
El sol se erguía sobre las chapas metálicas de los coches, que zumbaban como asquerosos abejorros impregnados de humo por la colmena infecta en la que mi rabia e indefensión han convertido a esta ciudad. Hay hojas crujiendo entre las patitas de los gusanos, las palomas cagan sobre las nobles cabezas de nuestros antepasados inmortalizados en mármol, que miran a la eternidad, con cierto pasmo en los ojos.
Pero a mí todo eso me da igual. Las plantas que tejen una cortina en la ventana de mi habitación están cubiertas por una fina capa de rocío sanguinolento que el primer sol ha pintado con sus dedos rosados. Alguien haría una metáfora con ésto, encontraría una manera poética y lúgubre de decir que las primeras aguas ya indicaban un fatídico día de pasión convertida en sangre coagulada sobre cualquier superficie menos la deseada. A mí, eso me da igual. No busco indicativos, ni imágenes, ni nada. Sé que mi destino está ahí, inamovible y con una espeluznante carcajada que me escupe encima cada día.
No me hacen falta fotos en las que esté riendo como una niña, o lápices que haya tocado con sus manos blancas y torpes. Aunque jamás hubiera posado los ojos en mis sábanas o me hubiera entregado una flor que había robado al parque para ponérselo en el cabello oscuro, yo seguiría otorgando a cada partícula de mi alrededor esa total omnipotencia, omnipresencia, omne-omnis, ella.
Cuando decidí ser escritor, fotógrafo, pintor, músico y demás profesiones tristes y engañosas de hombre enamorado, pensé que lo que más me convenía era ser de esa parte de seres que aúllan a la musa desde lo más putrefacto del vaso del más asqueroso bar. De esos a los que la primavera les dan arcadas, para los que las mujeres son simples sombras nauseabundas de una deidad femenina inalcanzable porque les apetece, por cobardes, estúpidos y gustosos de revolcarse en la mierda y desprender la peste de una muerte lenta y pasiva.
Por eso nunca hablo de ella en lo que escribo, ni he dibujado su brazo decorado con brazaletes de plata o sus párpados empolvados en púrpura. Nosotros, los auto desterrados de la felicidad, no necesitamos una pléyade de sacrificios y reses muertas que indiquen el amor a Nuestra Mujer. Ella, implícita en nuestro ser, recorre cada una de nuestras obras, recubriéndolas con su vientre acolchado y negro, sin estrellas, y os mira con desdén; sabéis que, irremediablemente, a vosotros os envolverá con vómitos y dolor. Sabíais desde un principio que las rosas se pudren, por mucho que os empeñéis en cantarles odas.
