Ya que cambiábamos de lugar, decidí que estaba harta de explicar a japoneses y alumnos de secundaria las Vanguardias Rusas y me saqué un curso de jardinería durante un año y medio. Al acabarlo, y mientras Lorenzo encontraba trabajo en cualquier parte de Noruega (algo que no le costaba demasiado puesto que la música, a pesar de mal pagada, es universal), me sentí mejor aún que cuando me soltaron tras cuatro años dedicados a amar el arte, pues pensé que de esta manera compensaría a la naturaleza el horror que le debíamos estar inspirando con nuestras cloacas, los humos, las estrellas tapadas y las piernas amputadas. Me extasiaban las flores perfectamente coloridas y con olor a escarcha, los cipreses matemáticamente descuidados de los cementerios, las hiedras que recorrían como una celosía las paredes de impuros ladrillos.
A Lorenzo le invitó una orquesta local que tocaba en actos conmemorativos y que quería sacarse de encima a un trompetista italiano al que le gustaban demasiado las celebraciones tanto que las hacía casi suyas, así que tan sólo cuatro meses después de que se fuera, yo llegué al aeropuerto en pleno enero y con las mejillas sonrosadas de frío y emoción. Algodones era prácticamente nuestro único equipaje. Nos gustaba deshacernos de todo a menudo.
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