Tranquilamente, seguía respirando. No dormía, no estaba despierto. No moría ¿Vivía? Tal vez a respirar gracias a una máquina se le puede llamar vida. Tal vez sólo si alguien espera a que abras los ojos un día.
Ella miraba por la ventana. Qué día tan precioso. Llovía a cántaros. El cielo lloraba. No, no lloraba, menudo berrinche llevaba encima. La habitación del hospital, cada vez más regularmente, se asustaba con los gritos de los truenos y los flashes de los relámpagos. La ventana daba a un pequeño bosquecillo al que las familias iban a pasar los domingos, ajenos a las vidas que se escapaban por las grietas del edificio blanco que se levantaba unos metros más allá. Hoy tampoco había estrellas. De todos modos, hacía ya no mucho que no las miraba.
Se volvió hacia él y lo observó, sin más. Su cabeza se hundía un poco en la almohada, con el pelo y la barba un poco más largos de lo normal. Los brazos extendidos sobre las sábanas. La mandíbula más marcada. Los tubitos deslizándose como alargadas sanguijuelas a lo largo de su cuerpo. Sus labios oscuros medio abiertos. Los párpados en un eterno parpadeo.
La chica carraspeó y cogió el libro que había sobre la mesita, junto a unas flores amarillas de la abuela de él, una Virgen de la madre y un paquete de Marboro de su mejor amigo. (Por si levanta-decía Fran- o por si el olor a tabaco le hace despertar).
Lo abrió y comenzó a leer, en voz alta, uno de los cuentos de Las mil y una noches. No sabía si a él le gustaba o no, pero no le había dado tiempo de ir hace unos días a la biblioteca a por un libro de policías y esas cosas, y Las mil y una noches era lo único por casa que no le hubiera leído ya. Si a él le gustaba no podía dejarlo a mitad. Y si no le gustaba... pues que abriera la puta boca y lo dijera.
Pasaron varias horas, varias enfermeras, y varios avisos de fin de visita. Era lo rutinario. Llevaba meses ahí viendo el amanecer, incluso se había llevado su butaca de leer a la habitación, para leer y dormir más comodamente. Por los días estaban la familia, algún amigo, estos cada vez menos habitualmente. Pero por las noches era suyo. Por las noches podía acariciarlo, lo besaba, le lloraba encima y le suplicaba que despertase. A veces le gritaba, incluso tiraba todos los libros y los horribles ramos prefabricados que ya comenzaban a pudrirse a los lados de la cama.
- ¡Despierta, joder! ¡Ya no tiene gracia! - Abría los ojos histérica y la voz retumbaba en el pasillo- ¡Me estoy cansando de este juego!
Entonces, normalmente, se derrumbaba sobre las piernas inmóviles del chico, hundiendo el rostro húmedo y en tono de súplica le mumuraba:
- Mi amor, mi amor... Lo siento... Por favor, soy una tonta, no te enfades conmigo... Soy una niña estúpida...
Eso, si las enfermeras no la oían, sino, un par de calmantes bastaban para hacerla dormir un rato y poder seguir con la lectura unas horas antes del amanecer.
Pero hoy leyó muchas, muchas horas. Con el intermitente piiiiii piiiiiii de la máquina como única contestación, como invitándole a continuar con la historia con entusiasmo de niño atento.
Ya despuntaba el sol, un sol pesado, un sol acuoso. Uno de esos soles que les enfriaban la nariz el invierno pasado, cuando reían, o se gritaban, o no se hablaban, pero que siempre acababan viéndoles reir.
Ella, serenamente, cerró el libro con suavidad. Cogió aire, sin prisas. Lo volvió a echar, con menos prisas aún. Dejó el libro sobre la mesilla y se levantó de la butaca, que protestó ligeramente por la ausencia del calor nocturno. La joven miró al chico y se quedó unos instantes ahí, plantada como una impenetrable escultura griega de Atenea. Poco a poco, se inclinó hacia él, y a unos centímetros de su cara le pareció ver que él le descubría sus cálidos ojos de otoño. Como tantas otras veces. Ella cerró los ojos y reposó la frente sobre la de él, sintiendo su calor, su preciosa cabeza ronroneante ahora yaciendo en el limbo. Con liviandad volvió a incorporarse, y sus manos sacaron un sobre del bolsillo de su vestido marrón. Lo dejó sobre el vientre, para que, si algún día se incorporara, fuera el primer sonido que percibiera, el del papel arrugado. Lo apretó suavemente con los dedos y, sin más demora, abandonó la habitación. Ya habían vivido una vez esa escena, solo que ella estaba en la cama, muda de lágrimas, y él se fue, con la millones veces escrita palabra "adios" en sus labios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario