Tumbada en la cama, oigo el mar. Tengo la cara aplastada contra la sábana y sabe a ti. Algo palpita en mi cabeza, permanezco inmóvil. Quizás sea la luz de la alta madrugada retumbando en las paredes de la habitación, pero no sé qué ahora es ahora. Hace un rato, nos dábamos el primer beso, siempre torpe y desesperado, sobre la cama de tu habitación. Hace un rato, tú aún no existías en mi vida, ni había nada más que los ojos miel de mi mamá advirtiéndome de consecuencias desastrosas. Tan sólo hace un poco, llenaba de polvo las zapatillas recién arrebatadas a mi hermana, atravesándo un campo de flores seducido por la enloquecedora Primavera. Enredada entre mis sábanas, sentía que estaba allí y en cualquier otro lugar a la vez. Pensé que quizás era eso lo que sentían las personas cuando iban a morir, eso de "te pasa la vida entera ante los ojos. Cogí la cerveza de la mesilla y la vacié de un trago. También me deshice de las dos siguientes sin consideración alguna, con la mente en blanco y el cuerpo sin ningún patético intento de palpitar, asqueado de la muerte a la que le has relegado.
Me siento cobarde por no llamarte, y por no decirte que odio que me dejes sumergida en noches como esta, en las que los témpanos me apuntan desde el techo.
Y volveré a quedarme inmóvil días y días, hasta que vuelvas de llorar de tus playas de arenas volcánicas, aún reflejadas en tus ojos grises.
No hay comentarios:
Publicar un comentario