miércoles, 9 de marzo de 2011

Tu vientre sabe a pan


Por aquellos entonces Eliseo, Donna y yo no dejábamos de discutir y de esnifar velas afrutadas olor mora varias horas después de comentar lo asquerosa que estaba la cena. Yo me tumbaba en la cama, intentando leer para seguir alimentando el monstruo de mi autoestima, medido en la escala de las letras. Solía estar muy incómoda, en parte porque no podía escuchar lo que decían y nutrirme lingüísticamente al mismo tiempo, en parte porque mi cama siempre estaba llena de dunas de ropa bajo las sábanas apestosas que me descalabraban las vertebras. Eliseo solía estar ligeramente tumbado en la pared de enfrente, con cara de no querer estar ahí como un perro tirado en el suelo, pero con una buena perspectiva que le permitía ver en nuestras caras, fallos que no se mostraban en las palabras enmascaradas que sacábamos a relucir en nuestras continuas discusiones (discusiones de cualquier tipo, lo importante era morir de sueño al día siguiente y acostarte con la sensación de que lo podrías haber hecho mejor). No solíamos pasarlo bien, pero las raíces de la compañía nocturna llevaban varios años enredándose en los barrotes negros de las escaleras que conectában nuestros neftalínicos pisos de estudiantes, de los que decíamos que eran tipo "años 50" (mueca tipo bohemia incluída, según el status del receptor), para no reconocer que era un simple y llano cuarto cobrizo que nos alquilaba una viuda estoica. Donna se hacía trenzas frente al espejo junto a Eliseo, susurraba como una hojita de abedul, y nos machacaba con su continua presencia del paso del tiempo, el cual medíamos según lo que se le notaban los huesos de la cadera bajo su piel azulada (redondeados en verano y amenzadoramente estridentes en el invierno), y según el cambio a una nueva etapa, reflejado en la longitud de su pelo blanquecino. Los tres rondábamos los 30 años, y desde los 20 veíamos videoclips curiosos, y nos contábamos lo que habíamos aprendido durante el día. Jamás salimos juntos por el día, nuestra identidad giraba en torno a lo que habíamos hecho ese día, para contarlo por la noche a los otros dos. El haber hecho algo en común, nos hubiera hecho confundir nuestra propia identidad, pues éramos lo que nos decíamos a la llegada de la hora de los muertos. Una noche, Dona y yo andábamos muy discutidas, vigiladas por las socarronas cejas rubias de Eliseo encuadrando esas horribles gafas que le dio por usar, sin ningún motivo, a simple vista, que el espantar al género femenino universitario. El conflicto venía porque Donna se había enamorado del vecino espectral del primero, a mí me habían entrado las ganas también de sentir escalofríos al ver su maletín desapareciendo en el rellano del edificio, y ahora negociábamos cual de las dos tenía las facultades más adecuadas para quedárselo, imaginariamente, lo más seguro, y basándonos en la descripción que Eliseo había hecho sobre el chico en particular.
- Eres tan estirada y lunática que jamás conseguirías que te pasara la sal ni con pinzas. Sois muy distintos.
- Calla, rata- susurró Donna, cerrándo los ojos, los cuales le temblaban siempre como dos mariposillas- Ahí está tú problema. Yo no estoy tan enamorada de mi ombligo como para buscar una extensión de mí misma para sentirme bien con otra persona. En verdad, eres triste, porque, por suerte o por desagracia, nunca encontrarás a nadie como tú.
Las hojas del libro entre mis dedos se quebraron, las vertebras volvieron a su lugar natural con un golpe de frío que asoló la cama, y Eliseo se retorció de placer con la explosión de lenguaje gestual que se estampó contra la ventana de la habitación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario