
Te escribo esta carta por ordenador porque te prometí mandarte una en el momento de acabar los exámenes. Aún no he acabado los exámenes, ni he escrito una carta que merezca la pena de las 4 que están sobre mi mesa. Tampoco tengo sobres, ni sellos, así que este fin de semana tendré que comprarlos para poder cumplir mi promesa cuanto antes.
Chico azul, estoy tan triste. Desde hace unos días lloro de repente. Las sonrisas se evaporan y ascienden al cielo, y entre las nubes se quedan para no volver a bajar. De vez en cuando siento la adrenalina de ir a un exámen que me importa más bien poco. O me pasa algo especial, como que Elisa no pare de contarme guarradas que hizo en su adolescencia, coincidiendo con el momento en el que más ganas tendría de estar contigo haciendo el amor, en cualquier lugar, pero contigo. También vi a un gótico hermoso tocando el arpa, con su maquillaje resbalando desde sus párpados como si pasara cada una de las noches de su vida llorando. Con sus dedos lúgubres de hombre atormentado, acariciaba las cuerdas de su instrumento. Parecía como si tocara a la mujer débil y de vestido blanco que lo abandonó un día de hace siglos, en mitad del bosque. El lugar donde siempre quedaban a la media noche, para ver las estrellas y amarse sin pausa, con las hiedras como dóciles expectadoras, protegiéndolos entre sus esqueléticos brazos verdes de los que querían separarlos. Deberías haberlo visto. Era como si cantara un cisne negro a la luna. Me deshice.
He visto otras cosas, aunque no tan mágicas. Vi una casa en mitad de Callau, hecha completamente de basura encontrada en el mar. La verdad es que era más bonita que muchos de los trozos de cemento y hormigón que hoy en día conformas las calles de nuestras fúnebres ciudades, en las que todo el mundo se cree alguien especial, pero son tan fáciles de olvidar como el copo de nieve que cae en diciembre sobre los bosques de nuestras húmedas y montañosas tierras invernales. Echo mucho de menos perderme entre los árboles un día nublado, oír algo a mis espaldas y pensar que quizás sea un hada riéndose entre las hojas, como un libro me hizo creer de pequeña. Me apetece vivir por la noche, disfrutarla, sobretodo del ocaso. Vivir la quietud del sol adormilándose, esparciendo sus sábanas naranjas, fuxias y celestes a lo largo del la bóveda del mundo. Y tu fugaz figura en primer plano, oscura, sonriendo, recorriendo sobre una bicicleta, los caminos polvorosos de las afueras de nuestra preciosa ciudad. La noche era antes una fiel compañera, pálida y acogedora. Antes nos envolvía en su manto de estrellas y nos hacía sentir que todo lo que hasta ahora el sol nos había enseñado, eran colores esparcidos sin orden por el lienzo de la realidad. Cuando tú, Kurt, y yo, nos unimos, supimos que le dábamos significado a todo sin necesidad de explicarlas con palabras. Nuestros ojos eran agua que nos permitía ver el universo entero reflejado en sus olas. ¿Y ahora, que queda? Nos queda acudir cada noche a los brazos de las palabras del otro, que, desde los lejos, se prometen el retorno a esa selva recién descubierta, y no salir de ella jamás. Pero nos quedan las lianas retorcidas alrededor de nuestro cuerpo, como muestra de la realidad de esa jungla. Y, aunque no paciente, por ir en contra de mi atormentada naturaleza, espero a que un día volvamos a estar juntos, para no parar de besarnos, de leer, de abrazarnos, de suspirar, de observar las estrellas y decirnos que la luna nos tiene envidia por estar contemplando a dos seres tan enamorados, y ella estar tan sola.
El año que viene, es casi seguro que el desertar del campo de batalla de mi propio interior, finalice. Estoy casi segura de que llegaré con unas enormes maletas a la estación y no tendré que rehacerlas tres meses después. Permito a mi mente arremeter contra mi orgullo y decirle que es un jodido fanfarrón, y que si sigue así, estará sólo y perdido, y ya será demasiado tarde como para ir rogando que le perdonen por su estupidez. Quiero pensar que al final acabaré escogiendo bien, pase lo que pase. Y resuenan en mi cabeza las palabras que ayer me digiste:
- Creo que ya sabes lo que quieres, pero no sabes que lo sabes.
Es cierto.
Bueno, hojita triste de otoño, espero que esta carta te anime a querer besarme dentro de siete días, a venir a verme dentro de 21, y a esperarme tres meses y un poco más para continuar todo aquello que no nos dió tiempo de vivir cuando el sol ardía y la luna, viéndonos, también.
Un besito, mi vida, y siento mucho estar así, tan triste y perdida, tan centrada en mí misma. De verdad, que ojalá pronto pueda volver a sonreir y que tú te creas que verdaderamente es de felicidad de verte. Espero que sigas pensando que te quiero, que haré cada uno de mis gestos para provocarte una de tus preciosas miradas naranjas. Te quiero, Kurt. No lo olvides, por favor.
Desde la ciudad lacrimosa:
Courtney.
Chico azul, estoy tan triste. Desde hace unos días lloro de repente. Las sonrisas se evaporan y ascienden al cielo, y entre las nubes se quedan para no volver a bajar. De vez en cuando siento la adrenalina de ir a un exámen que me importa más bien poco. O me pasa algo especial, como que Elisa no pare de contarme guarradas que hizo en su adolescencia, coincidiendo con el momento en el que más ganas tendría de estar contigo haciendo el amor, en cualquier lugar, pero contigo. También vi a un gótico hermoso tocando el arpa, con su maquillaje resbalando desde sus párpados como si pasara cada una de las noches de su vida llorando. Con sus dedos lúgubres de hombre atormentado, acariciaba las cuerdas de su instrumento. Parecía como si tocara a la mujer débil y de vestido blanco que lo abandonó un día de hace siglos, en mitad del bosque. El lugar donde siempre quedaban a la media noche, para ver las estrellas y amarse sin pausa, con las hiedras como dóciles expectadoras, protegiéndolos entre sus esqueléticos brazos verdes de los que querían separarlos. Deberías haberlo visto. Era como si cantara un cisne negro a la luna. Me deshice.
He visto otras cosas, aunque no tan mágicas. Vi una casa en mitad de Callau, hecha completamente de basura encontrada en el mar. La verdad es que era más bonita que muchos de los trozos de cemento y hormigón que hoy en día conformas las calles de nuestras fúnebres ciudades, en las que todo el mundo se cree alguien especial, pero son tan fáciles de olvidar como el copo de nieve que cae en diciembre sobre los bosques de nuestras húmedas y montañosas tierras invernales. Echo mucho de menos perderme entre los árboles un día nublado, oír algo a mis espaldas y pensar que quizás sea un hada riéndose entre las hojas, como un libro me hizo creer de pequeña. Me apetece vivir por la noche, disfrutarla, sobretodo del ocaso. Vivir la quietud del sol adormilándose, esparciendo sus sábanas naranjas, fuxias y celestes a lo largo del la bóveda del mundo. Y tu fugaz figura en primer plano, oscura, sonriendo, recorriendo sobre una bicicleta, los caminos polvorosos de las afueras de nuestra preciosa ciudad. La noche era antes una fiel compañera, pálida y acogedora. Antes nos envolvía en su manto de estrellas y nos hacía sentir que todo lo que hasta ahora el sol nos había enseñado, eran colores esparcidos sin orden por el lienzo de la realidad. Cuando tú, Kurt, y yo, nos unimos, supimos que le dábamos significado a todo sin necesidad de explicarlas con palabras. Nuestros ojos eran agua que nos permitía ver el universo entero reflejado en sus olas. ¿Y ahora, que queda? Nos queda acudir cada noche a los brazos de las palabras del otro, que, desde los lejos, se prometen el retorno a esa selva recién descubierta, y no salir de ella jamás. Pero nos quedan las lianas retorcidas alrededor de nuestro cuerpo, como muestra de la realidad de esa jungla. Y, aunque no paciente, por ir en contra de mi atormentada naturaleza, espero a que un día volvamos a estar juntos, para no parar de besarnos, de leer, de abrazarnos, de suspirar, de observar las estrellas y decirnos que la luna nos tiene envidia por estar contemplando a dos seres tan enamorados, y ella estar tan sola.
El año que viene, es casi seguro que el desertar del campo de batalla de mi propio interior, finalice. Estoy casi segura de que llegaré con unas enormes maletas a la estación y no tendré que rehacerlas tres meses después. Permito a mi mente arremeter contra mi orgullo y decirle que es un jodido fanfarrón, y que si sigue así, estará sólo y perdido, y ya será demasiado tarde como para ir rogando que le perdonen por su estupidez. Quiero pensar que al final acabaré escogiendo bien, pase lo que pase. Y resuenan en mi cabeza las palabras que ayer me digiste:
- Creo que ya sabes lo que quieres, pero no sabes que lo sabes.
Es cierto.
Bueno, hojita triste de otoño, espero que esta carta te anime a querer besarme dentro de siete días, a venir a verme dentro de 21, y a esperarme tres meses y un poco más para continuar todo aquello que no nos dió tiempo de vivir cuando el sol ardía y la luna, viéndonos, también.
Un besito, mi vida, y siento mucho estar así, tan triste y perdida, tan centrada en mí misma. De verdad, que ojalá pronto pueda volver a sonreir y que tú te creas que verdaderamente es de felicidad de verte. Espero que sigas pensando que te quiero, que haré cada uno de mis gestos para provocarte una de tus preciosas miradas naranjas. Te quiero, Kurt. No lo olvides, por favor.
Desde la ciudad lacrimosa:
Courtney.
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