domingo, 17 de abril de 2011

Huesca

Es una sensación extraña la que siento cuando vuelvo a mi casa. Cada vez más. Siempre pensé que era una persona nómada, pero me he dado cuenta de que me aferro a los lugares con desesperación. Aunque viviera en una cueva mugrienta, echaría de menos los cantos rocosos clavándose en mi espalda. por pura costumbre. Por pura necesidad de tener algo algo a lo que llamar casa y en la que refugiarme cada día. Soy como los niños pequeños, cuando van a investigar a los alrededores de su madre pero vuelven a sus faldas cada vez que notan algo amenazante. Soy un bebé al que cada cambio le sume en un insidioso remolino de cosas nuevas por conocer, por descubrir y observar. Cada detalle, cada pasillo, cada una de las curvas del techo me aterrorizan si no han sido ya exploradas. Eso sí, necesito la constante y turbante sensación de la confusión antes lo desconocido, pues vivo en el irónico transcurso de la vida de las personas que odian los cambios y huyen sin cesar de la rutina. Caprichosa, vulnerable en ocasiones.
Cuando vengo en tren me dedico a imaginar lo que va a ocurrir aquí, aunque tengo la regla de no pensar en lo que quiero que ocurra, pues sólo hace falta que fantasees con algo para que esa situación jamás se cumpla. Intento imaginar cosas que no me dolería que no ocurrieran.
Una vez que estoy aquí me invade una extraña sensación de saber todo lo que puedo esperar aquí, y al mismo tiempo unos días de adaptación a lo ya sabido. . La primera noche mi madre me da mimos y mi padre ve la televisión en la otra sala y de vez en cuando me pregunta qué tal por Madrid. La primera noche también huyo siempre de mi hermana, porque no sé lo horrible que estará y lo horrible que le pareceré yo, y no quiero enfrentarme a algo que seguro no me gusta cuando tenga que saludarla. Ceno la comida de mamá, la saboreo como pocas veces y veo la televisión, esa gran y aburrida desconocida que por lo visto mueve las masas mundiales. Paseo mil veces por el mismo lugar la primera mañana, porque Huesca en una hora es tuya. Me siento muchas veces en los bordillos del centro a mirar las personas que pasan. Las señoras tienen el pelo corto, inmaculadamente ondulado, anillos y pendientes dorados y un confortable sobrepeso. Las adolescentes miran continuamente a su alrededor, los chicos van con ropa de entrenamiento deportivo y los señores se sientan en la Plaza Zaragoza con sus pantalones altos y verdosos a mirar a las chicas que pasan y a criticar a cualquiera que sea el político que los últimos años ha tocado aguantar.
Por suerte, aquí esta Chor, el que rompe ese asqueroso "lo de siempre". Él siempre está dispuesto a romper con lo que sea, ni con ganas ni sin ellas, con esa sonrisa conforme que amo en sus labios. Me gusta se energía y su fluir sin sobresaltos, un río calmado al atardecer del que me arroyuelo de saltos, rápidos y cataratas mucho debería aprender.
Cuando llego aquí sólo me gusta estar con él y con mi madre. Odio estar con la familia de mi padre, pues está impregnada de muerte y de histeria colectiva. Tampoco me gusta estar con mis amigas, ya que ya no son mis amigas. Ellas y yo tomamos destinos muy distintos, y siento la necesidad de desprenderme de todos los hilos que me conectan de ellas, para librarme de rencor y falsedad. Y ésto me suele doler, porque fueron importantes para mí, pero no tengo la necesidad de saber cómo están ni parece que ellas les importe.
Chor, ven, esto sin ti es un tanto macabro, y no me has ayudado a ser consciente de que no puedo coger un metro para ir al centro y olvidarme de lo que me molesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario