lunes, 23 de mayo de 2011

Un perro se perdió por el bosque

Hoy, uno de los perros pastores de papá se ha perdido en el bosque y ha aparecido vivo al atardecer, pero con un ojo, medio rabo y un cojón menos. Pensaban en matarlo, pues no sobreviviría. Al ver que seguía andando, ladrando y saltando con mis hermanitos como siempre, tras muchos ruegos de mis hermanas, mi padre ha consentido dejarlo vivir. Lleva varios meses extraños, desde que mamá se puso tan enferma. Ahora, aunque se ha recuperado, sigue extraño. Creo que se replanteó qué haría con todas nosotras, si se diera la ocasión de que mi madre muriese. Yo la mayor con a penas 17 años, mis tres hermanas y mis dos hermanos pequeños. Y el bebé. Creo que debería tomar el papel de mamá. Dios me encuentre un marido pronto o que venga una señorita profesora en edad de merecer y sin compromisos por las ciudades.
Este día he acabado muy cansada. He ido con mis hermanas y con Rosa y Gloria al río, para aprovechar a lavarnos el pelo después de todo el invierno de recogimiento. ¡Vaya inviernos más largos tenemos estos últimos años! Fríos, llenos de nieve y tristes como Guara un día de enero. Hemos lavado nuestros cabellos (el mío está muy largo y ondulado, todo el mundo dice que tengo el pelo como la estatua de Nuestra Señora que duerme en la Iglesia) porque la semana que viene, último domingo de junio es la romería. Mi madre me ha dicho que me estuviera bien atenta, sonriente y sobretodo pudorosa. Y que podría ponerme el vestido de la tía Isabel, que en paz descanse. La recuerdo mucho. Lo de mi tía Isabel y la enfermedad de mi madre fue tan seguida que no tuve tiempo de recordarla como merecía. En la romería le pondré una velica amarilla.
Y para el final, como siempre, me dejo lo mejor. Por la mañana, ya terminadas de hacer las camas, el almuerzo y habiendo ayudado al Señor Alberto a recuperar una cabrita que se le había extraviado, he ido a coger albaricoques. Y ya con las faldas cargadas hasta arriba ha aparecido José andando. Se le había torcido bien un tobillo y no había podido ir a faenar, así, que andaba un poco cojo. Maldita y bendita la piedra que le hizo el mal. Con la ilusión y la sorpresa se me ha puesto la cara como un sol de rojo y, por vergüenza, me he bajado de golpe las faldas para que no se me vieran las piernas, sin recordar que tenía todas las frutas encima. Como una tonta y con la comida por el suelo he quedado. Pero él se ha reído, y me ha ayudado a recorgerlos, me ha contado lo que le había pasado y me ha preguntado por el perro que se nos había perdido. Al poco he reaccionado y se me han abierto los labios y le he contado muchas cosas, las primeras que se me pasaban por la cabeza en lugar de todas las que me había preparado. Él ha reído mucho, estaba muy animado y también me ha contado sus noticias y sus preocupaciones. Al rato de estar hablando, sentados en el suelo como estábamos, ha llegado el Señor Manuel, su padre, y menudos gritos le ha pegado, diciéndole que muy malo para salir con el ganado pero bien que estaba ahí golfeando. Al final, con un movimiento rápido, me ha arrancado una amapola de entre las hierbas y me ha dicho:
- Seguro que este domingo estarás aún más hermosa que esta flor.
Y se ha ido. Mi corazón se ha quedado bajo el árbol, rodeado de la miel que estos días llevan las abejas entre sus deditos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario