Hacía mucho tiempo que no sentía esta soledad. Bueno, de hecho nunca.
Suelo sentirme desesperadamente sola, pero no sola, sino con necesidad de una persona en concreta. Varía de persona. A veces es él, la mayoría de las veces. En otras ocasiones me siento sola teniendo a la gente que podría ayudarme a unas puertas de mi cama, pero soy incapaz de reclamar compañía. Odio ser débil.
Y cuando me siento necesitada de él, no es por abandono, sino por impotencia. Porque antes queríamos estar todo el día juntos, amándonos sin tocarnos, uno al lado del otro, hablando sobre mil cosas y diciéndonos que nos teníamos para siempre el uno al otro. Era sencillo. Era hermoso. Era pensar que realmente alguien te ama por existir.
Y hoy es muy distinto. He vuelto a esta ciudad, que era nuestro santuario, nuestra cama enorme e inamovible en el tiempo. Y él no existe. Está en las sombras.
Es algo así como un rastro de cadáveres con su cara por todos lados. En la biblioteca, sección de ciencia ficción/Stephen King, en nuestro largos paseos mirando las mismas tiendas y diciéndole todas las ropas que me compraría y objetos con los que adornaría mi cuerpo. En nuestro bar preferido y el más odiado de todos. En el portal de mi casa con despedidas inconmensurables. En el parque lleno de colores. En el chino que aguarda, como todos los viernes, a que nos cojamos las manos alargándolas desde cada lado para unirlas. En las tazas de chocolate de los domingos, en los cereales en mi casa el sábado. Reflejados en la pantalla del ordenador en mi casa, intentando ver una película que siempre me aburre. En los besos tiernos que ya no existen.
Qué crueldad.
No creo que vuelva a esta ciudad más si no es por obligación. Es asqueroso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario