jueves, 9 de diciembre de 2010

Llueve


y me voy a la ducha.

Hay una quietud extraña. Sospechosa. Muerta.

Se oyen pasos al otro lado de la pared, atenuados, como sobre una alfombra de polvo. Ni siquiera en la respiración del bosque se oyen menos sonidos que ahora mismo. Al menos ahí las empapadas hojas de colores suspiran. Los pájaros invisibles te asustan. El viento te mira entre cada rama extrañado, y parpadea entre las agujas de los pinos y abetos.

Pero aquí no hay nada.

Un murmullo imperceptible ronronea en mi cabeza, como una máquina inquieta quemando y almacenando lo que ve, lo que vio, lo que verá. El monstruo de mi cabeza no entiende de tiempo. Hoy no es hoy ni ayer fue otro día.

La cama ruge al tumbarme con suavidad sobre ella. Le duelen los muelles, y hoy se oyen los gemidos más, como se oyen más en mi ojos todas las imágenes vividas, que distingo de lo real por un ligero coloreamiento azulado casi malva. Un color hielo lleno de témpanos, tiriteos y dedos meñiques amoratados.

Los delfines de la lámpara dan vueltas y se dibujan en la pared. Las formas se reflejan en el techo, como un remolino irregular que gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira, y gira...

Gira

Voy a ducharme. La lluvia se lo lleva todo. Quedaré limpia de nostalgia.

1 comentario:

  1. Que siga la nostalgia, que te recuerde a mí, que te devoro como ayer. Te quiero.

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