jueves, 17 de febrero de 2011

¿Qué puedo hacer para cambiar el mundo?


Eso es lo único que he pensado tras varias horas leyendo periódicos caóticos en español, inglés y francés, viendo monstruosas fotos de la actualidad, escuchando noticias nefastas. Millones de informarciones de todos los puntos del mundo, como las miles de millones de gotitas que conforman la nube central de la tormenta. Todas en una misma dirección, hacia abajo. Nos derrumbamos. Empleo por primera vez en muchos años el pronombre "nos" incluyéndome en la humanidad, en ese conjunto del que había desistido, desesperada, por su inevitable y trágico delirio final. En todo ese rato, no he podido sonreír, mi ceño se fruncía cada vez más y más, y el corazón se me envolvía en pesadumbre, desangrado con las imágenes y palabras que el mundo hoy ha puesto ante mis ojos. No sé por qué he tenido la necesidad de incluírme en ese universo que está siempre alrededor, al cual ignoro, con una contínua y furiosa sensación de indefensión. Me he dicho, ¿de verdad quieres saber todo esto? ¿de qué te va a servir, si ahora tan sólo te encuentras mil veces peor que antes y no ha cambiado nada? Todo es tan irremediablemente triste y apestoso. Las personas se están matando, se inmolan y se llevan por delante a otras muchas, muchas veces pensando que hacen un favor. Las sociedades explotan y tan sólo son escuchadas con destrucción y muerte. Es eso, o seguir aplastados por el poder inmisericorde de la no libertad que critica la democracia. La democracia, el virus del siglo dieciocho-diecinueve, inundó nuestros hogares, con su poder del libre albedrío, con la plenitud, con el inmenso paraíso de nadie vale más que tú ni tú más que nadie. Pero ese valor equitativo, fue trastocado, deformado, es un monstruo monetario. La libertad de no pintar nada en el mundo, la equidad en obligaciones, la plenitud personal convertida en planitud moral, creativa, religiosa e intelectual del ser humano. Tú vales lo mismo que el otro, si tenéis el mismo dinero, claro.
El desengaño del siglo. La corrupción, violencia, machismo, contaminación, egoísmo y deshumanización pura fueron el caldo de cultivo de nuestra generación, los niños desamparados, los niños que esperan a que algo ocurra. La generación del nada es cierto, o quizás sí, tal vez no, todo puede ser, pero es IMPOSIBLE descubrirlo. Las jóvenes mentes están muertas, y con razón. Aprendimos de sus padres y madres, que no consiguieron nada que los gobiernos no les permitieran conseguir, pero así se creen que tienen poder, y están más contentos. Aprendimos de nuestros abuelos y abuelas a tener el valioso don de la conformidad: Mejor malo conocido que bueno por conocer. Mejor pájaro en mano que ciento volando. No llames la atención. No pidas más de lo que tienes, ya llegará si debe llegar. Cada uno tiene lo que le corresponde. Aigh, los caminos de Señor son inexcrutables.
Podría seguir horas y horas criticando cosas, pero no voy a hacerlo más. He pensado que todo es mucho más simple. Si algo no te gusta, lo cambias, sino, será información cobarde e inservible en tu huesuda cabezota. Bien, por donde empezar... Demasiadas cosas horribles.
Internet:
Mejorar cada uno. Si cambia el individuo, cambia la pareja. Si cambia la pareja, mejora la familia. Si cambia la familia, cambia la sociedad. Si cambia la sociedad ya esta, mejoramos el mundo. Puedes comenzar tu. Yo te sigo.
No te conozco de nada, ni sé quién cojones eres. No sé si te estabas escojonando de aquel que se hizo exáctamente la misma pregunta que yo, o si en verdad llevas ese principio al límite cada segundo de tu existencia. Pero confío en ti.

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