miércoles, 30 de marzo de 2011

Nucas japonesas


El sol se erguía sobre las chapas metálicas de los coches, que zumbaban como asquerosos abejorros impregnados de humo por la colmena infecta en la que mi rabia e indefensión han convertido a esta ciudad. Hay hojas crujiendo entre las patitas de los gusanos, las palomas cagan sobre las nobles cabezas de nuestros antepasados inmortalizados en mármol, que miran a la eternidad, con cierto pasmo en los ojos.
Pero a mí todo eso me da igual. Las plantas que tejen una cortina en la ventana de mi habitación están cubiertas por una fina capa de rocío sanguinolento que el primer sol ha pintado con sus dedos rosados. Alguien haría una metáfora con ésto, encontraría una manera poética y lúgubre de decir que las primeras aguas ya indicaban un fatídico día de pasión convertida en sangre coagulada sobre cualquier superficie menos la deseada. A mí, eso me da igual. No busco indicativos, ni imágenes, ni nada. Sé que mi destino está ahí, inamovible y con una espeluznante carcajada que me escupe encima cada día.
No me hacen falta fotos en las que esté riendo como una niña, o lápices que haya tocado con sus manos blancas y torpes. Aunque jamás hubiera posado los ojos en mis sábanas o me hubiera entregado una flor que había robado al parque para ponérselo en el cabello oscuro, yo seguiría otorgando a cada partícula de mi alrededor esa total omnipotencia, omnipresencia, omne-omnis, ella.
Cuando decidí ser escritor, fotógrafo, pintor, músico y demás profesiones tristes y engañosas de hombre enamorado, pensé que lo que más me convenía era ser de esa parte de seres que aúllan a la musa desde lo más putrefacto del vaso del más asqueroso bar. De esos a los que la primavera les dan arcadas, para los que las mujeres son simples sombras nauseabundas de una deidad femenina inalcanzable porque les apetece, por cobardes, estúpidos y gustosos de revolcarse en la mierda y desprender la peste de una muerte lenta y pasiva.
Por eso nunca hablo de ella en lo que escribo, ni he dibujado su brazo decorado con brazaletes de plata o sus párpados empolvados en púrpura. Nosotros, los auto desterrados de la felicidad, no necesitamos una pléyade de sacrificios y reses muertas que indiquen el amor a Nuestra Mujer. Ella, implícita en nuestro ser, recorre cada una de nuestras obras, recubriéndolas con su vientre acolchado y negro, sin estrellas, y os mira con desdén; sabéis que, irremediablemente, a vosotros os envolverá con vómitos y dolor. Sabíais desde un principio que las rosas se pudren, por mucho que os empeñéis en cantarles odas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Tu vientre sabe a pan


Por aquellos entonces Eliseo, Donna y yo no dejábamos de discutir y de esnifar velas afrutadas olor mora varias horas después de comentar lo asquerosa que estaba la cena. Yo me tumbaba en la cama, intentando leer para seguir alimentando el monstruo de mi autoestima, medido en la escala de las letras. Solía estar muy incómoda, en parte porque no podía escuchar lo que decían y nutrirme lingüísticamente al mismo tiempo, en parte porque mi cama siempre estaba llena de dunas de ropa bajo las sábanas apestosas que me descalabraban las vertebras. Eliseo solía estar ligeramente tumbado en la pared de enfrente, con cara de no querer estar ahí como un perro tirado en el suelo, pero con una buena perspectiva que le permitía ver en nuestras caras, fallos que no se mostraban en las palabras enmascaradas que sacábamos a relucir en nuestras continuas discusiones (discusiones de cualquier tipo, lo importante era morir de sueño al día siguiente y acostarte con la sensación de que lo podrías haber hecho mejor). No solíamos pasarlo bien, pero las raíces de la compañía nocturna llevaban varios años enredándose en los barrotes negros de las escaleras que conectában nuestros neftalínicos pisos de estudiantes, de los que decíamos que eran tipo "años 50" (mueca tipo bohemia incluída, según el status del receptor), para no reconocer que era un simple y llano cuarto cobrizo que nos alquilaba una viuda estoica. Donna se hacía trenzas frente al espejo junto a Eliseo, susurraba como una hojita de abedul, y nos machacaba con su continua presencia del paso del tiempo, el cual medíamos según lo que se le notaban los huesos de la cadera bajo su piel azulada (redondeados en verano y amenzadoramente estridentes en el invierno), y según el cambio a una nueva etapa, reflejado en la longitud de su pelo blanquecino. Los tres rondábamos los 30 años, y desde los 20 veíamos videoclips curiosos, y nos contábamos lo que habíamos aprendido durante el día. Jamás salimos juntos por el día, nuestra identidad giraba en torno a lo que habíamos hecho ese día, para contarlo por la noche a los otros dos. El haber hecho algo en común, nos hubiera hecho confundir nuestra propia identidad, pues éramos lo que nos decíamos a la llegada de la hora de los muertos. Una noche, Dona y yo andábamos muy discutidas, vigiladas por las socarronas cejas rubias de Eliseo encuadrando esas horribles gafas que le dio por usar, sin ningún motivo, a simple vista, que el espantar al género femenino universitario. El conflicto venía porque Donna se había enamorado del vecino espectral del primero, a mí me habían entrado las ganas también de sentir escalofríos al ver su maletín desapareciendo en el rellano del edificio, y ahora negociábamos cual de las dos tenía las facultades más adecuadas para quedárselo, imaginariamente, lo más seguro, y basándonos en la descripción que Eliseo había hecho sobre el chico en particular.
- Eres tan estirada y lunática que jamás conseguirías que te pasara la sal ni con pinzas. Sois muy distintos.
- Calla, rata- susurró Donna, cerrándo los ojos, los cuales le temblaban siempre como dos mariposillas- Ahí está tú problema. Yo no estoy tan enamorada de mi ombligo como para buscar una extensión de mí misma para sentirme bien con otra persona. En verdad, eres triste, porque, por suerte o por desagracia, nunca encontrarás a nadie como tú.
Las hojas del libro entre mis dedos se quebraron, las vertebras volvieron a su lugar natural con un golpe de frío que asoló la cama, y Eliseo se retorció de placer con la explosión de lenguaje gestual que se estampó contra la ventana de la habitación.