
El amor de Beatriz y Uriel resuena a gritos martilleando las paredes de cristal de la residencia, las que te permiten ver, con tus propios oídos, el mecanismo intrahistórico de la juventud. Desde mi cama, rodeada de los delfines gitarios encerrados en mi lámpara, suelo oír el mundo, normalmente con el ceño fruncido, algunas otras pocas veces con verdadera curiosidad y diversión, o incluso cariño.
Se oye a Bea, una niñita de ojos oscuros y redondos como canicas que siempre me ha recordado a una gitanilla de un libro de poesías de Gloria Fuertes que me leían de pequeña, escupiéndole insultos a Uriel a lo largo y ancho del pasillo. Uriel la persigue, en sus tremendos dos metros coronados por una ceja partida, y envueltos en el tranquilo semblante de un lago encerrado en una cueva oscura y descomunal. La maleta y su traqueteo, conducidas por Bea, encandenan y fustigan a Uriel como a un perro, contra el que arremete un arsenal de insultos que salen del minúsculo cuerpo de la chica. El mismo cuerpo que lo apalea imparable, sin importarle el dónde, cuándo y por qué. El mismo del que se escucha a cada instante por los rincones del edificio:
- ¿Dónde está todo el mundo? ... Ah, ya veo... Y... ¿dónde está Uriel?
Ella parece enfadada, ya se va a la estación, pero antes se dirige a su cuarto, recriminando algo que no consigo escuchar. Uriel y sus pisadas de rinoceronte se paran tras mi puerta, y ésta se estremece con el gruñido histérico que jamás hubiera esperado de ese pacífico animal. Bea desaparece del plano auditivo del pasillo. Silencio. El pesado rastro de Uriel desaparece por la fina línea de la puerta que Bea, a pesar de todo, no ha cerrado.
Silencio. Golpe opaco en una pared, quizás una puerta.
El amor de Beatriz y Uriel, en su silencio, ronroneando unos quince minutos largos.
El amor de Beatriz y Uriel gritando en el coraazón que parte hacia la estación.
Se oye a Bea, una niñita de ojos oscuros y redondos como canicas que siempre me ha recordado a una gitanilla de un libro de poesías de Gloria Fuertes que me leían de pequeña, escupiéndole insultos a Uriel a lo largo y ancho del pasillo. Uriel la persigue, en sus tremendos dos metros coronados por una ceja partida, y envueltos en el tranquilo semblante de un lago encerrado en una cueva oscura y descomunal. La maleta y su traqueteo, conducidas por Bea, encandenan y fustigan a Uriel como a un perro, contra el que arremete un arsenal de insultos que salen del minúsculo cuerpo de la chica. El mismo cuerpo que lo apalea imparable, sin importarle el dónde, cuándo y por qué. El mismo del que se escucha a cada instante por los rincones del edificio:
- ¿Dónde está todo el mundo? ... Ah, ya veo... Y... ¿dónde está Uriel?
Ella parece enfadada, ya se va a la estación, pero antes se dirige a su cuarto, recriminando algo que no consigo escuchar. Uriel y sus pisadas de rinoceronte se paran tras mi puerta, y ésta se estremece con el gruñido histérico que jamás hubiera esperado de ese pacífico animal. Bea desaparece del plano auditivo del pasillo. Silencio. El pesado rastro de Uriel desaparece por la fina línea de la puerta que Bea, a pesar de todo, no ha cerrado.
Silencio. Golpe opaco en una pared, quizás una puerta.
El amor de Beatriz y Uriel, en su silencio, ronroneando unos quince minutos largos.
El amor de Beatriz y Uriel gritando en el coraazón que parte hacia la estación.
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