sábado, 23 de abril de 2011

Ars ars ars y cremosidades bohemias

Cuando él era él y yo prácticamente no existía, y a ella le gustaba mandarle poemas de putrefacción y espirales simbólicas.
Solía verlos de la mano bajo mi terraza y mi padre, que suele salir cuando llevo un buen rato mirando a los negritos de la plaza de abajo, decía, vaya chica más sucia, menudas pintas de guarra y de drogadicta. Yo le daba la razón y me inventaba que me habían dicho que las rastas se le formaron solas de no lavarse ni peinarse el pelo desde hace años.
Y mi padre añadía, por costumbre y quizás para que el veredicto le quedara completo, que él no parecía mucho mejor y que vaya deshecho social. Y yo, le decía, creyéndolo de tantas veces que lo había imaginado entre los mismos geranios, que él era un chico muy inteligente y muy limpio, pero que le gustaba esa estética sucia por desprecio a nuestra sociedad de consumo.
Mi padre se quedaba unos segundos mirándolo, tal vez reflexionando el por qué ir como un cerdo significa que no te gusta el mundo y volvía a entrar en casa con un nunca te eches una novia así eh, hijo, o no vuelves a entrar en casa. No, papá.
El día que lo conocí, estaba dibujando el perfume de una mujer sonrosada y ondulada como el mar que besaba a un pobre demonio, al que seguramente abandonaría de manera despiadada, dejando las maletas sin hacer por toda la casa, cuatro años después. Al ver que caminaba hacia donde yo estaba, me pareció un tremendo error el que ese pasillo entre árboles y rasgado por un riachuelo fuera mi lugar de la soledad. Con las alondras, el trascurrir del agua y el susurrar de las hojas como la música ambiente de un ascensor alemán, me gustaba pasar las horas sin hacer nada más que descansar de hacer cosas inservibles.
El cuello me dolía un poco y pensé que quizás un escarabajo egipcio estaba penetrando hacia mi cerebro, llevándome, irrevocablemente a una exótica muerte.
Se sentó a unos metros de mi zapatilla izquierda y contempló el río sin entusiasmo, más centrado en lo que le atornillaba la frente, a saber qué.
Seguí a lo mío con una extraña pose que destrozaba mi tobillo y la tercera vértebra torácica. Pensé que me favorecía desde su perspectiva. Vaya subnormalidad.
- Está todo tan tranquilo ¿verdad?- dijo sin mirarme- a veces no apreciamos las cosas sencillas.
Estuve tentado de decirle que aquello no era sencillo, que había que tener un complejo sentido de la orientación para llegar a donde había llegado, que mucho más para volver luego a casa, que la temperatura que en ese momento hacía era consecuencia de un choque de vientos saharianos en pleno marzo, que el sistema digestivo de las aves... pero asentí, boca patéticamente abierta y todo.
- ¿No te ha pasado alguna vez que ves que nada tiene sentido?- Se giró, y negó con la cabeza, abriendo mucho los ojos- No quiero rallarte tío, eh, pero necesito a alguien con quien hablar.
Se giró de nuevo, y abrió las manos hacia arriba, en ademán de confusión. Los churros de su cabeza se agitaron.
- Parece que a ti te gusta estar solo. A mí me duele sentirme abandonado.
Le sonreí y palmeé el cuaderno de dibujo.
- Son estos días, los que me ponen así digo. Éstos amagos de primavera me dejan loco. Si es invierno es invierno, y si es otoño, no puede ser verano. Me gusta el colacao con leche y un poco de café, no sé qué tiene de malo, pero al menos sé que me gusta el colacao con leche y un poco de café. Sin embargo la gente se empeña en decir que todo es relativo, que si los átomos se mueven y hay mil universos. Me cago en esas cosas ¿entiendes? Me comen todos los lameculos esos la polla. Las cosas son claras y si nos las ves así es porque no te sale de los cojones, o eres estúpido.
Calló unos segundos, con la cabeza mirando hacia el suelo húmedo pisoteado por abuelas y perros desde la eternidad de los siglos. Suspiró.
- En fin tío, nos vemos.
Pude ver una sonrisa y sus manos metidas en los bolsillos mientras volvía a su casa para pasar bajo mi ventana.

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