Ésto es un trozo de mí para que, el desgraciado o aburrido que algún día llegue a este rincón de mierda y lo lea, sepa qué es lo que no me gusta.
No me gusta no tener la paciencia suficiente para dejarme el pelo largo, ni las personas que adelgazan raro, sólo el culo. Ni cuando intento sintonizar en la radio una emisora y no deja de oírse el ruido de burbujas de fondo. El rato antes de salir en que ya estás vestida y estás esperando a que sea el momento. La gente que habla en los museos en voz alta. Odio a las personas que van por el carril bici y saben que hay personas detrás de ellas que van en bici. Los adolescentes que gritan como cazurros intencionadamente, para que no piensen sus amigos que tienen un mínimo de intelectualidad, aunque lo tengan. Que mi madre mire lo que he recogido en bolsas que van a ser tiradas a la basura. Que mi padre se tía como mi tío Juancho, como un psicópata, cuando mi hermana pone los ojos entrecerrados como si fuera boba y cuando mi madre hace muecas estúpidas siempre que está incómoda. Cuando el poleo menta está demasiado caliente como para bebérselo y tú lo quieres hacer ya. Cuando como sin hambre y sé que tengo que comer. Cuando me peso y no hay manera. Los abuelos que miran las piernas. Un día encapotado, el encapotado que mata a los ojos. La carne y las patatas fritas. McDonals. Las chicas con camisetas de I love NY o la NBA. Las personas que se ríen de tu foto de carnet. Los periodistas que gritan y se interrumpen entre ellos. La oscuridad. Cuando intento dormirme y me agobio porque tengo la sensación de que se me van a poner los ojos del revés y me paso minutos y minutos intentando controlar mis órbitas. La gente perfectamente frustrante como las que vocalizan mucho, o dicen cosas sinceras, o las que provocan situaciones incómodas por su mala educación, o las que dicen las cosas muy claras, las que cuentan chistes mientras fuman, las que controlan completamente su tiempo y no puedes improvisar con ellas, las que toman drogas todos los fines de semana o diariamente, los bohemios de palo y los que llevan gafas enormes. El chocolate procesado, el viento, las ovejas. Los franceses, las personas que tocan demasiado o las que dicen continuamente sus sentimientos. El agua que sabe a otra casa, las flores de tela. La distancia, sí que podría considerarse odio, como lo del carril bici por lo menos. Las horas antes de llegar a casa después de un viaje. Los intestinos vagos. Como un millón de alimentos. El celo. Cuando intento dibujar y mi mano parece de orangután con Parkinson. Los niños que lloran. Los dependientes de tiendas que te ignoran. Que me llame por teléfono alguien inesperado. No saber dónde apoyar la cabeza cuando me baño. Las rozaduras que me hacen absolutamente todos los zapatos. Que la ropa me vaya ajustada. Los espejos. Las personas que gritan. No moverme o estar haciendo algo interesante. Escuchar una canción muchas veces y aborrecerla y no poder escucharla nunca más. La televisión. Lost. Las mamás que sólo hablan de cosas de mamás. Que me digan que con todo excepto medicina e ingenierías acabarás muerto de hambre lavando casas. El polvo de las carreteras. Los libros que no cuentan nada más que una historia. Ver a la gente comer o que algo se les quede en los labios cuando lo hacen. Los momentos hasta que decido que debo cambiar mi vida y comienzo a ordenar mi habitación cambiando todos los muebles o tirando miles de cosas a la basura. Que las personas caminen lento. Los carritos de bebé. La gente obesa. Las duchas con poca presión...
Por suerte, hay mil veces más de cosas que me gustan.
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