viernes, 27 de mayo de 2011

Truenacos

Eran las cuatro de la tarde de un día de primavera y el cielo negro se había arremolinado entre un montón de truenos sin luces y un aguacero casi veraniego. Era la quinta veces que escuchaba el nuevo disco de extremoduro, y en el segundo 0:14 nota como todos sus miembros se expanden y la frente se convierte en un plano blanco sin final. Le encanta cuando las canciones le provocan ese vacío, ese todo, esa plenitud de sentidos. Al principio pensó que el disco era muy moñas, ahora le hacían imaginarse a un hombre enamorado, cogiendo amapolas de un campo cercano a su casa, para llegar con una sonrisa y sincera devoción a la puerta de su amada, que lee en su sala de estar e interrumpe la actividad para ir a recibirle con un gran abrazo y los pies descalzos. Pensó en lo hermoso que debe ser enamorarse, que una mujer te quiera y tú la adores. Tener planes juntos, fantasías más bien, porque el presente sería mejor vivirlo sin planificarlo. Que tuviera el pelo amarillo y fuera inocente, y sus vestidos fueran rojos. Que fuera artista y tocara el arpa. Que le gustara encender velas por toda la casa, que le escuchara cantar y le mirara un poco abobada.
Sí... ya llegará.
Coge un caramelo de menta y deja el envoltorio junto a las otras siete anteriores crisálidas de plástico. Se mete en una red social, en el perfil de un amigo por puro aburrimiento tras una tarde intelectualmente esteril. Nota un calor entre los pies, con calcetines, y Algodones le reclama atención.
- ¿Dónde está, eh, churrito? ¿Dónde está y por qué tarda tanto?
Ya con 24 años se sentía extraño. El contacto con las mujeres era insatisfactorio, ni siquiera había tenido una relación sexual, a pesar de la curiosidad que le despertaba ese supuesto placer, ese "calor" que su mejores amigos le decían sentir. Ese olor, ese sabor. No lo podía concebir, en ese aspecto se había quedado en los seis años. Tampoco ninguna chica le había despertado la intención de encontrar ese ardor. La mayoría de las que había conocido era superficiales, estaban llenas de maquillaje anaranjado y llevaban rosas de mentira a un lado de la cabeza. Le ponían nervioso, querían parecer diosas. Al menos las ninfas hablaban poesías. Le ponían de los nervios, con sus vestidos floridos, sus sandalias romanas, sus risas escandalosas. Las otras que había conocido no eran mucho mejores. Las conversaciones eran interesantes, y si eran hermosas o no, le suscitaban nulo deseo, pues sólo podía concebirlas como cajas de....

Y vaya mierda de historia, llevaba meses hablando sólo de chicos frustrados y estúpidos, y su jodida sexualidad, y mujeres idealizadas que aparecen en el último minuto. Se fue a cagar y a darse una ducha de agua fría. Purificación. Mañana inventará una poesía sobre una pincel reflejado en un espejo. Hasta nunca, señores, que sois unos cansinos.

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