren la enorme avenida hoy.

Tardé mucho rato en llegar a la tienda, un rincón bonito, lleno de discos descatalogados, fotos de personajes famosos que nos regalaron su inmortalidad (como un sueño que nunca se te acaba de borrar), y bajo la mirada azul de un chico jóven, con unas manos poderosas y una preciosa mueca en la cara, entre sonrisa y grito histérico. Miré discos y discos y discos, y me sorprendí de mi total incultura musical. Por conocer mucho a los macacos no eres el rey de los monos, me dije.

Luego comencé a marearme, al llegar a Callao. No estoy acostumbrada a tantas personas, ni a tantas luces, ni a las sirenas que retumban, ni a que me desequilibren mujeres llenas de bolsas, ni a que me hagan una foto de improviso en papel de niña desesperada y que encima el cazador desaparezca entre las hojas de la inmensa selva. Y sentada aún me mareé más, y pensé que estaba totalmente ida y que me encaminaba a la más estricta locura.

Por fortuna, un amado ser reluciente, me enseñó un útil y fácil truco más próspero que darle a un botón y que la televisión te enseñe su mundo precocinado. Me interné en la garganta gigante de los libros del FNAC. Volví, con un vistazo, a darme cuenta de todo lo que me faltaba por conocer, pues una estantería posiblemente serán los libros que lograré digerir a lo largo de mi vida, pero pronto pude zambullirme en los cuadros nublados de Turner. Calaveras, retratos graciosos, más calaveras, flores y mujeres hermosas... Solté alguna carcajada, pues los artistas suelen estar muy locos y se hacen fotos a ellos mismos muy elocuentemente.

Entonces, rebuscando, vi un libro. Era un manual enorme, no podía sostenerlo así que un chino tuvo que mirarme mal por haber acaparado toda la repisa con los libros que a él le interesaban.

Se llama Heaven to hell, y si la portada ya es una oleada de excitación, el interior me hizo explotar gustosamente. El artista es David Chapelle, vivo aún, y me hizo sentir que no estaba sola, y que si la humanidad estaba evocada a la putrefacción, más de uno se da cuenta. Sus fotos retratan y critican, desde un mundo imaginario que se ha encargado de crear y fotografiar (parece ésa la nueva modalidad de cuadro, y es precisa y genial), pero no te dice que cambies, ni hace que se te desvíen los ojos enfrentándote con la impotencia. A la derecha dejo lo que me condujo a descubrirlo. Sólo puedo decirte que sí, estás loco, pero te das cuenta y eso ya es un logro.


martes, 12 de octubre de 2010

Realidad o no.

La gente anda, mira, sube, sonríe, habla, salta, grita, frunce el ceño, se estira, bosteza, vuelve a bostezar, observa de reojo, se cae, come gusanitos, se enfada hablando en chino, canta con un uquelele, entra, sale, baja, sujeta el bolso, curiosea las cámaras de televisión...
Subo las escaleras.
El día, es más bien azul, hay alguna nube, y las luces empiezan a sacar la cabeza, aunque en este lugar no se apagan aunque no se necesiten, como tantas otras cosas. Hace un poco de frío, lo normal en otoño, aunque aquí en otoño puedes asfixiarte de calor,y en verano acabar con los huesos mojados si no has tenido demasiada suerte en la vida, y aquí eso es una de las pocas cosas normales en su totalidad.
Bailan mis ojos de un punto a otro, histéricos y ansiosos.
La calle es enorme, una gigantesca ballena con miles de peces serpenteando sobre su espalda y su vientre viscoso. Las burbujas explotan, todos los animalitos en su movimiento cantan una melodía extraña, como muchos pitidos a la vez que por casualidad conforman una melodía chirriante. La ballena te engulle, aunque tampoco te da demasiado miedo, ya que muchos otros seres han sido engullidos y en la panza hay un mundo latiendo a parte del resto del oceano ¿Y a nosotros qué nos importa el mar lleno de algas?
Vuelvo a la realidad.
Cada poco rato ante mis ojos aparece un nuevo personaje entre el resto de miles de personajes. Hace no mucho, Fabián estaba viviendo en... Logroño, pero todos, bueno, no todos, saben lo que es perder a alguien cuya única y no menospreciable herencia fueron una preciosa niña de cuatro años y una despensa considerable de alcohol. El paro, las bebidas incoloras (no por ello agua), la vergüenza y un camionero mas o menos solidario lo trajeron a la ballena. Ahí, acurrucado, acaricia el juguetón gatito gris del que María se apiadó. Sus piececitos, ahora envueltos en unos lanosos y deshilachados calcetines rojos, tampoco entienden por qué están ahí, pero su papá sonríe a veces cuando le tararea las canciones del cuarteto de cuerda que destroza delante de El Corte Inglés.
Hoy tocan el maldito canon de Pachelbel, ese estruendo cursi y repetitivo.
Una historia sucede a otra, y a otra, y a otra, y así constantemente pasan mis horas en Gran Vía, intercaladas por los labios inquietos de alguien lejano, a quien puedo ver dormitando y desafiando a los números con sus bostezos inexistentes. Normalmente me acompaña un zumo de naranja, bastante caro, pero naranja al fin y al cabo, y aquí los colores de la naturaleza tienen ese valor.
Cuatro grandes sorbos y lo tiro a la basura.
Me gusta la Gran Vía, por sus fotos en blanco y negro de hace cien años, por sus dos rockeros que no ganan nada pero que todas las tardes están ahi, charlando con su uniforme y aceptando fotos por limosnas de aire. Me gusta toda la gente que sale corriendo del metro y se para en el café más cercano, para pararse de golpe y luego volver al mundo real, el del tiempo, las tiendas asesinas de teatros y de la señora del metro entonando muy adecuada y metálicamente; Atención.............. estación... en curva.................. Al salir......... tengacuidadodenometerel pie.......................... Entre co...che y...... an..dén.
También son curiosas las chicas con corales encerrados en sus barras de labios, que les dibujan una mueca de apuesta de sol. Son molestos y gritones los ecuatorianos de Compro Oro. Son malas putas las putas de la calle Montera, pues sólo son vulgares, tontas, sin el encanto ni la seducción arrebatadora de las sí buenas y míticas putas, en mi opinión muy respetables. Pero éstas están desesperadas, desgastadas y su pelo no brilla. Son las putas de las estadísticas, no las ocultas, ya que las buenas no necesitan exibición.
Y es hermosa la señora del violín, con su pelo gris perla y su sonrisa de aristócrata rumana. Es misterioso el hombre de la gaita con su bufanda de rallas, que no de cuadros como debería ser, y el chino del instrumento chino serio y solemne. Lo es el punk con su perro famélico, y sus amigos con flautas de escolar no demasiado entusiasmado con la música.
Cosas cosas cosas cosas bombardeandome la cabeza y los ojos ya bastante hinchados.
Voy en el autobús, y le he dado al botón de "parada solicitada" porque a los autobuseros, los desagradables y frustrados hombres que te cobran por meterte en un atasco, les gusta olvidarse de dejarte en cualquier parada con el propósito de llegar antes a algún lugar inexistente de su trayecto circular.
Bajo. He tenido la necesaria (totalmente necesaria) dosis diaria de huída de este lugar aplastante que es Madrid, del que sólo se puede salir en aparatos humeantes o internándote en lo más profundo y caótico del alboroto de su estómago.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Por aquí, y de repente, este trocito de muerte.

Recuerdo la vez que peor lo he pasado nunca.
Supongo que no volveré jamás a sufrir así. Espero no llegar otra vez al límite que hay entre la locura y la más absoluta destrucción. La próxima vez, caeré en la laguna del caos, las algas se me enredarán en los tobillos, y mi cadáver se pudrirá en la arena húmeda y rodeado de agua viciada y embarrada.
Puedo más o menos recordar lo que pasaba por aquel entonces, pero por alguna razón no recuerdo un motivo especial (tal vez sea mejor así, autoprotección inconsciente, o no). Puedo visualizarme a mí, en mi habitación, raquítica y de repente, silenciosa. No puedo sentir ningún latido, no puedo moverme.
Sé que por esos días todo era asqueroso, repugnante y marzo. Puedo ver cómo me levanto, miro los trozos de papel destrozados en el escritorio y después contemplo mi cuerpo en el espejo y sólo veo un cuadro de Bacon. Me viene un olor extraño a la nariz, que no he vuelto a oler ni sé lo que es.
No acude a mi mente ninguna causa específica. Sólo me acuerdo de que estaba sola, inmensamente sola. Que estaba muerta. Que no me importaba estarlo.
Después, me oigo desde los oídos de mi hermana. Alguien llora y grita en el baño. No quiero entrar. Estoy asustada.
-¿Paula?
La veo dentro de la bañera, desnuda, encogida y hecha una insignificante bolita, totalmente empapada, histérica y de color azul. Rota.
No puedo recordar mucho más, se me están empapando los ojos, quizás debería parar, pero siempre me quedo en este punto sin saber seguir. O sin querer.

...

Algo pasó entonces, no sé el qué. Hay mucha agua por todas partes. Estoy congelada. Algo se está avalanzando sobre mi espalda y me aplasta. Grito.

...

Mi madre. Mamá. Ella mira, ella quieta, ella y una toalla.

...

Aparezco en la habitación, metida en el pijama de terciopelo verde de Andrea. Entra luz anaranjada por una rendija de la ventana, ya deben haber encendido las farolas. Estoy caliente, como las manos cuando abrazas una taza de café. Mis pies están congelados, y mi pelo un poco húmedo. Me pregunto si estoy ya muerta. Cierro los ojos y me vuelvo a dormir.

sábado, 2 de octubre de 2010

SIN PARAR

Me cuelgo de tu pelo,
me engancho de tu piel
Me encuentro con mi hada
que está loca también.


Fóllame.
Y a firmar por todas las paredes con mi piel.
Bébeme.
Y a empezar, Deltoya.
Zorra.
Recuerdo su olor.
Mi amor. Mi amor.
Cómeme. Deshazme en pedazos. Rómpeme.
He vuelto a las andadas
he vuelto a enloquecer.
Lo vi escrito en la luna.

Ah.
Luna creciente.
Te quiero.
Desplomados. Histeria. Descolocados. Derrotados.



Soy tuya.