sábado, 29 de enero de 2011
La galaxia de nuestra habitación
La luz entreba por la ventana en forma de color de lluvia. Las lágrimas del cielo resvalaban por el cristal, formando una catarata que seperaba la habitación del resto del mundo. Si había un mundo, si el resto del universo seguía existiendo. A él le daba completamente lo mismo, lo único que importaba dormía con una mano extendida sobre su vientre. Dentro de la habitación había una bruma púrpura. Pequeñas lucecitas de colores jugaban en las paredes, formando estrellas, planetas, agujeros negros, lunas, soles. Eran de la vela que ella se había empeñado en comprar el domingo pasado en el mercado. Dentro la suave llama tiritaba y los cristales de colores de la cerámica en la que estaba encerrada eran los que conformaban ese universo particular en las paredes. Al principio no le vio la utilidad. Luego se maravilló ante la capacidad que ella tenía de sacar lo más hermoso de cosas insignificantes. Así se sintió el cuando sus labios de mariposa lo besaron diez años atrás. Sintió un rodillo aplastándole las piernas. Una espalda le aprisionaba con crueldad. Sonrió. Acaparadora. Ella dormía en bragas, porque los vecinos no querían bajar la calefacción central. A él le tocaba ir siempre a protestar al estúpido matrimonio Gandral para que dejaran su tortura de desierto al medio día. Cuando ella ya había pasado dos semanas gritando, dando con la escoba en el techo, tirando canicas por el suelo, y poniendo su música infernal los domingos por la mañana, sin haber conseguido resultados significativos, él subía a la puerta de los señores y se sentaba en la escalera. Le encantaba que se paseara por toda la casa así, la reina en ropa interior. Suspiró y miró su cuerpo. Que ya no era el mismo, pero al que siempre adoraría. Admiró su pelo extiendiéndose por el colchón, como los rayos del sol alrededor del cual giraba toda la habitación. Se tiró sobre ella, cortandole la respiración con todo su peso (uhm, cada vez más creciente, malditos años). Se despertó deshorientada, y se tornó en un encantador demonio de tasmania. - ¡Imbécil! Lo empotró de un golpe contra la ventana y se dio la vuelta. Suspiro. Aigh.
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