lunes, 11 de abril de 2011

Darling

Cuando lo conocí, en lo primero en lo que me fijé, a pesar de los mil motivos por los que cualquier persona podría fijarse en él, fue en sus enormes ojeras moradas. Le cubrían más de la mitad de su cara, eran espantosamente púrpuras y limpias, y sus párpados de insomnio eran absorbidos como un valle por los dos ojos que coronaban su cara. Jamás he visto unos ojos tan grandes, negros y asustados, de quien ve lo que no cualquiera ve y, por lo visto, es espantoso. Pero aún más llamativas eran sus ojeras.
En ese momento lo conocí haciendo nada, sólo bebía algo negruzco, permanecía silencioso y escuchaba con atención lo que sus amigos parecían comentar entusiasmados. Sus manos me dieron un poco de asco, eran huesudas, y desmesuradamente alargadas, parecía Jack Skellington cubierto por una fina capa de carne morena. Me pareció extraño ver un musulmán a esas horas de la noche, en ese bodrio de lugar lleno de mierda y gente drogada. Me pareció curioso estar contemplándolo tanto rato y que Daron no cambiara de postura más que para poner un poco de ángel blanco en su uña del meñique izquierdo, que sobresalía por encima de las demás uñas con claras intenciones nada puras o recomendables.

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