Mi artista, querido, ya no escribe, y yo ya no sirvo. Y el motivo es uno y muchos y ninguno. Tal vez ya no haya un mundo en mis ojos que quiera describir, quizás se ha dado cuenta de que sólo puede en ellos aspirar a ver una pupila danzante. Quizás deba buscar otra musa, pues ésta ha quedado estéril e inútil, que le dé fecundas primaveras. Me apenaría, pero no me importa, porque la musa acaba comprendiendo que ella es un instrumento subordinado a la mente creadora, y sólo debe bogar por ella, como mera esclava hermosa y caprichosa. Sólo quiero que mi artista cree, y que yo, lo lea o no, siga amando el movimiento de sus manos haciendo historias. Es posible que mi artista ya no necesite inventarse otros mundos porque ha encontrado la felicidad. Aparecen dudas perladas en mi frente, y colgantes en las pestañas, que me recuerdan que lo estable está muerto.
Y ¿qué puedo hacer? Vestirme de colores, llorar y gritar y pegarle bofetadas en las mejillas, danzar y cantar con un uquelele, enseñarle mis dedos que empiezan a educarse en el arte de acariciar una guitarra, irme, viajar, engañarle, hacerle saber que si a la musa no la utilizan se muere, y se convierte en fantasma anhelante.
Lo mejor que puedo hacer es suplicarle que me use.
Úsame, no quiero que mi presencia se marchite.
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