viernes, 18 de febrero de 2011

El amor de Beatriz y Uriel


El amor de Beatriz y Uriel resuena a gritos martilleando las paredes de cristal de la residencia, las que te permiten ver, con tus propios oídos, el mecanismo intrahistórico de la juventud. Desde mi cama, rodeada de los delfines gitarios encerrados en mi lámpara, suelo oír el mundo, normalmente con el ceño fruncido, algunas otras pocas veces con verdadera curiosidad y diversión, o incluso cariño.
Se oye a Bea, una niñita de ojos oscuros y redondos como canicas que siempre me ha recordado a una gitanilla de un libro de poesías de Gloria Fuertes que me leían de pequeña, escupiéndole insultos a Uriel a lo largo y ancho del pasillo. Uriel la persigue, en sus tremendos dos metros coronados por una ceja partida, y envueltos en el tranquilo semblante de un lago encerrado en una cueva oscura y descomunal. La maleta y su traqueteo, conducidas por Bea, encandenan y fustigan a Uriel como a un perro, contra el que arremete un arsenal de insultos que salen del minúsculo cuerpo de la chica. El mismo cuerpo que lo apalea imparable, sin importarle el dónde, cuándo y por qué. El mismo del que se escucha a cada instante por los rincones del edificio:
- ¿Dónde está todo el mundo? ... Ah, ya veo... Y... ¿dónde está Uriel?
Ella parece enfadada, ya se va a la estación, pero antes se dirige a su cuarto, recriminando algo que no consigo escuchar. Uriel y sus pisadas de rinoceronte se paran tras mi puerta, y ésta se estremece con el gruñido histérico que jamás hubiera esperado de ese pacífico animal. Bea desaparece del plano auditivo del pasillo. Silencio. El pesado rastro de Uriel desaparece por la fina línea de la puerta que Bea, a pesar de todo, no ha cerrado.
Silencio. Golpe opaco en una pared, quizás una puerta.
El amor de Beatriz y Uriel, en su silencio, ronroneando unos quince minutos largos.
El amor de Beatriz y Uriel gritando en el coraazón que parte hacia la estación.

jueves, 17 de febrero de 2011

¿Qué puedo hacer para cambiar el mundo?


Eso es lo único que he pensado tras varias horas leyendo periódicos caóticos en español, inglés y francés, viendo monstruosas fotos de la actualidad, escuchando noticias nefastas. Millones de informarciones de todos los puntos del mundo, como las miles de millones de gotitas que conforman la nube central de la tormenta. Todas en una misma dirección, hacia abajo. Nos derrumbamos. Empleo por primera vez en muchos años el pronombre "nos" incluyéndome en la humanidad, en ese conjunto del que había desistido, desesperada, por su inevitable y trágico delirio final. En todo ese rato, no he podido sonreír, mi ceño se fruncía cada vez más y más, y el corazón se me envolvía en pesadumbre, desangrado con las imágenes y palabras que el mundo hoy ha puesto ante mis ojos. No sé por qué he tenido la necesidad de incluírme en ese universo que está siempre alrededor, al cual ignoro, con una contínua y furiosa sensación de indefensión. Me he dicho, ¿de verdad quieres saber todo esto? ¿de qué te va a servir, si ahora tan sólo te encuentras mil veces peor que antes y no ha cambiado nada? Todo es tan irremediablemente triste y apestoso. Las personas se están matando, se inmolan y se llevan por delante a otras muchas, muchas veces pensando que hacen un favor. Las sociedades explotan y tan sólo son escuchadas con destrucción y muerte. Es eso, o seguir aplastados por el poder inmisericorde de la no libertad que critica la democracia. La democracia, el virus del siglo dieciocho-diecinueve, inundó nuestros hogares, con su poder del libre albedrío, con la plenitud, con el inmenso paraíso de nadie vale más que tú ni tú más que nadie. Pero ese valor equitativo, fue trastocado, deformado, es un monstruo monetario. La libertad de no pintar nada en el mundo, la equidad en obligaciones, la plenitud personal convertida en planitud moral, creativa, religiosa e intelectual del ser humano. Tú vales lo mismo que el otro, si tenéis el mismo dinero, claro.
El desengaño del siglo. La corrupción, violencia, machismo, contaminación, egoísmo y deshumanización pura fueron el caldo de cultivo de nuestra generación, los niños desamparados, los niños que esperan a que algo ocurra. La generación del nada es cierto, o quizás sí, tal vez no, todo puede ser, pero es IMPOSIBLE descubrirlo. Las jóvenes mentes están muertas, y con razón. Aprendimos de sus padres y madres, que no consiguieron nada que los gobiernos no les permitieran conseguir, pero así se creen que tienen poder, y están más contentos. Aprendimos de nuestros abuelos y abuelas a tener el valioso don de la conformidad: Mejor malo conocido que bueno por conocer. Mejor pájaro en mano que ciento volando. No llames la atención. No pidas más de lo que tienes, ya llegará si debe llegar. Cada uno tiene lo que le corresponde. Aigh, los caminos de Señor son inexcrutables.
Podría seguir horas y horas criticando cosas, pero no voy a hacerlo más. He pensado que todo es mucho más simple. Si algo no te gusta, lo cambias, sino, será información cobarde e inservible en tu huesuda cabezota. Bien, por donde empezar... Demasiadas cosas horribles.
Internet:
Mejorar cada uno. Si cambia el individuo, cambia la pareja. Si cambia la pareja, mejora la familia. Si cambia la familia, cambia la sociedad. Si cambia la sociedad ya esta, mejoramos el mundo. Puedes comenzar tu. Yo te sigo.
No te conozco de nada, ni sé quién cojones eres. No sé si te estabas escojonando de aquel que se hizo exáctamente la misma pregunta que yo, o si en verdad llevas ese principio al límite cada segundo de tu existencia. Pero confío en ti.

viernes, 4 de febrero de 2011

Cuarzos pequeñitos entre los dedos de los pies.

Tumbada en la cama, oigo el mar. Tengo la cara aplastada contra la sábana y sabe a ti. Algo palpita en mi cabeza, permanezco inmóvil. Quizás sea la luz de la alta madrugada retumbando en las paredes de la habitación, pero no sé qué ahora es ahora. Hace un rato, nos dábamos el primer beso, siempre torpe y desesperado, sobre la cama de tu habitación. Hace un rato, tú aún no existías en mi vida, ni había nada más que los ojos miel de mi mamá advirtiéndome de consecuencias desastrosas. Tan sólo hace un poco, llenaba de polvo las zapatillas recién arrebatadas a mi hermana, atravesándo un campo de flores seducido por la enloquecedora Primavera. Enredada entre mis sábanas, sentía que estaba allí y en cualquier otro lugar a la vez. Pensé que quizás era eso lo que sentían las personas cuando iban a morir, eso de "te pasa la vida entera ante los ojos. Cogí la cerveza de la mesilla y la vacié de un trago. También me deshice de las dos siguientes sin consideración alguna, con la mente en blanco y el cuerpo sin ningún patético intento de palpitar, asqueado de la muerte a la que le has relegado.
Me siento cobarde por no llamarte, y por no decirte que odio que me dejes sumergida en noches como esta, en las que los témpanos me apuntan desde el techo.
Y volveré a quedarme inmóvil días y días, hasta que vuelvas de llorar de tus playas de arenas volcánicas, aún reflejadas en tus ojos grises.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Cows cows cows

La fiebre me hace delirar. La ventanas están cerradas, las persianas son barrotes sin agujeros entre los que colar una taza y hacer ruidos. La puerta cerrada con cerrojo, ni siquiera hay una fina franja de luz anaranjada curioseando desde el pasillo. El techo inquebrantable sobre mi cabeza, me separa de la libertad del firmamento nocturno. Me lo imagino, ahí fuera, tal vez inexistente, tal vez destrozado por las luciérnagas de neón de las calles de esta gran ciudad. Mi cuerpo entero suda, abierto cada poro de la piel para encontrar una sóla partícula de aire liberado de esa opresiva emoción que me invade por completo. El pecho me va a estallar, un sentimiento atormentado acuchilla sus paredes. La sábana me aplasta como una cárcel, huele ligeramente a alcohol. Mi cara blanquecina se gira hacia la izquierda y la veo desnuda, durmiendo en paz, los labios amoratados semiabiertos, absorviendo cada uno de mis pensamientos. La abrazo sin comprender nada.
Condenado.