A Azucena le encantaba dar paseos de horas y horas por el centro, para dar todo el dinero que se llevaba en monedas a los músicos rumanos con instrumentos raros y a la pobre gente que se sentaba en las calles, siempre y cuando ni gritaran, ni pidieran, ni llevaran cartel o tuvieran una deformidad. Era una mujer solidaria, pero bastante exclusiva. Le gustaba pensar que con ese dinero contribuía a ayudar a alguien que de verdad podía mejorar. Pasó por primera vez por el lugar en el que yo gritaba junto a mis hermanos el mismo día en el que me recogió, siguiendo a una mujer de pelo naranja y medias azul eléctrico que le había hecho gracia. Don Guillem le llamó preciosa, y le dijo que merecía un perro tan bonito como este para pasearlo por Madrid. Ella sonrió y siguió andando. Luego paró, se acercó, se quedó mirando al perrito que tenía el mendigo entre sus manos sonriendo y le pidió que si le podía darle al que se reía. Extrañado, Guillem le dijo que lo cogiera ella misma y que ese cachorrito era, en efecto, el más optimista, el más esperanzador, el más carismático. Me asió del pellejo de mi cuello, me puso entre sus brazos, apoyado en el pecho, y agachándose, le dijo a mi madre y al mendigo que me haría un ser muy feliz.
En efecto, desde ese día lo fui. Al dar la vuelta a la esquina, Azucena me observó con ojos vidriosos y se echó a correr. Vivía cerca, en un piso de Lavapies sin ascensor y en el que se oía al bebé de la hija de la señora Amelia gritar desesperadamente. Recuerdo que lloré un poco porque tenía hambre y porque Azucena subía con ansiedad, saltando con brusquedad. Al llegar a la puerta, de madera oscura y con mirilla de metal en forma de espiral, me susurró que a Julio le iba a encantar. Sacó las llaves de la mochila, entró en la blanca casa y fue directamente a la sala de estar, donde Julio estaba leyendo y escuchaba el sonido de los timbales hippies de los vecinos de arriba. Me presentó como Lanas. Julio sonrió y la abrazó, y Azucena se puso a llorar. A partir de entonces todo fue más o menos bien. Empecé a conocer a mis padres. Paseaba con Julio hasta el Retiro, donde él se sentaba a leer por las tardes, cuando no trabajaba. Nos sentábamos juntos, jugábamos y a él le daba por tirar un palo, ir a buscarlo y cogerlo con la boca. Luego me empujaba hasta que lo metía en mi boca. Repetía el proceso varias veces, hasta que se hartaba, me llamaba perro tonto y continuaba leyendo. Con Azucena iba a correr por los jardines de Sabatini, por las calles de Lavapies, de Fuencarral, por la Almudena, Cibeles, por cualquier calle no oscura. A veces íbamos juntos a un bosque de las afueras de Madrid y nos tirábamos en un cesped con amapolas, y ella me agarraba del morro mientras gruñía y me azuzaba de un lado para otro. En casa escuchábamos música, y les agarraba de los pantalones del pijama cuando se ponían a bailar y a gritar canciones. Comíamos los tres, yo después de ellos, porque Azucena estaba empeñada en que los piensos para perros eran malos y que lo mejor era la comida natural, "la que le daba su abuela a sus perros desde siempre y bien majos que crecían". Así que me daban sus deliciosas y blanditas sobras. Julio me daba de vez en cuando parte de su chuletón porque decía que con la mierda de verduras que ella me preparaba me iba a convertir en caracol. No le gustaba que me sentara con ellos en el sillón, o que fuera con ellos a dormir, y solía enfadarse por lo del dichoso palo, pero me trataba bien y cuando Azucena no estaba, me acariciaba y me daba palmaditas en el lomo.
Todo era hermoso. Las lámparas de colores, las primaveras histéricas, los viajes en tren cada vez más dispersos y sus abraz0s más suaves, seguros y tiernos. Hasta que el día que Azucena vino llorando del trabajo y se encerró todo el día en la habitación. Julian dijo al salir ella de la habitación, palmeándome, que todo iría bien y que pronto volvería a encontrar trabajo porque nosotros dos le ayudaríamos. Pasaron los meses y, a pesar de que Julian aceptó tres pacientes más por mes, los ingresos eran iguales a los gastos, sin cenas los sábados, sin desayunos los domingos a las 10, sin baños aromáticos los viernes y sin chuletón tres veces a la semana. Al año, surgió lo del bebé. Al principio ella tan sólo decía esa palabra cuando hablaba con su amiga María, que venía a vernos por las mañanas los martes. Después, se lo decía a su madre por teléfono y le temblaba la voz. Luego se lo dijo entre lágrimas a Julián. Meses después a gritos. Un año después encogida en la cama muriéndose de pena. Azucena quería un bebé y por su culpa, "por ser estúpida, no encontrar trabajo y no valer para nada", no podían tenerlo. Fue muy triste esa época, además de preocupante, porque Azucena no quería comer, se pegaba horas y horas corriendo sin parar, y se enfadaba con Julian todas las noches. Menos mal que él era paciente. Menos mal que ella se deshizo de su orgullo y tuvo el valor de pedirle a sus amigos, a sus padres y a sus familiares un dinero para poder comprar el anticuario de tres manzanas más allá. Unos cuantos viajes, unas cuantas lágrimas, unos cuantos meses con muebles destrozados en casa que ella se encargaba de restaurar, y unos cuantos años de lento florecimiento, y África inundó nuestra casa.
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