lunes, 29 de noviembre de 2010

Para ti, por supuesto.


Oh zorra puta asquerosa perra maldita cerda.

Por fin has venido

Quédate.

Quédate para siempre conmigo, niña caprichosa.


No sé muy bien por qué los colores y las sombras salen distintos a la realidad, así que espero que te guste más el original. Kurt, sabes que te quiero ¿verdad? Sí, lo sabes. Pero me encanta recordartelo y que te haga dudar para que vuelvas a mis brazos ansiosamente. Hasta dentro de nada, cariño.


¡VÁMONOS DE ESTA HABITACIÓN AL ESPACIO EXTERIOR!

martes, 23 de noviembre de 2010

Ahora mismo sentado, y quizás triste, Kurt:

Hola.
He empezado esta carta escrita con una pluma rosa de bolitos de forma mental(pues ahora es de mentira entre mis dedos) pensando en contarte algo con sentido, pero puede que no lo consiga, de hecho, espero que le encuentres algún sentido innato tú, quitando la escoria de palabras que suelen sobrar y adornar cualquier carta que habla de cosas humanas, como trocitos de piedra de colores embellecen una roca gris.
Sabes que recientemente he decidido darme un paseo por las mañana para ir y volver de la universidad. Para ello, me pongo muchas capas de ropa, porque, aunque haga más calor que en nuestro hogar, aquí el frío es lúgubre e intenso. Aunque ésto es sólo al principio. Conforme pasan los minutos me nace un calor en el estómago y en los labios, directamente proporcional a los besos recordados que me diste en esos sitios alguna vez. Entonces, llego a clase con una sensación rara, como la de un camaleón que no se puede transformar del todo, porque las manos, la nariz, las piernas y el corazón están temblando con carámbanos colgando como lianas. Al final, todo acaba volviéndose a congelar, llegando un punto álgido hacia las 9 de la noche. A partir de entonces, tus ojos caídos y tus sonidos mudos de letras virtuales penetran en mi piel, y a veces parece que me borbotean las entrañas. No sé si te explico bien.
También me gusta ese camino por otras cosas. Siempre está vacío, aún en estos tres inmensos meses no me he encontrado a nadie que me acompañara cantando a toda voz las siempre mismas 10 canciones que me grita el móvil, no tan mágico como el tuyo, pero lleno de ti. Es un camino susurrante, muy bueno para comenzar el día. Se escuchan los coches a unos metros, gruñendo al amanecer, como todas esas cosas negras y ruidosas hacen con las cosas dignas de ser admiradas, como ese trocito de cielo de la foto adjunta. Te la enseño con el único afán de mostrarte que, a veces, Madrid puede ser benevolente, si la ignoras, porque es una dama consentida y caprichosa. Así funcionan esas señoritas. En este lugar, al que quizás nunca pueda relacionar con el ambiguo concepto " mi casa", también hay nubes imitando olas de mar, soles tímidos y resfriados, árboles pasados por otoño... No sueles mirar con demasiado detenimiento esos vestidos de la naturaleza, pero te entiendo del todo, sabes que los tienes ahí, no tienes que apresarlos para cuando los necesites y no estén. Aunque también sé que te encantan, y que los disfrutas en tu silencio de criatura noble. Cuando tus ojos se vuelven naranjas prefieres mirarme a mí. Qué bonitos son esos ojos.
Creo que acabo de descubrir cuál es tu animal. ¡Vaya, eras la persona que más tiempo en toda mi vida me ha costado asignar un animal! Ya pensaba que eras uno de esos horribles cuatro elementos intocables. Eres un hermoso caballo de color marrón oscuro, y negro el cabello ondulante y las patas. Sí.
¿Qué podrías contarme tú de lo que ves?
Espero que algún día pueda dejarte las cartas metidas en nuestro buzón y las acabes de leer justo cuando yo entre por la puerta y grite:
-¡¡¡¡Ya estoy aquí!!!!- Me quito un abrigo rojo que por aquellos entonces tendré, mientras riendome te digo- No sabes lo que me ha pasado. ¡Ja ja ja! -(o je je je, creo que me río así). Te guardas la carta en el bolsillo de los pantalones de estar por casa y, como siempre, abres las piernas y los brazos para que me siente en medio. Lo hago, ya está automatizado el movimiento, y paso los brazos por tu cuello- Resulta que estaba viniendo en bicicleta y de repente...
Así más o menos lo espero.
Bueno, cariño, hasta que pueda dejar de usar estos métodos de escritura rudimentarios, te mando mi sonrisa y mis manos para que puedas usarlos como quieras hasta que esta noche hablemos y puedas darles sus real forma. Para su textura, sabor, olor, sonido y temperatura tendrás que esperar unos muy pocos días.
No sabes cuánto te quiero, tampoco lo sé yo. Sólo sé que puedo escribirte estas gilipoyeces sin avergonzarme, que me sentiré bien haciéndolo, y que tú te sentirás más querido con lo poco que puedo conseguir aquí, comparado con lo que me brinda el entorno ahí.
Un beso, Kurt, te echo mucho de menos. Todas las mañanas, todos los al mediodías, todas las horas de comer, todas las tardes, todos los (no)atardeceres de aquí, todos los minutos de espera cuando nos golpea internet, y todas las noches inmediatamente después de que me mandas un beso sordo. Te quiero, corazón, vida, cielo, preciosidad, primavera, mil cosas hermosas.
Tuyas, Courtney y su lámpara de delfines bailarines mareados.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Tarde.

Tranquilamente, seguía respirando. No dormía, no estaba despierto. No moría ¿Vivía? Tal vez a respirar gracias a una máquina se le puede llamar vida. Tal vez sólo si alguien espera a que abras los ojos un día.
Ella miraba por la ventana. Qué día tan precioso. Llovía a cántaros. El cielo lloraba. No, no lloraba, menudo berrinche llevaba encima. La habitación del hospital, cada vez más regularmente, se asustaba con los gritos de los truenos y los flashes de los relámpagos. La ventana daba a un pequeño bosquecillo al que las familias iban a pasar los domingos, ajenos a las vidas que se escapaban por las grietas del edificio blanco que se levantaba unos metros más allá. Hoy tampoco había estrellas. De todos modos, hacía ya no mucho que no las miraba.
Se volvió hacia él y lo observó, sin más. Su cabeza se hundía un poco en la almohada, con el pelo y la barba un poco más largos de lo normal. Los brazos extendidos sobre las sábanas. La mandíbula más marcada. Los tubitos deslizándose como alargadas sanguijuelas a lo largo de su cuerpo. Sus labios oscuros medio abiertos. Los párpados en un eterno parpadeo.
La chica carraspeó y cogió el libro que había sobre la mesita, junto a unas flores amarillas de la abuela de él, una Virgen de la madre y un paquete de Marboro de su mejor amigo. (Por si levanta-decía Fran- o por si el olor a tabaco le hace despertar).
Lo abrió y comenzó a leer, en voz alta, uno de los cuentos de Las mil y una noches. No sabía si a él le gustaba o no, pero no le había dado tiempo de ir hace unos días a la biblioteca a por un libro de policías y esas cosas, y Las mil y una noches era lo único por casa que no le hubiera leído ya. Si a él le gustaba no podía dejarlo a mitad. Y si no le gustaba... pues que abriera la puta boca y lo dijera.
Pasaron varias horas, varias enfermeras, y varios avisos de fin de visita. Era lo rutinario. Llevaba meses ahí viendo el amanecer, incluso se había llevado su butaca de leer a la habitación, para leer y dormir más comodamente. Por los días estaban la familia, algún amigo, estos cada vez menos habitualmente. Pero por las noches era suyo. Por las noches podía acariciarlo, lo besaba, le lloraba encima y le suplicaba que despertase. A veces le gritaba, incluso tiraba todos los libros y los horribles ramos prefabricados que ya comenzaban a pudrirse a los lados de la cama.
- ¡Despierta, joder! ¡Ya no tiene gracia! - Abría los ojos histérica y la voz retumbaba en el pasillo- ¡Me estoy cansando de este juego!
Entonces, normalmente, se derrumbaba sobre las piernas inmóviles del chico, hundiendo el rostro húmedo y en tono de súplica le mumuraba:
- Mi amor, mi amor... Lo siento... Por favor, soy una tonta, no te enfades conmigo... Soy una niña estúpida...
Eso, si las enfermeras no la oían, sino, un par de calmantes bastaban para hacerla dormir un rato y poder seguir con la lectura unas horas antes del amanecer.
Pero hoy leyó muchas, muchas horas. Con el intermitente piiiiii piiiiiii de la máquina como única contestación, como invitándole a continuar con la historia con entusiasmo de niño atento.
Ya despuntaba el sol, un sol pesado, un sol acuoso. Uno de esos soles que les enfriaban la nariz el invierno pasado, cuando reían, o se gritaban, o no se hablaban, pero que siempre acababan viéndoles reir.
Ella, serenamente, cerró el libro con suavidad. Cogió aire, sin prisas. Lo volvió a echar, con menos prisas aún. Dejó el libro sobre la mesilla y se levantó de la butaca, que protestó ligeramente por la ausencia del calor nocturno. La joven miró al chico y se quedó unos instantes ahí, plantada como una impenetrable escultura griega de Atenea. Poco a poco, se inclinó hacia él, y a unos centímetros de su cara le pareció ver que él le descubría sus cálidos ojos de otoño. Como tantas otras veces. Ella cerró los ojos y reposó la frente sobre la de él, sintiendo su calor, su preciosa cabeza ronroneante ahora yaciendo en el limbo. Con liviandad volvió a incorporarse, y sus manos sacaron un sobre del bolsillo de su vestido marrón. Lo dejó sobre el vientre, para que, si algún día se incorporara, fuera el primer sonido que percibiera, el del papel arrugado. Lo apretó suavemente con los dedos y, sin más demora, abandonó la habitación. Ya habían vivido una vez esa escena, solo que ella estaba en la cama, muda de lágrimas, y él se fue, con la millones veces escrita palabra "adios" en sus labios.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Débil.

Demonios, hoy no sale nada de aquí.
Sé que esta noche sí.
Apretaré al maldito botón de "editar", su mancha se habrá ya extendido por los territorios yermos de mi cerebro. ¿Cerebro? ¿Sale algo que de verdad merezca la pena del cerebro?Necesitamos su agua. Su jodida y puñetera boca.

martes, 2 de noviembre de 2010

Muchos siglos atrás.

Hace dos días pude observar las olas acariciadas por el traquilo mar nocturno, iluminadas por el resplandor de la luna, que se cuela, sin discriminación alguna, tanto en las cuevas erosionadas llenas de caracolas y esmeraldas perdidas, como entre las persianas corroídas de un hotel de carretera.

Me pregunto cuántas cosas preciosas habré tenido el placer de saborear a lo largo de mi vida. Se me viene a la cabeza la montaña de Guara al atardecer, vigilando como una orgullosa madre a su hijo verde extendiéndose por el valle. Puedo ver a una niña paralizada, más bien minúscula y ojerosa, admirando los brillantes regalos de arcoiris que misteriosos hombres habían olvidado bajo el árbol de plástico. Tal vez entre mis recuerdos está un enorme ruido, al golpear un montón de cosas muchas chicas aturdidas a la vez, y sonó, de repente, música primitiva.

Pero nunca nada había sido tan precioso como observar su cuerpo palpitante entre las sábanas.

¿Cuántas personas han descrito a su ser amado durmiendo? ¿Cuántas lo han hecho y se han sentido irremediablemente volcados a ser un mero observador de la belleza del cuadro más hermoso en el mundo? Nadie jamás podrá plasmar la rítmica quietud de la criatura durmiente, al igual que resultaría inutil encerrar en una melodía el sonido de las hojas cosquilleadas por el viento. Como no se puede describir la inmensidad del universo ante tus ojos, con las estrellas titilantes en el cielo de verano o la sensación que tiene entre las plumas un águila navegando bajo las nubes.

Y así, temblando para controlar mi respiración, estaré condenada al desbordamiento de lágrimas y sonrisas reprimidas para la eternidad. Pues el mundo se redujo a él... Y ahora, no sé si este realidad es la verdadera, pues la otra era demasiado bella como para tornarse en una lenta y lejana estrella fugaz. Tú. Eres ese pedazo de luz en el que me desintegro. Aquí está todo tintado. Te apresaré siempre en mis recuerdos inmensamente dormido y presa de ti eterna seré por ello.