lunes, 20 de septiembre de 2010

Palidez

Me encanta congelarme. Me encanta calentarme en esta manta azul, color bebé. Los días fríos y lluviosos me siento débil, apaleada, recogida en este bosque oculto y susurrante, en este océano mecedor. Pocas cosas más me gustan que estar enferma. Medio muerta, convaleciente, derrotada, y con mil grados de fiebre. Yo y mis sábanas. Yo y mi sudor. Yo y la oscuridad, murmurándome al oído, cantándome para que me duerma. Así me despierto, me revivo, me pesan los párpador como después de un duro invierno de aletargamiento. Con los huesos de piedra, el pelo enredado y la piel pura.
Me gusta estar muy enferma, y poco a poco notal el olor de la primavera impregnando la marchita habitación. El cuerpo en ruinas, al que, de repente, alguien visita con su tierna caricia.
Disfruto el malestar porque se me antoja placer, y me hace sonreir que alguien tenga ese inmenso honor de verse necesario, de sentirse util y dejarse amar al indefenso. Porque todo el mundo necesita apaciguar el amor que le trota por dentro queriendo romper las verjas. Y ésta es una buena excusa, no se da explicación alguna, simplemente es necesario.
Hoy no estoy enferma, pero estoy sintiendo el abatimiento. La cabeza hacia un lado, los ojos lacrimosos, la tez púrpura. Algunas caricias parecen domarme. Pero sólo son tus manos de brisa. Cuídame. Cuídame algún día y siente que no debo morir.

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