viernes, 29 de abril de 2011

Invéntate más cosas


Me gusta cuando Chor me cuenta cómo seremos, sacándose de la cabeza de repente nuestras figuras, un poco distintas a cómo son ahora, quizás con los ojos más reposados, y juega con ellas para hacerme soñar. No me cuesta imaginar lo que él va improvisando, pues todo se ve muy nítido, como si de verdad estuviéramos ya viviendo la vida que en sus historias me promete, o al menos la que nos prometemos vivir algún día, a cambio de los momentos que nos estamos perdiendo por estar separados el uno del otro. Nos conocemos desde hace apenas un año, ni siquiera eso, pero él ha provocado en mí un cambio descomunal. Soy capaz de amar a alguien, de pensar en cómo puede estar y en cómo ayudarle si lo necesita. Puedo comprometerme por amor, y no por compromiso o ataduras estúpidas y agobiantes creadas por el miedo y esta sociedad opresora, lo más complicado de comprometerse, en mi opinión. Chor me enseña tantas cosas. Si alguien leyera ésto a parte de él diría, ay, ojalá lo conocierais, pues comprenderías por qué alguien puede enamorarse de él de esta manera tan serena y viva al mismo tiempo.
Deberíais verlo cantar, con sus camisetas negras y su sonrisa de estar disfrutando de verdad, ésa que tan sólo se le dibuja con Extremoduro, Bunbury o Héroes del Silencio. Le encantan. También le encanta imaginar cosas, es muy soñador, aunque de una forma distinta a mí, siempre tiñéndolo todo de su característica manera de esperar tan estoica, propia de él. Le gusta mucho leerse los libros de golpe, al contrario de como te enseñan tus padres, para disfrutarlo todo de una vez para impregnarse de él. Le gustan los libros que le recomiendo y las series de mafias o de familias tipo Los Corleone. Le gustan los códigos de honor, las familias, el respeto, la justicia y las normas no explícitas.
Chor es muy agua. Es a la persona a la que más me ha costado encontrar un animal, y en verdad no me convence el que le asigné. Es agua. Si hay una bajada, se precipita hacia abajo, si hace frío se congela o se evapora con el calor. Si debe llover, cae desde lo alto por pura física y si se convierte en cascada erosiona la piedra con sus millones de gotas. Chor es río, es manantial, es un iceberg. Es lo que debe ser en cada momento, sin forzar nada, sin buscar nada en contra de lo que las circunstancias propician. Admiro su manera sosegada y fluida de vivir.
Hoy hablo de él porque lo echo de menos. Pronto volveremos a estar físicamente juntos. Mientras tanto, te quiero tanto como siempre. Hasta pronto.

sábado, 23 de abril de 2011

Ars ars ars y cremosidades bohemias

Cuando él era él y yo prácticamente no existía, y a ella le gustaba mandarle poemas de putrefacción y espirales simbólicas.
Solía verlos de la mano bajo mi terraza y mi padre, que suele salir cuando llevo un buen rato mirando a los negritos de la plaza de abajo, decía, vaya chica más sucia, menudas pintas de guarra y de drogadicta. Yo le daba la razón y me inventaba que me habían dicho que las rastas se le formaron solas de no lavarse ni peinarse el pelo desde hace años.
Y mi padre añadía, por costumbre y quizás para que el veredicto le quedara completo, que él no parecía mucho mejor y que vaya deshecho social. Y yo, le decía, creyéndolo de tantas veces que lo había imaginado entre los mismos geranios, que él era un chico muy inteligente y muy limpio, pero que le gustaba esa estética sucia por desprecio a nuestra sociedad de consumo.
Mi padre se quedaba unos segundos mirándolo, tal vez reflexionando el por qué ir como un cerdo significa que no te gusta el mundo y volvía a entrar en casa con un nunca te eches una novia así eh, hijo, o no vuelves a entrar en casa. No, papá.
El día que lo conocí, estaba dibujando el perfume de una mujer sonrosada y ondulada como el mar que besaba a un pobre demonio, al que seguramente abandonaría de manera despiadada, dejando las maletas sin hacer por toda la casa, cuatro años después. Al ver que caminaba hacia donde yo estaba, me pareció un tremendo error el que ese pasillo entre árboles y rasgado por un riachuelo fuera mi lugar de la soledad. Con las alondras, el trascurrir del agua y el susurrar de las hojas como la música ambiente de un ascensor alemán, me gustaba pasar las horas sin hacer nada más que descansar de hacer cosas inservibles.
El cuello me dolía un poco y pensé que quizás un escarabajo egipcio estaba penetrando hacia mi cerebro, llevándome, irrevocablemente a una exótica muerte.
Se sentó a unos metros de mi zapatilla izquierda y contempló el río sin entusiasmo, más centrado en lo que le atornillaba la frente, a saber qué.
Seguí a lo mío con una extraña pose que destrozaba mi tobillo y la tercera vértebra torácica. Pensé que me favorecía desde su perspectiva. Vaya subnormalidad.
- Está todo tan tranquilo ¿verdad?- dijo sin mirarme- a veces no apreciamos las cosas sencillas.
Estuve tentado de decirle que aquello no era sencillo, que había que tener un complejo sentido de la orientación para llegar a donde había llegado, que mucho más para volver luego a casa, que la temperatura que en ese momento hacía era consecuencia de un choque de vientos saharianos en pleno marzo, que el sistema digestivo de las aves... pero asentí, boca patéticamente abierta y todo.
- ¿No te ha pasado alguna vez que ves que nada tiene sentido?- Se giró, y negó con la cabeza, abriendo mucho los ojos- No quiero rallarte tío, eh, pero necesito a alguien con quien hablar.
Se giró de nuevo, y abrió las manos hacia arriba, en ademán de confusión. Los churros de su cabeza se agitaron.
- Parece que a ti te gusta estar solo. A mí me duele sentirme abandonado.
Le sonreí y palmeé el cuaderno de dibujo.
- Son estos días, los que me ponen así digo. Éstos amagos de primavera me dejan loco. Si es invierno es invierno, y si es otoño, no puede ser verano. Me gusta el colacao con leche y un poco de café, no sé qué tiene de malo, pero al menos sé que me gusta el colacao con leche y un poco de café. Sin embargo la gente se empeña en decir que todo es relativo, que si los átomos se mueven y hay mil universos. Me cago en esas cosas ¿entiendes? Me comen todos los lameculos esos la polla. Las cosas son claras y si nos las ves así es porque no te sale de los cojones, o eres estúpido.
Calló unos segundos, con la cabeza mirando hacia el suelo húmedo pisoteado por abuelas y perros desde la eternidad de los siglos. Suspiró.
- En fin tío, nos vemos.
Pude ver una sonrisa y sus manos metidas en los bolsillos mientras volvía a su casa para pasar bajo mi ventana.

domingo, 17 de abril de 2011

Huesca

Es una sensación extraña la que siento cuando vuelvo a mi casa. Cada vez más. Siempre pensé que era una persona nómada, pero me he dado cuenta de que me aferro a los lugares con desesperación. Aunque viviera en una cueva mugrienta, echaría de menos los cantos rocosos clavándose en mi espalda. por pura costumbre. Por pura necesidad de tener algo algo a lo que llamar casa y en la que refugiarme cada día. Soy como los niños pequeños, cuando van a investigar a los alrededores de su madre pero vuelven a sus faldas cada vez que notan algo amenazante. Soy un bebé al que cada cambio le sume en un insidioso remolino de cosas nuevas por conocer, por descubrir y observar. Cada detalle, cada pasillo, cada una de las curvas del techo me aterrorizan si no han sido ya exploradas. Eso sí, necesito la constante y turbante sensación de la confusión antes lo desconocido, pues vivo en el irónico transcurso de la vida de las personas que odian los cambios y huyen sin cesar de la rutina. Caprichosa, vulnerable en ocasiones.
Cuando vengo en tren me dedico a imaginar lo que va a ocurrir aquí, aunque tengo la regla de no pensar en lo que quiero que ocurra, pues sólo hace falta que fantasees con algo para que esa situación jamás se cumpla. Intento imaginar cosas que no me dolería que no ocurrieran.
Una vez que estoy aquí me invade una extraña sensación de saber todo lo que puedo esperar aquí, y al mismo tiempo unos días de adaptación a lo ya sabido. . La primera noche mi madre me da mimos y mi padre ve la televisión en la otra sala y de vez en cuando me pregunta qué tal por Madrid. La primera noche también huyo siempre de mi hermana, porque no sé lo horrible que estará y lo horrible que le pareceré yo, y no quiero enfrentarme a algo que seguro no me gusta cuando tenga que saludarla. Ceno la comida de mamá, la saboreo como pocas veces y veo la televisión, esa gran y aburrida desconocida que por lo visto mueve las masas mundiales. Paseo mil veces por el mismo lugar la primera mañana, porque Huesca en una hora es tuya. Me siento muchas veces en los bordillos del centro a mirar las personas que pasan. Las señoras tienen el pelo corto, inmaculadamente ondulado, anillos y pendientes dorados y un confortable sobrepeso. Las adolescentes miran continuamente a su alrededor, los chicos van con ropa de entrenamiento deportivo y los señores se sientan en la Plaza Zaragoza con sus pantalones altos y verdosos a mirar a las chicas que pasan y a criticar a cualquiera que sea el político que los últimos años ha tocado aguantar.
Por suerte, aquí esta Chor, el que rompe ese asqueroso "lo de siempre". Él siempre está dispuesto a romper con lo que sea, ni con ganas ni sin ellas, con esa sonrisa conforme que amo en sus labios. Me gusta se energía y su fluir sin sobresaltos, un río calmado al atardecer del que me arroyuelo de saltos, rápidos y cataratas mucho debería aprender.
Cuando llego aquí sólo me gusta estar con él y con mi madre. Odio estar con la familia de mi padre, pues está impregnada de muerte y de histeria colectiva. Tampoco me gusta estar con mis amigas, ya que ya no son mis amigas. Ellas y yo tomamos destinos muy distintos, y siento la necesidad de desprenderme de todos los hilos que me conectan de ellas, para librarme de rencor y falsedad. Y ésto me suele doler, porque fueron importantes para mí, pero no tengo la necesidad de saber cómo están ni parece que ellas les importe.
Chor, ven, esto sin ti es un tanto macabro, y no me has ayudado a ser consciente de que no puedo coger un metro para ir al centro y olvidarme de lo que me molesta.

lunes, 11 de abril de 2011

Darling

Cuando lo conocí, en lo primero en lo que me fijé, a pesar de los mil motivos por los que cualquier persona podría fijarse en él, fue en sus enormes ojeras moradas. Le cubrían más de la mitad de su cara, eran espantosamente púrpuras y limpias, y sus párpados de insomnio eran absorbidos como un valle por los dos ojos que coronaban su cara. Jamás he visto unos ojos tan grandes, negros y asustados, de quien ve lo que no cualquiera ve y, por lo visto, es espantoso. Pero aún más llamativas eran sus ojeras.
En ese momento lo conocí haciendo nada, sólo bebía algo negruzco, permanecía silencioso y escuchaba con atención lo que sus amigos parecían comentar entusiasmados. Sus manos me dieron un poco de asco, eran huesudas, y desmesuradamente alargadas, parecía Jack Skellington cubierto por una fina capa de carne morena. Me pareció extraño ver un musulmán a esas horas de la noche, en ese bodrio de lugar lleno de mierda y gente drogada. Me pareció curioso estar contemplándolo tanto rato y que Daron no cambiara de postura más que para poner un poco de ángel blanco en su uña del meñique izquierdo, que sobresalía por encima de las demás uñas con claras intenciones nada puras o recomendables.

domingo, 3 de abril de 2011

Golpe en una ventana del autobús y una paloma muerta


Sabes, Lúa, que nunca te he dicho hola con palabras, sino con un tierno roce de miradas que sueles acoger con una sonrisa y una mano en el estómago cuando crees que no te veo.
Estoy volviendo de mi tierra y un golpe seco en el cristal y varias plumas pegadas con sangre en él me han hecho pensar en escribirte una carta. Tal vez no sea ni la mitad de hermosa que las que tú escribes a tu novio y que te gusta enseñarme con cruel inocencia, pero te conformarás con este intento de caricia de papel, pues jamás te he regalado nada y para ti cuatro palabras bien dichas son el mayor don del ser humano. Qué fácil eres de complacer día a día. Si me esforzara en recoger una mísera flor del parque, en llevarte un ibuprofeno cuando me dices que te duele la garganta, en decirte lo preciosa que estás con ese vestido verde, serías descaradamente mía.
Sin embargo, prefiero hacerte sufrir, porque me divierten tus intentos de ignorarme cuando sabes que te estoy mirando. Me encanta ir a verte justo en el momento en el que tú estás desesperada de aguantar tu orgullo y en un momento de debilidad me mandas al móvil un patéticamente maleducado "vas a venir o que". Me estremezco de placer cuando me gritas, me dices que jamás volverás a llamarme, pones la mano en mi pecho en forma de garra cuando voy a besarte. No hay nada como la sensación de irte a dormir sabiendo que estás enfadada y saber que del odio no podrás dormir, y ver que al día siguiente dos purpúreas ojeras envuelven tus dos ojos negros. Sé que tienes muchas razones por las que ignorarme, torturarme y destrozarme, pero tu carne se convence con facilidad y mis ojos embobados clavados en tus curvas son suficientes para que te olvides del nuevo motivo por el que esa noche me debías odiar.
Ahora mismo, a saber dónde estarás. Es una de las pocas cosas que de ti me desesperan, además de tu manía de sentarte de cualquier manera menos de la correcta, que bebas infusiones y que te pongas minifalda y todo el mundo imagine tu vagina abierta antes su cara. A saber dónde estarás, qué te habrá dado hoy por hacer, qué nueva estratagema para corregir tu vida te habrá llevado a donde en estos momentos estás. Al mismo tiempo te agradezco que nunca me lo digas hasta que ya es imposible retroceder en el tiempo e ir contigo, porque cualquier día de estos me hechizarás y me convertirás en un cordero que salta con felicidad hacia el matadero. O peor aún, pensarás que vaya montón de tiempo he perdido, ai, que tonta soy, en el momento en el que me conozcas más.
Así que, Lua, la evitación y desdén que te demuestro es directamente proporcional al miedo que cada vez más siento hacia tus torpes manos y tus muslos despiadados.
Nos vemos en unas horas, si es que me digno.
Gabriel.