viernes, 20 de enero de 2012

Recuerdo I

El Parque del Retiro estaba lleno de música. Había un acordeón aprisionado por un señor del este de tez morena y sonrisa circense. Una chica, poco más joven que yo, que bien pensado podría ser yo, tocando el violín con la concentración puesta en sus partituras flácidas, como si en verdad estuviera en su habitación estudiando para la lección del día siguiente. Apurando hasta el último día, porque los anteriores había estado muy ocupada planeando cómo ignorar a ese imbécil. El eterno oxímoron. Había mucha música de patines y de niños perdiendo sus dientes contra la tierra en sus bicicletas. Había una ligera música de titiriteros y de descanso de invierno, música de sol desperezado.
Yo andaba a paso ligero, rompiendo mis zapatos de piel nuevos. Ese día quería llorar y no había motivo de tristeza. Sólo estábamos mi abuela, mi madre, mi tía y yo, unos pasos por delante, explicándoles las diferentes historias que escondían las esculturas del parque. Mi abuela comentó: Qué bonito que puedas entender todo lo que te rodea.
A mi vocecita interior le pareció divertido exclamar: Sí, sí, pero de lo que tiene dentro nada.
Ahí estábamos, cuatro generaciones unas al lado de otras. Caminando en parejas; yo con mi madre y mi tía, 16 años menor que mi madre y 10 años mayor que yo, con mi abuela. Me pareció una combinación curiosa. ¿Por qué precisamente andábamos saltándonos una generación? Pensé que por deleitarse en las aventuras, sin ser demasiado desconocidas (la vieja) y por conocer vida que no oliera excesivamente a naftalina (la joven).
Al pasar por el lago del Palacio de Cristal, tras cruzar la pequeña cueva de la cascada, nos quedamos un rato observando a los niños dando de comer a los patos. A mi madre le encantaban y se reía. Mi tía los miraba con indiferencia, debía pensar que esos patos eran más inteligentes que la jauría de adolescentes a los que intentaba enseñar inglés en el instituto. A mí me parecían hermosos en su perfección genética y natural, ante todo los cisnes. Me recordaron al Romanticismo, a las princesas, a Júpiter fecundando a Leda. A una película de Ballet. Miré su color negro noche, su pico rojo, y pensé que no podían existir criaturas más hermosas en contraste a esos tambaleantes patos de al lado. Eran, quizás, como esas personas geniales, artísticas, maravillosas, que se diferencian de todos los demás seres humanos, como Alejandro Magno, Baudelaire o Marilyn Monroe. Mi abuela comentó, en un susurro: Qué asco me dan los cisnes. Con esos cuellos que parecen serpientes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario